Nevermore (o perderse para encontrarse)

Noche de invierno en Nueva York. Después de visitar las esculturas de Giacometti en el MET quise atravesar el Parque Central y caminar por The Village, con cierta nostalgia por recorrer los pasos de Poe por el barrio. Mi amiga C me recomendó tomar el bus para cruzar el parque porque caminar en la noche por él podría ser complicado. Le dije que correría el riesgo, pero apenas viera algo sospechoso tomaría una desviación. Bajé por la Quinta avenida, crucé la transversal 79 y me adentré en el parque.

A la entrada me recibió un cuervo, que me dio una mezcla de entusiasmo y escalofrío a la vez. Después cuando le conté mi historia a C me dijo que era imposible que hubiese sido un cuervo, pues habían abandonado Nueva York desde hacía casi un siglo: «De hecho se cree que Poe jamás vio un cuervo en toda su vida». Remató con un estabas alucinando cuando le dije que apenas pasé debajo de él me lanzó una nuez que tampoco supe interpretar si era una señal de advertencia o una invitación para jugar. (Sigue leyendo »»)

Lecciones no aprendidas

1

La semana pasada se presentaba Matar a Jesús, una película colombiana que trae una vez más el tema de los sicarios y las barriadas de Medellín, esta vez con un giro: ¿qué hubiera sucedido si Héctor Abad decide vengar por propia mano el asesinato de su padre? Héctor en la película es una joven fotógrafa. Me invitaron a verla, vi el trailer en Youtube y me pareció que ya había visto 90% de la película. La misma sensación con tantas cosas que siguen sucediendo en Colombia. Pero esta vez escuché a mi inconsciente decir «qué fijación con la violencia». Cada vez que me adentro más en la Comunicación no violenta me doy cuenta de cuánto le gusta a la gente educar con fuete, o decir que cuando alguien no actúa bien, le hizo falta fuete. Quizás de ahí viene la necesidad o el deseo de millones de colombianos por ver cómo los jefes de la Farc hacen una procesión donde deben ser linchados para terminar crucificados. Una inversión perversa de la crucifixión de Cristo: el que actúa mal debe ser así tratado, como Cristo camino de la cruz. Esos sí se lo merecen.

Loving Pablo también se perdió de ese paso adelante que dio Virgie en la narración del negocio: hay juegos de poder que reflejan muy bien cómo se mueven los hilos en el país y eliminó a un personaje clave en la narración de Vallejo: el Ajedrecista, de quien narró cómo Sarmiento Angulo le blanqueó capitales, si bien en su ego ella no es consciente de que se acusa de una maldad peor: quiso educar a Escobar para que aprendiera a blanquear de manera tan limpia o incluso más sofisticada que el Ajedrecista. Es decir, haberle subido el nivel a Escobar. Y como el negocio sigue adelante, es de suponer que hay gente que sigue blanqueando muy bien, mientras la atención de la gente (cineastas incluidos) sigue enfocada en las metralletas de los sicarios o el sadismo del Patrón.

2

La jugada más criminal de Escobar por la que pasarán décadas sin ser juzgado (y quizás jamás) fue la filtración del plan del M-19 al Ejército colombiano, como lo narra su hijo Sebastián Marroquín. Hoy se sabe que el Ejército tenía conocimiento del plan al menos dos meses antes y que optó por la estrategia de La ratonera (atrapar al M-19 dentro del Palacio) en lugar de prevenir la toma. De nuevo, Vallejo nos cuenta que la Toma era una excusa perfecta no solo para volar el ala que contenía todos los procesos contra Escobar, sino también la que contenía todos los procesos por violación de los derechos humanos del Ejército colombiano. Una carambola a tres bandas: golpe al M-19, destrucción de los archivos contra Escobar, contra el Ejército. Cuenta Vallejo que Escobar le dijo que había sido el millón de dólares mejor invertido en su vida. De ñapa, el Ejército se regaló acabar con elementos molestos como el magistrado auxiliar Carlos Urán. Uno de esos desaparecidos de la retoma del Palacio que niega la congresista María Fernanda Cabal. (Sigue leyendo »»)

The Man (25). Ara Güler, retrato de una pasión

El perfil podría titularse también El ojo de Estambul, como se le conoció en vida a Ara Güler, porque al fin y al cabo retrato de una pasión es un lugar común para referirse a creadores que han hecho una obra significativa siguiendo su pasión. En el caso de Güler se puede hablar del joven que descubre la fotografía en su adolescencia y empieza a caminar por el mundo tomando fotos sin parar. Descubrió las portadas de Life y encontró su vocación: el fotoperiodismo. Se dijo a sí mismo que eso era lo que él quería hacer y aprendió sobre la marcha cómo hacerse fotoperiodista. Lo logró tan bien que la por entonces recién creada Agencia Magnum lo escogió como su hombre en Turquía.

Se estima que el archivo de Güler consta de casi dos millones de negativos que testifican el final del siglo XX, en especial, la historia de Estambul. En el documental sobre su vida, él mismo se sorprende ante el volumen del archivo, llega incluso a decir que ya no le pertenece ni siquiera a él sino a Turquía. Es increíble cómo un joven toma una cámara y la convierte en su pasaporte para viajar y descubrir el mundo, para presentar ángulos particulares y que revelaron no pocas sorpresas, incluyendo una antigua ciudad griega cuya historia remota era desconocida para sus propios habitantes actuales.

