Deudas herméticas

1.

Llegué al I Ching por una referencia que encontré en un libro de Jung. Luego, para mi sorpresa, la edición que conseguí, la de Richard Wilhelm, traía un prólogo del psicoanalista suizo que me impresionó mucho. Básicamente Jung dialogaba con el I Ching.

Me volví un asiduo del oráculo, tanto que hice años después un programa con monedas virtuales para consultarlo (que he de actualizar pronto, es del año 98), aunque mi método preferido es la lectura con los 50 tallos de milenrama, que es más dispendiosa pero tiene la virtud de que propicia el estado de concentración necesario para escuchar mejor el resultado.

En unas vacaciones de mitad de año trabajé como obrero para mis tías que se dedicaban al diseño de jardines. En los momentos de reposo, en medio de la naturaleza, me asombraba ver las imágenes del libro a mi alrededor. Sentía que había sido escrito a partir de la experiencia humana, de la lectura sabia de la naturaleza. Recordemos que uno de sus prodigios es que su sistema de Yin y Yang fue el que inspiró a Leibniz para establecer el sistema binario, el mismo que está en la raíz de nuestra era digital: la representación de la realidad en unos y ceros.

Obviamente el libro va más allá: los 64 hexagramas representan los arquetipos de la vida humana, su interacción y la transición de uno a otro, de ahí su subtítulo místico: el libro de las mutaciones. Es fascinante observar cómo otras culturas llegaron a descubrir cosmogonías que cumplen el mismo propósito, comprender la naturaleza y la vida humana; pensemos en la mitología griega, la astrología, el tarot de Marsella, los yorubas, etc. Son universos muy ricos y la gracia de consultarlos es que nos ayudan a ver características y matices del mundo externo y su relación con nuestro inconsciente que no contemplábamos en nuestra limitada conciencia.

El cristianismo y todos sus derivados, salvo por el mensaje primigenio del amor (si bien obligado como mandamiento), me parece terriblemente simplista y hasta egocéntrico: la figura central es un dios que todo lo rige, todo lo sabe, todo lo puede. No dialoga, sermonea, o como hace su representante en la Tierra, pontifica. Nunca me ha hablado esa religión.

2.

Tengo hexagramas, planetas, arcanos, dioses griegos preferidos, aquellos con los que me conecto y me ayudan a fluir en la vida. Hermes, en su condición de señor de los caminos, es quien más me atrae. Ya desde el principio de esta entrada siento su presencia, basta pronunciar el verbo llegar para saber que se recorrió un camino donde seguramente estuvo de alguna forma.

Hace un par de semanas me trajo un regalo de belleza inesperado. Mi amiga A. olvidó su mochila en un taxi en Guayaquil. Llevaba en ella su portátil, su diario de viaje, sus colores, un libro y un CD entre otros objetos personales. En su laptop estaban todos sus textos y la colección de música que llevaba curando desde hace más de 20 años. A. empieza así la descripción de la pérdida de su música:

La música merece un momento. Durante diez, quince o veinte años había yo organizado con minuciosidad, esmero y obsesión cada canción, cada artista y cada género, añadiendo información de los álbumes a partir de ratings distintos. Más de diez mil melodías distribuidas escrupulosamente en cientos de playlists con nombre propio, que obedecían a los órdenes más diversos.

A. procede a describir su mundo interior enumerando los temas de sus listas de reproducción, los 64 hexagramas que componen su cosmogonía. No los transcribo por respeto a su privacidad, solo puedo decir que son el vivo retrato de un alma, de una mujer, muy bella. Por supuesto, con el título de cada lista me dolía más su pérdida, eran balazos al corazón. Quedé totalmente rematado cuando pasó a hacer el mismo inventario pero con sus textos, ampliando aún más su espectro vital. El listado terminaba con la palabra mágica, poesía, los poemas que también se fueron en su laptop: «Descubrir esto último me atravesó el pecho y me quitó el aire. Quedé quieta por dentro. Un silencio me pobló. Un vacío fundamental». Así quedé yo también, totalmente desconsolado, casi con ganas de viajar a Guayaquil a hacerle cacería a ese portátil antes de que sea formateado por manos inescrupulosas para venderlo en el mercado de segunda mano: ladrones ignorantes hay por doquier, merecen una serie aparte.

Días después, al salir de la ducha, sentí la sonrisa de Hermes: el muy bandido me había traído un regalo a través de una pérdida, de un portátil que había tomado un camino diferente al de su dueña. Pensé lo impensable, incluso me sentí miserable: «Gracias a la pérdida del portátil de A. he podido conocer su belleza». De nuevo quedaba en deuda con Hermes. Como también caí en cuenta de cuán limitados son los selfies actuales: no hay imagen que pueda autorretratar la belleza interior de A. como lo hicieron sus palabras.

Luego llegó emilio de A: tiene nuevo portátil y está lista para empezar de nuevo su colección musical. Cuánto deseo leer su novela contando cómo llegó a todas sus listas de reproducción, con la misma poesía que la inspiró para compartir su pérdida y regalarnos ese retrato de belleza inolvidable que viaja con ella –que es ella.

Suerte en tu camino, A.