Una tortuga a la velocidad de la luz

Íbamos de viaje por la carretera cuando F vio una tortuga en la mitad del carril contrario. Se orilló en una bahía y se bajó a llevarla fuera de la carretera. En ese momento me atacó un instante filosófico que me hizo pensar sobre el tiempo en el psicoanálisis. Las personas están estancadas en un punto A, quieren moverse hacia un punto B, digamos que fuera de esa autovía en la que corren cierto peligro o donde pasa un camión de recuerdos y se las lleva o hace que permanezcan encerradas en su caparazón por horas, días, meses, años.

El psicoanalista es un testigo activo de esa escena: procura ayudarles a acopiar sus fuerzas para lograr el impulso que las motive a cambiar, a llegar a la otra orilla. Lo que F hizo sería mala praxis psicoanalítica: desplazó a la tortuga tres metros en menos de un segundo, lo que en su escala equivale a un cambio de su condición a la velocidad de la luz.

La terapeuta debe acompañar pacientemente a la tortuga, animarla en esos pequeños pasos al cambio. Máxime si se trata de esas que creen que nadie las conoce mejor que ellas mismas, o las que no saben ni de dónde vienen ni para dónde van, a las que quizás sería de más ayuda devolverlas a la orilla contraria de a la que creen que deben ir.

Una tortuga que sea llevada a su destino a una velocidad tan rápida podría tener una crisis de ansiedad al no haber tenido tiempo de asimilar su nueva situación, de haber pasado por sí misma el proceso de cambio. Ese camino lento simboliza también un despojo de los pasos andados y de la motivación para caminar nuevos, no se le puede privar de esa experiencia.

Justo en ese momento F tuvo que esperar a que pasara un camión enorme de 24 ruedas con doble remolque. “¡Justo a tiempo!”, exclamó orgullosa cuando se subió al auto. Encendió el motor, retomamos la ruta y quedó atrás el instante filosófico. 

In Da Zone (2)

Veía el final de algunas etapas de la Vuelta a Francia y, a pesar del desgaste, algunos corredores sonreían. Identifiqué ese gran placer de estar In Da Zone, saber que se compite al más alto nivel y tener conciencia de que es un momento único. Mi inconsciente me trajo una escena de adolescencia: jugaba basket contra otro equipo, robé el balón dos veces, salí corriendo hacia el aro contrario y fallé al encestar en ambas ocasiones.

Por algún pasado japonés esa noche pensé que no era digno de la camiseta de mi equipo. Esperé a que estuviera limpia para devolvérsela a mi entrenador. Tal fue mi culpa por haber fallado esas dos canastas. Lo encontré en el salón de deportes, le dije que estaba avergonzado por esos errores y que devolvía la camiseta.

Él la aceptó. Pasó un año antes de que me volviera a llamar a jugar con el equipo.

Ahí me atacó el instante filosófico: un buen entrenador habría dicho que esos errores no tenían importancia, que lo que valía era haber estado lo suficientemente alerta para robar esos balones y haber corrido como loco para buscar esos puntos para el equipo. Dicho esto sentí una liberación y pena a la vez por la oportunidad perdida para mi entrenador.

Con esa catarsis me dejó el instante filosófico y me fui a jugar frisbee al parque.

In Da Zone (1)

Ayer Holanda necesitaba ganarle a China para eliminar a Brasil y entrar en las semifinales. El partido iba 2-2 con el tercer set 11-14 a favor de Holanda: 4 puntos de partido. La gigante Zhu Ting hizo una exhibición memorable y sentenció el partido 18-16 a favor de China. En ese momento me atacó un instante filosófico: pensé “seguramente alguien creerá que Brasil estaba predestinado a entrar en las semifinales”. ¿Pero cómo es esto posible con 6 puntos de partido para Holanda? ¿Puede alguien creer que hay un dios que organiza estos resultados, que algún poderoso brujo en la selva amazónica brasilera logró que Holanda perdiera?

No es posible.

Solo nos queda hacer nuestro mejor esfuerzo, darlo todo para entrar In Da Zone, abrazar la incertidumbre y rezar por no encontrarse a Egonu en el partido final. Como en la vida misma. En ese momento pasó un mosquito predestinado a morir entre mis manos y con él se desintegró el instante filosófico.

El plomero y la clepsidra

Máquina de escribir

Esta mañana al salir de la ducha descubrí una gotera debajo del lavamanos. Me recordó dos versos de Borges de su poema All Our Yesterdays:
y la gota del tiempo que vacila
y cae en la clepsidra silenciosa.
Me pareció una buena noticia, en vez de una gotera tenía una clepsidra. Fue ahí cuando me atacó el instante filosófico: cada gota que cae en el piso es un instante perdido, un símbolo persistente de cómo se va el tiempo sin sentido. Si la modernidad hablaba de arquitectos de nuestro tiempo, ¿quiénes son los plomeros de la modernidad líquida?
Comprendí el mensaje de la improvisada clepsidra. Empecé a hacer el inventario de las goteras de tiempo que tengo y llamé al plomero. Me recibe en un par de horas.

Salsa y bembé

Esta es una entrada feliz, utópico lector, porque se encuentran tres series de la Bitácora Utópica: Typewriter, Échale salsita y Cómo se compone un son.

Empecé la serie Typewriter para contar los instantes filosóficos que a veces me atacan. Me doy cuenta de que la mayoría de los ataques suceden mientras me ducho, en contraste con los baños de burbujas en la tina, cuando aparecen imágenes y sensaciones mucho más agradables, quizás por el estado de relajación. De pronto debería cambiar el nombre de la serie a uno que describa mejor esos momentos de contacto con el agua sin llegar a caer en discursos de la modernidad líquida. Como descubrí que le sucedía a Jimmy Sabater, quien narra así este episodio para la serie Cómo se compone un son refiriéndose a cómo compuso Salchicha con huevos:

“Es que la compuse en el inodoro de donde vivo, aquí en mi casa”, dice el cantante y timbalero sin reparos. “Yo digo que el baño es mi oficina, porque es donde compongo… y donde me salen bien las cosas”, agrega, para soltar luego una risa inmensa. “Tengo incluso un teléfono allí; pero si estoy inspirado, escribiendo algo, no lo contesto. No necesito ningún instrumento, sino que le dicto las ideas a una grabadora y después las musicalizo con quien quiero que haga los arreglos. (Fuente)

Nabokov también escribió varias novelas sentado en la taza. Contaba en sus memorias que vivía con su esposa y su hijo en un apartamento tan pequeño cuando eran jóvenes que tuvo que improvisar un escritorio en el baño. Lo ocupaba en la noche, cerraba la puerta para no molestar con la luz del bombillo a la esposa, ponía una tabla sobre sus piernas que le servía como escritorio y se lanzaba a escribir.

No sé las circunstancias de Jimmy Sabater, de pronto había más baños en su casa para que él pudiera encerrarse en el suyo sin que nadie lo molestara. El caso de Nabokov es una prueba más de su extraordinaria disciplina y dedicación con su obra.

La festividad de Sabater al hablar sobre el tiempo en su oficina nos ayuda a comprender tanto la diferencia entre la obra de ambos como las coincidencias, entre ellas, sus regalos prodigiosos.

Aunque el ritmo ya existía, fue un tema de Sabater el que primero llevó el nombre del nuevo género: Salsa y bembé. Y aquí se da el encuentro con la serie Échale salsita, disfrutemos:

Salsa Y Bembé – JOE CUBA SEXTETTE