En el documental ni siquiera se le pregunta por el uso del retoque digital. De hecho, de las cosas más impresionantes de sus imágenes es la captura de la realidad pura y dura, en todo su espectro, desde el descanso de un pescador a la barbarie de la guerra.

Ya se ha dicho muchas veces: el gran crimen de la educación tradicional es que no cultiva las pasiones, no sirve siquiera para identificarlas. Las teorías de conspiración dicen que es así para favorecer el sistema de producción; preparar personas para cumplir órdenes, asimilar conceptos y ponerlas a trabajar en la cadena de producción. Aparecen entonces anomalías como Güler, que con el simple acto de tomar una cámara e irse a recorrer el mundo nos deja un legado esencial para descubrir nuestra propia identidad tan solo guiado por la pasión.

Paramilitares

Hay varios puntos de contacto entre los asesinatos de Adnan Khashoggi y Dimar Torres: el abuso del poder del Estado; el ensañamiento; la célula asesina y torturadora; la motivación política.

En una entrada pasada me sorprendía que los líderes de las Farc todavía no hubiesen experimentado siquiera un atentado. Pensé que era una señal de respeto y civilización nacionales, pero viendo la reacción internacional ante el crimen de Khashoggi, parece ser que es el manto de la comunidad internacional y el esfuerzo del gobierno por no exponerse a ella la que contribuye a que permanezcan vivos.

Ya van más de 120 miembros desmovilizados de las Farc asesinados. Por poco no se cuenta a Dimas Torres, porque la célula militar asesina lo dejó a medio enterrar cuando sintió la presencia de la comunidad y salieron huyendo. Las grabaciones ocultas en el consulado saudí revelan que Khashoggi fue descuartizado en vida. Lo que la comunidad cuenta (porque según el ministro de Defensa Botero solamente fueron algunos disparos propios de un forcejeo) es brutal, barbárico a morir: señales de tortura y hasta mutilación genital.

¿Qué tipo de soldados trabajan en el Ejército de Colombia? ¿Cómo es posible que alcancen tal grado de barbaridad? La creación de los paramilitares fue un esfuerzo por disociarlos de estas prácticas barbáricas, de salvar la imagen y honor de la institución, pero ahora que han sido descubiertos, ¿cómo explicar o justificar esto? ¿cómo se entrenan soldados para cometer semejantes delitos? Ya el general Villegas se apresuró a decir que habían actuado al margen de la ley.

Más de 120 desmovilizados asesinados son un patrón innegable. Se mezclan el ajuste de cuentas, el descaro de tomarse la justicia por propia mano (que es precisamente lo que combatían), la desconfianza de la JEP y, obviamente, el sabotaje al proceso de paz. Es supremamente descorazonador constatar que hay personas en el Ejército capaces de estos crímenes, entrenados para cometerlos y quién sabe cuántos más habrán ejecutado o les faltan por ejecutar.

Resulta entonces que uno de los grandes vacíos en los acuerdos viene a ser que no se creó un plan para desmovilizar estas células paramilitares del Ejército. Una omisión letal que, curiosamente, no aparece en las objeciones del gobierno actual al Acuerdo de Paz. Qué país.

Zarpó el Titanic (2). Arde Notre Dame

Para el buen lector utópico con seguridad no pasó desapercibida la glosa de Mónica Ferrer a su trino sobre el Titanic: «Tampoco terminó bien». El tampoco hace referencia a un hecho anterior que también terminó mal. Esa nota con la pisca justa de humor negro le ha abierto toda una veta a mi imaginación.

1.

Empiezó por recordar unos cachos infames que me pusieron en un momento oscuro de mi vida.

Regresaba de vacaciones de Colombia, estaba en un cocktail y fui a sentarme con mi copa al lado de dos amigas de mi autora (para parafrasear a Ángela Vicario). No sé si el alcohol ya estaba surtiendo efecto pero llegué a saludarlas con una gran sonrisa que dejó cierto espacio al desconcierto cuando escuché que la una le decía a la otra: «La sonrisa que le va a quedar cuando se entere de lo que está sucediendo». Efectivamente, como no sabía lo que estaba sucediendo, no le di mayor importancia y charlamos como si nada.

Bastaron pocas horas para saber qué era lo que estaba sucediendo: a las tres de la mañana, mientras dormíamos ya en su casa, un hombre empezó a timbrar desesperado a la puerta. Ella me dijo: «Es un loco que anda suelto por el barrio, no le prestes atención». Pero entonces el loco empezó a golpear la puerta gritando su nombre: «¡Abre XX! Sé que estás ahí con otro, ¡puta!». Le dije: «Creo que el loco te conoce y me está llamando a mí el otro. ¿Quién es?». Empezó a llorar y me lo contó todo.

En condiciones normales habría seguido el consejo de Freud: El hombre sensato cuando es engañado empaca sus maletas y se va. Con un loco afuera que probablemente tendría un machete en la mano me pareció que lo más sensato era irme a dormir al sofá y confiar en que al amanecer se hubiese marchado o estuviera durmiendo tan profundo que no notará que voy a pasar encima de él. (Sigue leyendo »»)