Overblown

Relatos salvajes hacía falta. Woody Allen lo ha ido haciendo a su manera, pero faltaba una película que ilustrara cómo esas pequeñas neurosis de los hipersensibles pueden derivar en enormes catástrofes –en su imaginación. He conocido personas que son como un campo minado sin mapa de navegación alguno: estallan al más mínimo contacto de quien ose pasear por sus praderas. En este homenaje a lo bombástico ni siquiera el título se escapa: no hay relatos salvajes en sí, solo neurosis hiperinfladas.

Yo también las he conocido y padecido. De mis neurosis adolescentes rezumba aún el coro de una canción de Julio Jaramillo: “¡No me toquen ese vals porque me matan!”. Era lo que literalmente pensaba cuando me invitaban a una fiesta de 15 o a un matrimonio: le tenía fobia a los valses de Strauss, en especial al Danubio azul. Sufría una sensación de empalagamiento como si hubiera repetido dos veces el postre Suspiro de limeña, la bomba de azúcar más poderosa jamás creada por la humanidad. Hoy ya sé desactivar esa bomba, aprendí a ignorarla como a la música que se escucha en los centros comerciales –si bien debo aceptar que mi límite máximo de exposición a este ruido es de 2 horas. Después de este tiempo huyo por la primera salida de emergencia que me encuentre.

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Más sobre las expectativas (y el deseo)

Cuando la realidad es inalcanzable para el deseo, los seres humanos sufren, padecen, enferman. El problema del hombre materialista, del hombre ególatra, del hombre vulgar, de hombre moderno radica en su incapacidad para hacer realidad su deseo. Una vida basada en anhelos que nunca se materializan, produce en la psique humana desasosiego, impotencia, malestar, desgracia. Te confieso que mis deseos carecen de dimensiones, no son visibles, no se tocan, no ocupan un lugar en el espacio. Mis deseos consisten en ser mejor persona de lo que soy, saber amar, incluso sin ser amado, ayudar al semejante que necesite de mi auxilio económico, cultural, moral. Me conformo con lo que tengo, apenas poco más que mi vida, porque viniendo de la nada he llegado a ser nadie. Postdata: Solo he deseado, a lo largo de mi ridícula vida, a la mujer de algún prójimo.

Texto de Viriato via Samantha Sibarit

Faction Sketches

Desde que llegué de Andalucía ando con una alergia extraña que hoy me ha impedido ir a trabajar. Es un buen momento para permitirme uno que otro divertimento. Por ejemplo –y continuando mis estudios sobre el faction—me puse al día con la historia de María Victoria Álvarez Martín (que está como diría el Toni de Sofía Vergara) y Jordi Pujol Ferrusola. Le atribuyo de entrada a la alergia esta serie de digresiones:

1.

Conocí en Barcelona el silencio.

Dejo esa frase sola porque me parece que salió como un verso bonito. En realidad más que conocer, me reencontré en Barcelona con el silencio.

Mayo de 2001. Contexto: una amiga fotógrafa me contó que una amiga y colega suya se iba para Estonia a hacer una serie sobre los paisajes de infancia y juventud de Arvo Pärt. Dejaba en arriendo su apartamento-estudio por un año, que si me interesaba. Le respondí que tanto su amiga como la casa-estudio. Nos conocimos y hoy somos buenos amigos. Arrendé su casa, sin saber el verdadero motivo de su viaje: la alcaldía empezaba la construcción de la vía hacia IJburg, la ciudad del futuro como la llamó Discovery Channel, y esto implicaba asentar pilotes todos los días, durante casi un año, frente a su edificio.

