La saga continúa

Acabo de leer un artículo muy interesante: What Happens to Religion When We Find Aliens? En especial ahora que un astrónomo de Harvard asegura que hay un ovni navegando libremente por la Vía Láctea. La autora les plantea el interrogante a un rabino, un imam y un teólogo cristiano. Las respuestas son sorprendentes: en general a ninguno le extraña que haya más vida en el universo, pues todo es creación divina. Se muestran igual de flexibles con el tiempo, pues ahora resulta que donde la Biblia dice que Dios creó el universo en siete días hay que saber leer entre líneas: no son días humanos, sino un tiempo divino con rango que puede ir desde meses a milenios…

Obviamente es un error del amanuense del Génesis, que no comprendió los tiempos de cuando Dios le dijo que había creado el universo en siete días. Era tan limitado su conocimiento de la realidad que le rodeaba que hizo lo mejor que pudo para ayudarnos a comprender la voz divina. Era tan insignificante el universo en ese entonces (todo giraba, literal y metafóricamente, alrededor de la Tierra y del ser humano) que a quién se le iba ocurrir preguntarle si había vida más allá de este planeta.

Destaco en especial la frase final del artículo, una cita del teólogo entrevistado Richard Mouw:

“We should not pit ourselves against the Carl Sagans of the world,” he says. “Instead, we ought to take delight in the fact that even if we disagree about the ultimate nature of reality, we share this profound sense of mystery and awe of the cosmos in which we find ourselves.”

Para quienes no creemos en las religiones, ese conjunto que nace en su mayoría de interpretaciones de la realidad basados en escrituras milenarias, esa frase final es esencial: ¿cómo empezó todo? Y la búsqueda de esta respuesta, más allá de los filtros de los charlatanes, nos sumerge en un profundo misterio, en todos los sentidos de la palabra. Comparto con el budismo la creencia de una fuerza esencial que impulsa la vida (que también nos lleva a la muerte).

Como ese amanuense que se confundió cuando la voz divina le dijo que lo había creado todo en 7 días, es aún tan desbordante la complejidad de la realidad y de nuestra existencia que aún seguimos sin saber cómo transcribir correctamente el texto, salvo que esa voz divina no sea más que el fruto de los esfuerzos de nuestros antepasados por responder a esa pregunta mística y el famoso dictador del texto no exista. Yo vivo muy tranquilo desde que acepté que muy probablemente moriré sin conocer la respuesta, pero no deja de ser fascinante maravillarme cada día por todo lo que ha sido creado hasta ahora –y lo que nos falta por descubrir.

Pero ojalá nos quedáramos en el placer de compartir ese desacuerdo con las grandes religiones. Lo que ninguno de los entrevistados dice es que cada una de sus creencias ha creado un estilo de vida, un conjunto de normas basados en posibles respuestas al misterio del universo y la vida, que han asumido como la verdad absoluta y revelada. Sigo viendo esas pobres monjas, los curas pederastas, esa lucha contranatura con el impulso vital que está en cada ser humano, y todo porque alguien leyó o interpretó en alguna parte que el celibato es una virtud. Y así con tantas otras cosas.

El imam va más allá: como en el Corán se dice que el ser humano fue creado específicamente por Alá en la Tierra, muchos de sus fieles descreen por completo de la evolución, esa maravilla que nos deslumbra cada día con su camino recorrido y alcanzado. Es ahí donde se da el gran choque entre la religión y la ciencia: si por la primera fuera, ya todo está dicho. Gracias a la persistencia de la segunda, los religiosos deben seguir reinterpretando sus textos. Me pregunto si es miedo o codependencia la fuerza que los motiva a seguir reinterpretando sus textos sagrados mientras la realidad sigue mostrándoles sus limitaciones, día a día.

La verdad, salvo ciertas reflexiones éticas de cada religión, no tengo mucho más que ver en estas. La autora menciona que 84% de la población del planeta es creyente, y esto es todo un fenómeno sociológico y psicológico, para maravillarnos aún más del ser humano. Sin embargo, creo firmemente (por ahora, salvo una reinterpretación creativa de mi propia escritura tal como hacen los rabinos, imames y teólogos) que ese maravillarse ante la vida, el esfuerzo por comprenderla más y más así escape de nuestras manos, es lo que nos enseña a apreciarla y aprender a vivir cada instante en que somos conscientes de que estamos vivos y se acabará en cualquier otro instante. Creo también que la educación en la conexión con el misterio esencial nos ayudaría más que el miedo al castigo divino por no creer en dioses.

Me maravillo por los animales y las plantas, me sigue desbordando la idea de que a alguien se le ocurrió crearlos. Cuando veo a Clyde, cuando lo tengo en mis manos, no puedo menos que maravillarme al preguntarme de dónde vinieron los gatos y la cadena evolutiva que los creó, y así con todo en el Universo. ¿Un dios lo creó todo? Paladeemos más largo ese placer de estar en desacuerdo con las religiones, como un exquisito Armagnac, otra creación divina sin duda alguna.

Dicho todo esto, me dispongo a meditar y conectarme con esa energía esencial. Quizás después juege un rato con Clyde.

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