Encuentros con Thomas

Thomas es uno de los actores más famosos del mundo. Lo conocí una noche en Amsterdam en la que se había perdido por los canales. Iba en mi bici y él extendió su brazo con un mapa para pedirme ayuda. Lo miré y claro que me impactó darme cuenta quién era. Sobre todo sus dientes, de una blancura que brillaba aún en la calle poco iluminada. Me ofrecí a llevarlo al apartamento donde se estaba alojando. Pasamos por la Berenstraat, donde se encuentra mi librería de libros de artistas preferida, Boekie Woekie. Le mostré la vitrina y le conté lo especial que era esa librería. Se mostró muy interesado y le dije que muy cerca también había una especializada en libros de viajes. Me dijo que si estaba en el camino a su casa podíamos desviarnos, que si no, prefería regresar porque lo estaban esperando. Me preguntó qué tan lejos estábamos y calculé que a unos 10-15 minutos. Por seguridad saqué mi teléfono y utilicé el navegador. Me dijo que no dejaba de ser paradójico que el viniera de hacer una de las películas más avanzadas en materia de tecnología y no tuviera un simple navegador en su bolsillo. Yo estaba encantado con mi Nokia N87 de entonces, que tenía la enorme ventaja de ofrecer el servicio de navegación sin necesidad de estar conectado a internet. “¿Ah sí? Mañana mismo me compro uno”. Le conté de otras ventajas que casi nadie utilizaba, como el transmisor de FM: “Puede convertirse en una pequeña emisora de FM, digamos que transmites en el dial 106.5, lo sintonizas con el radio de tu auto y puedes escuchar con muy buena calidad la música que tengas guardada en él. O si tienes conexión a internet, puedes buscar música en Youtube y transmitirla también”. En broma me dijo que debería incluir esas imágenes en su próxima película de la saga de espías.

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El último truco (a faction story)

Van Gaal: "No estamos como para una final con Alemania".Van Gaal vota por el Partido Liberal. Esto significa que él no está para las contemplaciones y mimos de la socialdemocracia: las cosas se ganan por mérito propio. Minuto 93: Van Gaal recuerda su análisis antes de partir a Brasil. “No somos el mejor equipo ni estamos jugando de manera estupenda. Veremos hasta dónde llegamos”. Hace una rápida evaluación y concluye que ya han llegado bastante lejos. Minuto 94: Van Gaal se pregunta: “¿Y con este juego vamos a enfrentar a Alemania? Si estuviera viendo este partido por televisión en mi casa seguro ya estaría durmiendo”. Sopesa como todo un general las posibilidades de su ejército antes de ir a la guerra contra Alemania: Löw no tendrá contemplación. Recuerda el análisis de un colega en la mañana sobre la hecatombe brasilera: "Lo que vimos fue a un equipo que tenía que haber salido en la fase de grupos". Se deja de paternalismos. Minuto 95: “Muchachos: no vamos a llegar a la final ganándole a Argentina en los penaltis. Si quieren jugar la final, tienen que ganársela haciendo un gol”. Ordena que empiece a calentar Huntelaar. Minuto 96: entra Huntelaar y el mensaje está claro, no estará el experto antipenal Tim Krul sino el consistente Jasper Cillessen: de 16 penalties que le han cobrado en su carrera profesional no ha atajado ninguno (después del partido su estadística seguirá incólume: de 20, 0). Tienen 24 minutos para ser dignos de la final. Robben acepta el desafío de Van Gaal y casi casi anota un gol. Salva milagrosamente Mascherano. Minuto 120: los dados están echados, Cillessen intentará en vano contrariar el destino. “Es claro para todos que no estamos para jugar una final contra esta Alemania”, dice Van Gaal con la mirada y, haciendo gala del pragmatismo neerlandés, los jugadores asienten. Ni una lágrima por no enfrentarse con la Mannschaft (apenas el visible disgusto de Robben por no haber entrado a Krul). Holanda escapa invicta de la final, una salida más que digna, el último truco de Van Gaal.

Cierra su acto afirmando que no es justo jugar contra Brasil el sábado porque ellos tienen un día más para descansar, a sabiendas de que la Canarinha necesitará muchos años y no tres días para recuperarse. La guinda sobre el pastel: "Si hubiera tenido un cuarto cambio, habría cambiado el portero de nuevo". Magistral: se escapó y nadie se dio cuenta por dónde. Nada por aquí, nada por allá.

Los banquetes están servidos. El mundial ha quedado reducido a Alemania, tres entrenadores y tres porteros más –salvo que el único 10 que queda aparezca y cambie el menú.

Polla mundialista

Hace cuatro años estaba en pleno romance de verano con Z. Cuando ella vio que me estaba entusiasmando mucho me dijo: “Daniel, no te emociones tanto, nuestra relación tiene los días contados”. Me dejó perplejo. “Siento decírtelo. Vengo del futuro y sé que en tres semanas ya no estaremos juntos”. Z me parecía una mujer tan sofisticada que en parte yo también estaba de acuerdo con que ella venía del futuro, que representaba a la mujer del siglo XXII.

—Sé que no me crees. Nadie me cree. ¿Ya llenaste el formulario de tu polla mundialista?

—¿El de Don Ballon?

—Sí, déjame lo lleno por ti. Después del mundial sabrás que no te estaba mintiendo.

Mientras lo llenaba me parecía que simulaba ejercicios de memoria, como “ese partido cuánto fue que quedó”. Al terminar puso en la final: España-Holanda 0-0.

—Excúsame pero en la final del mundial siempre tiene que haber un ganador.

