El flautista de Hamelin, v. 2.0

Ayer, mientras iba en el tren, fui testigo de la conversación más extraña entre padre e hijo que he escuchado hasta ahora. Leían juntos El flautista de Hamelin. Al niño le parecía mágico el don del flautista, hasta que se empezaron a ahogar los ratones en el río: «¡Qué muerte más cruel!», dijo con los ojos abiertos. Quizás el padre para prepararlo un poco para la escena más cruel que venía en el cuento decidió contarle la historia del pueblo donde encerraron a todos los ratones en un contenedor en altamar para que después de un tiempo empezaran a comerse a sí mismos.

El niño no podía creer lo que estaba escuchando. Yo tampoco: «¿Qué papá loco es este?». La historia es tan fuerte que incluso fue utilizada en la película Skyfall de James Bond, contada por Bardem; sospecho que de ahí la tomó. Al final le preguntó al niño que si él fuera uno de esos ratones en el contenedor cómo haría para ser el ganador.

El niño seguía desconcertado hasta que preguntó: «¿Y qué pasa con el ganador cuando ya no hay más ratones para comer?». Tomó por completo desprevenido al padre, que parecía creer que lo más importante de la historia era ser el vencedor al final. Siguió: «Solo le queda lamer huesos de muertos hasta que muera de hambre o de alguna infección». Era una conversación escatológica en todas las acepciones de la palabra.

­–Dejaría que me comieran de primeras, pues después de matar a todos tus amigos, familiares, vecinos, desconocidos no te queda más que morir de hambre al final. Mejor terminar con ese tormento desde el principio.

El padre, perdido, no respondía nada.

­–O no. Mejor haría una comunidad de resistencia, donde solo aceptamos a todos los que estamos dispuestos a morir de hambre sin matar a nadie más.

El padre no veía cómo dar marcha atrás y seguir leyendo el cuento.

­–Podríamos contarnos historias hasta el último suspiro. Pero esto también sería muy triste, porque vería cómo van muriendo uno a uno y las demás ratas empiezan a comérselos o nosotros mismos porque podríamos infectarnos con los restos del cuerpo. El olor debe ser horrible.

Yo hacía mi mejor esfuerzo por no seguir las imágenes del niño. El padre ya estaba todo sonrojado.

–¿Pero qué historias nos vamos a contar después de comernos a los demás? ¿Que cómo sabía de rico aquel?

El padre ahora evitaba mi mirada y no sabía qué decir para interrumpir la viva imaginación del niño.

–No, ya sé. Moriré como un héroe defendiendo de las ratas asesinas a todos mis amigos y seres queridos. Así moriré en combate luchando por ellos hasta el final. Es ese destino o vivir comiéndome a los demás para al final morir de hambre. ¿Tú qué harías papá?

Llegué a mi estación y me perdí la respuesta del padre. De mi inconsciente solo me llegó una frase: Humano, demasiado humano.