El mejor acuerdo posible (8). El retorno del gran sancocho nacional

En los ochenta Jaime Bateman enunció el gran aporte de Colombia a la ciencia política, la gastropoliteia, cuyo enunciado principal era que para firmar la paz en Colombia era necesario conformar el gran sancocho nacional: sentar en una misma mesa a Turbay Ayala, Luis Carlos Galán, el M-19, Pastrana, Gómez Hurtado, etc. para discutir a fondo los grandes problemas del país. No son pocos quienes han visto en la gastropoliteia el origen de la Constitución del 91, que empieza por reconocer en sus primeras líneas el carácter pluralista de la sociedad.

Humberto de La Calle, the man of the hour como dirían los estadounidenses, sigue atrapado en su síndrome de La Habana, con remembranzas del bipartidismo atávico de la democracia nacional, y repite con convicción que el Acuerdo es entre el Gobierno y la guerrilla. Como si la C-91 no hubiera ayudado a superar el modelo bipartidista bipolar. La misma bipolaridad nacional que niega todas las variantes genéticas para terminar imponiendo como únicamente válidas las combinaciones XX y XY, negando todas las demás variantes existentes y de ahí su pánico ante la ideología de género. La exclusión en Colombia se extiende por muchos terrenos. (Sigue leyendo »»)

Amanecí radicalizado (2)

En mi círculo familiar y de amigos, alrededor de 40 personas, fui el único que votó No. Sin embargo, con todos con quienes he hablado, en general se han mostrado satisfechos con la victoria del No. En aras de lograr el fin del conflicto armado todos estuvieron dispuestos a tragarse los sapos del Acuerdo con tal de que se silenciaran las armas. Ahora con el No ven que es posible lograr la paz sin tener que tragarse tantos sapos.

El país estaba efectivamente votando bajo la amenaza de las armas. Fue muy coherente la Fiscalía General al resaltar que la votación del plebiscito debería de ser hecha con la guerrilla desarmada, una quimera que dejaba en evidencia la presión que ejerció el Gobierno al resaltar que el plebiscito era por el Sí o por la guerra. Curiosamente no hay registrada ninguna pronunciación de los principales voceros del No a favor de la continuación del conflicto por la vía armada.

Esta amenaza contribuyó a polarizar en gran parte el país: todavía se escucha la “indignación” de los votantes del Sí diciendo que los del No quieren más bala y más guerra. Esto no es más que repetir el discurso del Gobierno sin entrar a analizar lo que piensa la otra parte. Igual como hizo las Farc, cuya primera reacción fue decir que triunfaron los enemigos de la paz y los belicistas.

La marcha masiva de los estudiantes bien puede ser vista como el clamor de todo un país que no quiere más guerra. Hay gente que dice que el país está en medio de la incertidumbre, lo cual no es de por sí negativo: ¿qué pasaría si el cese del fuego fuese definitivo? El gran riesgo en ese caso es que desaparezca la voz de las Farc, pues históricamente se ha hecho sentir a través de las armas, sin olvidar que cuando lo hizo políticamente a través de la UP fue miserablemente masacrada por la mano negra del Estado. Siento aún la frustración de no haber podido votar por Jaime Pardo Leal (todavía no tenía cédula pero era mi candidato).

Las Farc tiene ahora la opción de oro de pedir su espacio político en la sociedad. Quizás se da cuenta de que por la vía armada no logrará ninguno de sus objetivos y que es el momento de hacer la transición; ya han tenido una visión de lo que podrían obtener por la vía democrática. En este sentido parecen apuntar las declaraciones de sus jefes. Se impone entonces la flexibilidad para sentarse a negociar de nuevo y mantener el cese del fuego, igual para el Estado.

La amenaza de la guerra es real, pero mientras los actores quieran negociar no tiene por qué suceder.

Amanecí radicalizado

La noticia del Nobel para Santos me deja indiferente. Me parece que el premio se lo merecía más Pastrana en su momento, pues fue mucho más osado que Santos, si bien es cierto que no concretó algo con el alcance del Acuerdo de La Habana.