—Claro que lo sé. El partido terminará 0-0 en el tiempo reglamentario y Andrés Iniesta anotará el gol que le dará su primera copa del mundo a España en la prórroga, en el minuto 116.

—Ajá.

—No te preocupes, Holanda se desquitará en Brasil 2014. Apuesta todo tu dinero, me lo agradecerás algún día.

“Vale, muchas gracias”, le dije. “Lo que quiere es dejarme y quebrado además”, pensé. Guardé su polla, no sin antes sonreírme –casi burlarme– del 7-0 que Portugal le iba a clavar a Corea del Norte, el 3-2 de Eslovaquia a la campeona Italia o el 4-0 de Alemania a Argentina en cuartos de final.

Como ella predijo, su futurismo o mi subdesarrollo terminaron nuestro romance exactamente tres semanas después. Luego de la victoria 7-0 de Portugal sobre Corea del Norte busqué la polla que Z había llenado y quedé pasmado al ver cómo se cumplían uno a uno sus pronósticos. Contra mi deseo e incertidumbre aposté cien euros a que España le ganaría la final a Holanda por 1-0 en extratiempo. Gané 2.450 euros gracias a Z, pero pude hacerme millonario si no hubiese dudado de ella.

La busqué después de recibir el pago de la casa de apuestas. Pasé por su apartamento pero la vecina me dijo que se había trasteado la semana pasada. “No me dijo a dónde se iba”, me contó. “Probablemente regresó al futuro”, pensé yo. Me fui en la bici al Beatrixpark y me senté bajo el árbol donde la conocí, un poco con la esperanza de que volviera a aparecer para darle las gracias o invitarla a pasear con el dinero que gané, pero ya nunca más la volví a ver.

Orígenes del minotauro, 1

La perdición del toro es su constancia, su persistencia. La ilusión de creer que al perseguir sin tregua el capote logrará darle alcance. La gracia del torero consiste en alimentar esa ilusión, en acercarle con todo el arte posible el capote, el objetivo. Dicen que el mejor toro es el que se entrega a esta faena con la mayor bravura posible.

En Vivir para contarla, García Márquez cuenta que sorteó una embestida feroz de su madre, Luisa Santiaga, con una verónica larga. Quizás sea la mejor suerte que enseña este arte, cómo sobrevivir a esas embestidas. Se necesita valor: anoche soñé que un toro me perseguía y lo mejor que pude hacer fue correr entre una maraña, entre un laberinto vegetal, con la esperanza de que se cansara o se perdiera. La verónica larga necesita buen humor, no miedo.

Si por un instante el toro se entregara al recuerdo de la dehesa donde fue feliz, dejaría de correr. Sería el final de las corridas. Sería enviado de regreso al coso. Pero el toro no tiene otra opción que ser fiel a sí mismo, a su naturaleza. Es su casta, como la llaman los taurófilos, ese oximorón que define a quienes su amor por el toro solo puede ser saciado con su muerte en el ruedo. Del sueño me quedó el recuerdo de su respiración acelerada, símbolo de su búsqueda infatigable. Esta mañana me puse su cabeza. Amanecí convertido en minotauro. Cin cin.

Picasso, Suite Vollard: minotauro tumbado con mujer.

 

Hasta la última gota. Retrato de una amistad.

Antes de timbrar me gusta ver a través de la ventana a Santiago trabajando en su estudio. Los techos altos, la mesa gigante del centro llena con sus herramientas, los materiales amontonados en la pared y la luz natural que ilumina su trabajo. No dejo de admirar su capacidad de concentración: no existe nada más en el mundo que el libro que está encuadernando en ese momento. Lo veo y sé que estoy contemplando un oficio en vías de extinción. Recuerdo al fogonero de América, de Kafka, que asistía impávido al fin de su oficio. O al amanuense en busca de la caligrafía perfecta. Al ver a mi amigo enfocado en la pasta del libro siento que presencio la fase final de la era Gutenberg, pero esto a él parece tenerlo sin cuidado: al abrir la puerta está de un humor imbatible.
 
Acaba de regresar de Ámsterdam adonde fue a complacer uno de sus placeres culpables. Me recibe con su clásico “¡Quiubo!” seguido de “¡Entre, entre que tengo muchas cosas para contarle! Prepárese porque vamos a leer unos apartes de El Quijote”. Va a la biblioteca y toma los dos tomos voluminosos de una edición preciosa empastada en cuero templado y con el título pirograbado. Los apoya sobre la mesa y los abre por el lomo: su Quijote es en realidad un estuche en el que guarda botellas y copas. Poseo una edición similar, menos voluminosa, que Santiago me hizo para proteger un raro ejemplar de Oda a la tipografía, de Pablo Neruda, y que leo a veces en la noche. Se frota las manos y cuidadosamente sirve dos copas hasta el borde.
 
Reconozco el aroma de la ginebra, pero hay algo diferente. Leyendo mi confusión me dice: –Ginebra Bols extraañeja: 42 grados, cuerpo vigoroso, aroma profundo–. Deliciosa en verdad, y fuerte, me sacude de inmediato. –¿Qué tal el viaje?–, le pregunto. –Fantástico, tengo varias sorpresas. La primera ya la probó. La segunda es una historia de amor de la categoría platónico para su colección–. Mientras lo dice toma un libro pequeño de su mesa de trabajo y me lo entrega: La pista “Sarasate”. Una investigación sherlockiana tras las huellas del nombre de Pablo Neruda, por Enrique Robertson. –Lea la dedicatoria–. Abro el libro y leo: Para Pablo Neruda, con un gran abrazo, Enrique. Ámsterdam, 2010. (Sigue leyendo »»)