El sitio era maravilloso. Estaba ubicado en la cuadra siguiente a la Estación Central. Cuando en mi trabajo di mi nueva dirección, la secretaria que conocía casi todos los códigos postales de Holanda, me dijo: “¿1011 AB? Más central no puedes estar”. El 1011 AA le pertenece a toda la manzana de la Estación Central. Subimos al estudio y nos asomamos a la terraza que da hacia la ciudad: me ilusioné como un niño cuando empecé a ver los trenes entrar y salir de la Estación. Tengo una serie de fotos perdida donde simulo el efecto óptico de estar tomándolos con la mano. Luego caminamos al balcón principal, donde tenía una vista perfecta sobre el IJ y podía ver a los grandes cruceros llegar al puerto de la ciudad. Había encontrado el sitio perfecto, pensé, lástima que solo sea por un año.

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De la serie Revelaciones dramáticas presentamos: Gaita de apareamiento

Me gradué como compositor de la Juilliard en Nueva York hace 15 años. Mis obras, musicalmente complejas, gozan de cierto prestigio entre los autores modernos. Este verano estoy invitado a siete festivales donde se estrenarán o interpretarán algunas de ellas. Ver mi nombre asociado con el de grandes compositores modernos es algo a lo que no me acostumbro todavía. Mi pieza más interpretada es una variación de Las cuatro estaciones de Vivaldi que compuse para el Kronos Quartet. De todas las experiencias musicales que he vivido hay una que me persigue desde hace algunos años. Desde hace cinco, para ser exacto.

Un colega y amigo colombiano, Rafael Hernández, me invitó a recorrer la costa Atlántica de su país para rescatar joyas perdidas. Empezamos el viaje en un pueblo llamado algo así como Capurganá. Recorrimos la Costa Caribe hasta llegar al norte de La Guajira. El primer día que llegué a Bogotá Rafael me llevó al sitio que sería la entrada a la aventura: la plaza de mercado de Paloquemao, si mal no recuerdo el nombre.

Jamás en mi vida había visto tal variedad de frutas y verduras. Rafael me había enviado fotos de unos buses conocidos como chivas en la costa, me dijo que serían nuestro medio de transporte. Me hizo reír la cantidad de corotos y colores que llevaban, el mismo festival de colores que veía en Paloquemao. Luego me invitó a probar la guanábana, una fruta verde gigante que parecía un erizo y de textura blanca en su interior. Cuando la probé sentí que estaba lamiendo el sexo de una mujer. De no ser por el sabor no hubiera sabido reconocer la diferencia. "No lo mastiques" me dijo Rafael cuando me comí un pedazo de aguacate, "se va a derretir en tu paladar". Así fue.

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Microcosmos

Con el equipo de baloncesto de mi colegio nunca clasificamos a semifinales de los torneos de la Uncoli. Nuestro promedio de estatura era muy bajo comparado con el de los cuatro que siempre clasificaban. Viví el bachillerato acostumbrado a que a lo máximo que podíamos aspirar era al quinto lugar, pero igual siempre jugamos contra los grandes con la esperanza y el empeño de ganarles. El San Carlos jugaba con cuatro equipos y cuando el principal ya nos había aplastado, el entrenador empezaba a rotar a los otros tres, todos muy buenos. Jamás olvidaré el intercambio de miradas que sostuve con el entrenador del San Carlos cuando rotó al último equipo ante nosotros, con una diferencia de 50 puntos en el marcador. Quiero pensar que sintió un poco de vergüenza, pero igual nos apalearon sin clemencia.

Un equipo rompió la jerarquía generacional: el Nuevo Reino de Granada, que aceptó que dos jugadores sanandresanos buenísimos y altísimos jugaran con ellos. La combinación de ellos con mi amigo Mauricio Forero, armador, hizo un equipo que llegó a la final del torneo derrotando al hasta entonces todopoderoso San Carlos. Cuando fui a ver la final Nuevo Reino de Granada contra el Helvetia recibí una lección de colombianidad inolvidable. Los jugadores del San Carlos entraron minutos antes de que empezara el partido a la cancha a abrazar a los del Helvetia y a pedirles que ganaran para vengar su derrota. Les parecía sobre todo que fue antideportivo del NRG inscribir a dos sanandresanos solo para ganar en la Uncoli.

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