Digo que amanecí radicalizado porque me parece que el trino de Timochenko muestra que las Farc están dispuestas a apostarlo todo por la vía civil. Lo cual pondría al Gobierno y a la sociedad colombiana pos-plebiscito, paradójicamente, en un mejor lugar para negociar para todas las partes. El escenario alternativo se resume en 5 pasos:

  1. Las Farc reconocen que se agotó la vía armada para llevar a cabo una revolución en Colombia, que la verdadera revolución debe suceder en la vida civil y no armada;
  2. Las Farc, en un acto de humildad sin precedentes en su historia, le piden perdón a la sociedad por haber continuado con el camino armado por tanto tiempo y causando tanto daño;
  3. Las Farc le piden a la sociedad que por favor les abra un espacio para seguir luchando por sus ideales (cualesquiera que estos sean) en la arena movediza democrática colombiana.
  4. El Estado les ayuda a hacer la transición a la vida civil sin más apoyo que la seguridad, los subsidios necesarios para capacitar a los guerrilleros y consolidarse como fuerza política, y las curules en el Congreso para que entren a participar de manera activa en la vida política nacional. Todos los demás cambios deben ganárselos con votos.
  5. Las Farc y el Estado reconocen que deben de reparar a las víctimas por los crímenes de lesa humanidad.

Con un acuerdo basado en el reconocimiento de que la vía armada está agotada y que las Farc lo que necesita es ayuda para reintegrarse a la sociedad, los puntos del Acuerdo se reducen bastante, tanto como para disolver en gran parte la polarización nacional. Una solución utópica y posible.

Contestador automático (2).

Esas cosas de la sincronicidad. Me escribe Isa (mi madre) a contarme que ella sí se ha dado cuenta de cuando le hago la broma del contestador, solo que acepta el juego porque entiende que estoy ocupado: «Boba no soy». Me cuenta también que llamó al número de teléfono que teníamos antes y me dice que ya no existe más.

Le cuento que cuando me cambié de casa en Bogotá llamé por error al teléfono del apartamento anterior para escuchar el contestador y me llevé un susto tremendo cuando me contestó un hombre con la misma voz mía diciendo que era Daniel Ramos. Le colgué y no volví a marcar ese número jamás, qué susto me dio: «¿No te dio miedo que te sucediera lo mismo?». Respondió perpleja: «No se me ocurrió». «Del susto que te salvaste», le dije. Le pregunté qué era de la vida de la familia cutting edge y me dijo que justo hacía poco había visto por televisión al hijo haciendo cola para comprar el nuevo Iphone 7 en Washington. «¿Sí era él? A mí también me pareció verlo y creo que fue por eso que recordé la historia del contestador», le comenté. A veces parece innegable que efectivamente todo está dicho en la infancia.

Contestador automático

Hace muchos años, por allá en una galaxia lejana, cuando la automatización apenas despuntaba en el siglo XX, una familia de amigos de la casa (una madre divorciada y su hijo menor), muy aficionados a vivir en el cutting edge de la tecnología, trajeron de un viaje por los EUA un contestador automático, de los primeros que llegaban al país (ya les conté, estoy hablando de una galaxia lejana).

Cuando llamamos a preguntarles cómo les había ido de viaje, nos encontramos con la novedad del contestador. Primero llamó mi mamá, que nos compartió la noticia, luego mi hermana y yo para escuchar el aparato. Le dije a mi hermana que podríamos simular un contestador automático para divertirnos un rato. Creamos el mensaje y nos sentamos a esperar la primera llamada.

Ring, ring. Oh sorpresa, era la madre cutting edge que acabábamos de llamar. Con la mayor seriedad posible recité el mensaje: “Este es el 2 48 78 60. En el momento no nos encontramos disponibles. Por favor deje su mensaje después del tono. Biiiiiiip”. Ante la cara de incredulidad de mi mamá y hermana, la amiga dejaba su mensaje: “Hola, éramos nosotros devolviéndoles la llamada. Pensábamos que éramos de los primeros con contestador en Colombia, pero parece que ustedes se nos adelantaron. Felicitaciones, llámennos apenas puedan”. Colgó y no parábamos de reírnos. Mi mamá en ese momento era una niña juguetona más con nosotros. (Sigue leyendo »»)