Virginia Woolf escribe un SMS

Parecido a como me sucediera con Modigliani en París, esta mañana en la nueva línea del metro de Amsterdam me senté al lado de una mujer idéntica a Virginia Woolf. Iba vestida prácticamente como en el retrato que le hizo Roger Fry. Llevaba un canasto lleno de frutas y verduras más un arreglo de girasoles sujeto entre sus piernas en el piso. Escribía un SMS en un Nokia 3310 de los antiguos, me recordó a tantos amigos que duraron décadas para pasarse a un smartphone por fidelidad a ese modelo. Estuve tentado a ofrecerle mi teléfono pues veía que quería escribir más rápido pero el teclado no la ayudaba. Eso fue lo primero que pensé. Al observarla con más cuidado, me di cuenta de que manejaba el teclado con soltura, la dificultad era otra: parecía que batallaba contra la multitud de voces que le hablaban al mismo tiempo y no sabía muy bien a cuál de todas darle prioridad, si quería capturarlas sin perder detalle, si la angustiaban o desesperaban.

Traté de imaginarme al receptor del mensaje, ¿intuiría todo el esfuerzo concentrado en esas líneas que recibiría? Sentí también que era un privilegio asistir a un instante de creatividad de la autora de Mrs Dalloway, de ver en tiempo real cómo se elaboraba la polifonía de Las olas, como si todos los personajes trataran de comunicarse con el receptor, ese Peter Walsh virtual que lee la prensa en alguna terraza sin siquiera intuir el mensaje que le sorprenderá en contados minutos. O, viendo la lucha virtual, probablemente en horas.

Llegué a mi parada y terminé mi espionaje de Woolf. Al levantarme de la silla me despedí con una mirada que correspondió alguno de sus personajes, ella seguía concentrada en ese mensaje interminable. Sin querer apoyé mi mano en su abrigo, de esos de lana que llegan hasta las rodillas. Vi los bolsillos largos y profundos y fue inevitable sentir el estremecimiento por su destino. «¿Será este su último abrigo?» y alcancé a calcular la cantidad de piedras con las cuales podría rellenarlos. Tuve que recordarme que era tan solo una coincidencia y que además no creo en la reencarnación. Quizás, como sucedió con Amedeo, era una actriz imbuida plenamente en su papel de Woolf. Seguí mi camino, no sin cierta desazón en todo caso.

El abrazo del árbol y los bosques musicales

Una mañana de otoño soleada, de agradecer después de los días grises de lluvia. Un viento suave, ideal para ir a tomar un baño de bosque, como llaman ahora las caminatas por el bosque desde que se popularizara la práctica japonesa del Shinrin–Yoku. Hay cosas que a veces parecen excéntricas, como abrazar árboles (soy uno de ellos) por el bienestar que dan, y ahora vienen a confirmar y hasta a recomendar la ciencia occidental. Pero antes de ir a tomar el baño de bosque quiero compartir en esta bitácora utópica una nueva serie con la que amanecí pensando esta mañana. Debe estar relacionada con el Shinrin–Yoku porque se trata del viaje por bosques musicales, una serie que trata sobre los caminos por los que me ha llevado mi curiosidad musical. Aunque ya hay varios retratos esparcidos por esta bitácora quiero seguir explorando otros más.

Empiezo por un recuerdo de infancia. Estoy sentado sobre el borde de una silla en el Teatro Colsubsidio de Bogotá. Tengo 3 años. Si me siento como una persona normal no veré nada alrededor mío. Vamos a escuchar Las cuatro estaciones, una de las obras que a mi padre le gusta escuchar los domingos en la mañana. Adquirí ese hábito de él, solo que prefiero L’estro armonico, también de Vivaldi. Es la primera vez que voy a ver músicos interpretando una obra. Tanto, que cuando empiezan a tocar le pregunto a mi madre que en dónde está el disco porque suena muy fuerte. Ella me va introduciendo a los instrumentos entre susurros, tratando de no incomodar a las personas alrededor. Con la música voy descubriendo qué hace cada uno y es una experiencia totalmente mágica. Ahí encuentro reunidas dos de mis grandes pasiones: la búsqueda y disfrute de la belleza y la intriga o curiosidad constante sobre cómo lo hacen, el gusto por la magia, por los magos, ese espectro infinito en el que caben Nabokov, Messi, Glass, Greenaway y miles de otros. (Sigue leyendo »»)

The Man (23). Daniele Gatti, otra baja del #MeToo

En Bogotá tenía una gran compañera, la Emisora Javeriana, a la que escuchaba constantemente a lo largo del día, fines de semana incluidos salvo las tardes de los sábados dedicadas al rock. Entre semana por las mañanas me gustaba disfrutar de la programación de música clásica, con muchos conciertos presentados por el chileno Marcelo Fortín y grabados en «la Sala de Conciertos del Concertgebouw de Ámsterdam». Tanto que en mi primer viaje a Amsterdam lo que más quería conocer era el Concertgebouw. Ahora los conciertos de la mañana me sorprenden en la tarde.

