Los límites de la investigación en Internet

1.

Tuve la oportunidad de escuchar las intervenciones de dos afamados escritores colombianos, uno sobre el arte de la novela, el otro sobre la influencia de Cervantes en su obra. Ambas charlas fueron decepcionantes porque se limitaron a repetir la información suelta que se encuentra en Internet sobre cada tema, con el agravante de que no mencionaron los autores de los fragmentos que citaron y de que dichos fragmentos eran el resumen del resumen de lo que habían dicho los autores originales.

El primer autor se preguntaba por qué escribía y qué aporta la literatura que ningún otro arte o forma puede aportar. Las mismas preguntas que se hacen Carlos Fuentes en su Geografía de la novela y Milan Kundera en El arte de la novela. La conclusión del autor no podría ser más kunderiana: La novela habla sobre todo lo cual ningún otro arte puede hablar. Se cortó un poco al decir que hablaba sobre la condición humana, quizás porque es un concepto que no ha logrado abstraer del todo y prefirió no hundirse en territorio fangoso. Es el mismo autor que desconoció cualquier influencia de García Márquez porque él es un escritor urbano de finales del siglo XX (a pesar de que en sus obras, curiosamente, está siempre presente el campo colombiano).

Tanto las obras de Fuentes y Kundera van mucho más allá de los tópicos que citó el escritor urbano, lo que me lleva a concluir que el autor no las leyó (o las leyó superficialmente que es lo mismo) y no pudo ir más allá de los resúmenes que se encuentran en el rincón del vago. Terminó su desaguisado citando fragmentos de artículos de Vargas Llosa en El País para mostrarse como autor contestatario. (Sigue leyendo »»)

Cuenta el Almirante. Secretos del deseo (y la mujer andaluza)

TENGO ansias de una mujer en este momento. No de cualquier mujer. Sólo de esa porción de amor y de pasión, de felicidad y de tragedia, de fugacidad y eternidad que una determinada mujer puede brindar al hombre más ruin, más desvalido, más infame.

En los momentos de mayor riesgo, de cara a la muerte, cuando he sentido su aliento helado y me ha atraído la insaciable succión de su cuerpo de embudo oscuro, es en la mujer vencedora de la muerte en la que pienso. El duro clamor de la carne, la inmemorial trompeta del deseo, resuena en mí. Me atacan erecciones terribles, no sólo del órgano genital. Todo el cuerpo, todo el ser, se me pone rígido y enhiesto. Mucho más que ese mástil tironeado por el velamen que pende de él, cargado con el furor del mar y de los vientos. Y todo el velamen no es más que un refajo, una falda, una pequeña braga con olor a mujer. Y en ese olor la mujer misma es mortaja suavísima con la que nos envuelve y acoge en sus brazos hasta la resurrección.

No pienso en la fornicación. El sexo no debiera ser la parte más vulnerable del ser humano. Es su parte más noble y más santa puesto que ella es la que se encarga de la propagación de la especie. El adulterio, la violación, el incesto, el estupro más violento, no son más que profanaciones y engañabobos a que nos empuja el instinto animal. Pienso en la posesión natural y total que hace la mujer del hombre. Su entrega sumisa y aterciopelada le hace creer al varón que es él quien la posee imperativa y furiosamente. Pero es la mujer quien le sorbe los tuétanos delicadamente, incansablemente. Puede dejarle los huesos vacíos, chuparle la última gota de sangre. Matarlo. Peor aún…, puede destruirlo, dejarlo hecho un pelele, que se arrastra a sus pies pidiendo más y más goce, cuando ya no puede más que morir.

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Modo viaje y el libro de los pasajes

1.

Una mañana marcada por el modo viaje. C. escribe: “Ya me quedé sin celular, porque se lo dí a DO, una odontóloga que a veces me ayuda con las cirugías. Quedé incomunicado hasta el próximo martes. Una sensación fantástica. Quedo en modo viaje. Me trataré de desconectar de todo”. E. descubre que perdió una llamada importante porque dejó el celular en modo viaje. Adopté esa costumbre de ella antes de dormir. Inconscientemente creo que me ayuda a dormir más rápido, siento que empiezo el viaje hacia la noche.

2.

Las calles de Buenos Aires
Ya son mi entraña.

Con estos versos empieza el poema Las Calles de Borges, el primer poema de su primer libro Fervor de Buenos Aires (o del que él quiso llamar su primer libro, negando sus Himnos Rojos). Con el estudio de este poema comenzó uno de los cursos de verano que el profesor Manuel Hernández le dedicó a Borges. De ahí pasamos a leer a Poe, Baudelaire y sobre todo a Benjamin, las páginas de todos ellos que hablan sobre la ciudad. Dirección única se volvió un libro fetiche de mi modo viaje. De paseo por Berlín inicié con entusiasmo infantil una colección de señales de Einbahnstraße que me encontraba en el camino.

De ese curso me quedó una especie de plantilla para recorrer la ciudad, para conocer su entraña y explorar cómo se escribía en la mía. La necesidad de descubrir su parkway de La Soledad, como bellamente lo expresó un compañero, su fábrica de colchones, su Candelaria… La ciudad como espejo del alma.

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