Recuerdo también el viaje en 2008 a Nueva York cuando me enteré de que la revista Gramophone había nombrado a la orquesta del Concertgebouw como la mejor del mundo. Guardo ese ejemplar con mucho cariño. Con el tiempo me volví abonado de la orquesta y sonrío cada vez que veo mi tarjeta de miembro. La selección del conductor de la orquesta es siempre tema de Estado. La llegada de Daniele Gatti como sucesor de Mariss Jansons fue acertada y muy celebrada. Apenas pude verlo en tres conciertos, pero me dejó muy impresionado, un dirigente de clase y talento extraordinarios. (Sigue leyendo »»)

El cambio climático y la astronomía. Nueva diatriba contra las religiones

Nederlandia amanece al borde de la sequía. Ayer, el ministerio del Agua fijó las prioridades en caso de racionamiento de agua: primera, los diques, no vayan a ceder y causen una tragedia enorme; segunda, el agua potable; tercera, el agua para las centrales eléctricas; cuarta, el agua para las gallinas y las vacas.

La comunidad de musulmanes acordó reunirse ayer en sus mezquitas para orar para que llueva. Un gesto de buena voluntad, sin duda, pero que plantea de nuevo el debate sobre la necesidad de religiones milenarias que no se corresponden con la realidad. Sea el momento de recordar el cuento Eugenesia compilado por Borges y Bioy Casares en su colección de cuentos breves y extraordinarios:

Una dama de calidad se enamoró con tanto frenesí de un tal señor Dodd, predicador puritano, que rogó a su marido que les permitiera usar la cama para procrear un ángel o un santo; pero, concedida la venia, el parto fue normal.

Para parodiarlo: y después de tanto orar, sigue sin llover.

Las clases de religión en los colegios deberían de ser remplazadas por clases de astronomía: conocer mejor el universo, valorar la unicidad de la Tierra y aprender a convivir con ese misterio de que aun si no sabemos qué había antes del Big Bang (o si el Big Bang es una teoría acertada), hay una energía expansora en tensión permanente que nos ayuda a comprender el ciclo de vida y muerte. No hay más, ni cielos con sabios de barba blanca ni mil vírgenes esperando por nosotros ni trasmutación de las almas.

Estas clases de astronomía quizás sí obrarían el milagro de comprometernos como sociedad con el cambio de mentalidad y acciones que necesitamos para enfrentar el desafío del cambio climático. Por ejemplo, que una sociedad como la alemana, tan dependiente de su industria automotriz, reconozca el daño del diesel, las trampas de sus grandes empresas para evadir el control de emisiones, y sancionarlas de manera ejemplar sin importar los costos para la sociedad. Fijar indicadores verdes que todos los gobiernos deben cumplir, así disminuya el Estado de bienestar. Estas son medidas más eficaces que unirnos a rezar para entregarle nuestro destino y responsabilidad a Dios, a Allah o a cualquier otra deidad. Sí, ya lo sé, por algo este chiringuito se llama Bitácora Utópica y miles de millones dormirán tranquilos esta noche luego de rezar porque llueva.

La fábula de la liebre y la tortuga (revisitada)

Quién no conoce la fábula de la liebre y la tortuga de Esopo, esa historia que nos quiere enseñar que la humildad y la constancia son más importantes que la excesiva autoconfianza en el propio talento. O como la han reformulado los gurús del mindfulness: «Tu yo quiero es más importante que tu cociente intelectual». Pues hoy Didier Dechamps le ha llevado la contraria a Esopo y ganó por goleada.

Acabamos de ver una final fantástica, emocionante hasta el minuto 80, cuando ya los cien kilómetros que recorrió de más la selección croata se hicieron palpables. Pero los aficionados al fútbol les estaremos siempre agradecidos porque fueron ellos quienes pusieron el fútbol en la final. Los franceses, con una liebre llamada Mbappe, fueron más contundentes y anotaron cuatro goles en un número similar de contraataques.

Los croatas se vieron con el balón en sus pies, con la idea de construir juego y anotar, pero la verdad es que perdiendo 3-1 esa estrategia jugaba en su contra, el antifútbol en pleno: tener el balón era contraproducente. Bastaba un descuido, un pase al vacío a la liebre Mbappe, para generar peligro frente al guardameta croata. Qué triste llevar a esto al fútbol, me recuerda las últimas tres copas de campeones del Madrid, que salvo por uno que otro gol memorable, no dejaron nada de fútbol para recordar. Pero hay que reconocer el genio de Deschamps: sabía que los croatas no estaban para correr, que les gusta armar juego, y que había que jugar a la contra a destrozarlos. Y lo logró. Algo así como lo que hizo Mourinho con el Barça de Guardiola, solo que con más talento y elegancia.

Empieza la era de la liebre, ojalá venga acompañada con más juego.