Acelerador de partículas

Estoy disfrutando bastante la obra de José Luis Alvite, publicada en ediciones muy cuidadas y bellas de Ézaro Ediciones. Mi lectura va muy lenta porque en cada página hay muchas cosas para paladear. Estas últimas semanas he leído noticias que se entienden mejor después de este párrafo de Alvite, de su Áspero y sentimental:

[…] A diez kilómetros de Cambados, faltaba todavía hora y media para el final del viaje. Pero, ¿quién tenía prisa? Éramos jóvenes y el paisaje estaba a estrenar. Las horas tardaban días en pasar y el tiempo era en realidad un almanaque con el péndulo de goma arábiga. En la relojería de los hermanos Villar sólo los relojes averiados daban la misma hora. A la señora de la Telefónica se le mezclaban en la calceta las llamadas de Montevideo y la lana del jersey. En la peluquería del Campillo la belleza ocurría con una calma señorial a inmutable, como si el elegante Pepito Rey estuviese retocándole la cabeza a los chiquillos con las tijeras de podar las tullerías del “Palais de Versaille”. En casa de las Cunqueiras llevaba años encamada una señora muy anciana y muy consumida que aparentaba por lo menos la edad de la muerte, pero todos los veranos iba visitarla y siempre estaba igual. María y Victoria la aseaban cada mañana y entonces quedaba matutina, radiante y a la vez mortal, como si le hubiesen lavado la cara con la calavera del agua. Era una joven de casi cien años, ¿qué prisa podría correrle dejar atrás el prometedor futuro de su encasquillada agonía? Todos éramos jóvenes entonces, muchacho[…].

En La lentitud Kundera también se refirió a ese aceleramiento del tiempo que la sociedad ha ido experimentando con los años. Llegó a plantear dos ecuaciones: el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria y el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido. Seguro Kundera disfrutaría la descripción del tiempo de Alvite, a la que cualquier persona que haya vivido una temporada en el campo, lejos del ritmo de la ciudad, podrá reconocer sin esfuerzo.

Paradójicamente, con el encierro provocado por la pandemia, la inmovilidad forzada, creo que el proceso descrito por Kundera se ha acelerado con la dependencia en las redes sociales para llevar algo parecido a la vida. Y las redes van a un ritmo vertiginoso. El cerebro exige ahora consumir información a la velocidad de un trino, al swipe de los timelines en Instagram, Facebook, Tinder, TikTok, etc. Cuando se aproxima un instante de tedio, de regreso a ese mundo de entretenimiento online donde hay servicio las 24 horas.

Dos grandes víctimas de esta tendencia son el fútbol y la iglesia católica. Los estudios sociológicos sobre los jóvenes reflejan que no tienen la paciencia (y, quizás, ni la falta de concentración) para ver un partido de fútbol que dura dos horas o más. En cualquier momento aparecerá el celular para seguir alimentándose de las redes. Y la iglesia católica está experimentando el mismo fenómeno: se está quedando sin feligreses que no ven la relación entre su discurso y su vida cotidiana, mucho menos para estar escuchando a curas durante la hora larga que dura una misa.

En Europa, la respuesta fue la fallida Superliga. Apostaba a que el Clásico una vez al mes tendrá la fuerza suficiente para mantener a los aficionados pegados a la pantalla o en el estadio. Es probable que en los próximos años veamos cómo estalla la burbuja del fútbol y los futbolistas empiecen a ganar menos dinero. ¿Cómo va a responder la iglesia católica? Está regida por ritos milenarios que difícilmente aceptará cambiar. El discurso del cielo y el infierno es cada vez más difuso ante una realidad social que lo ha desbordado. Hoy leí que en Barcelona piensan cerrar 150 parroquias.

Regreso a la lectura lenta de Alvite, a disfrutar sus impresiones de viaje sin afán alguno, a sentir la tarde pasar sin prisa. A esos paisajes que narra y que para muchos hoy son la auténtica ciencia ficción o una utopía más.

Autodefensas

1.

A veces Colombia se me parece a un rompecabezas por armar en el que las piezas conforman un caos pero en el que sabemos que cada una tiene su lugar para conformar un todo armónico. Muy a veces.

2.

No sé si será una idea original de Santo Domingo, la decía con mucha gracia: «Los medios de comunicación son como un revólver, que cuando uno lo necesita, lo saca y dispara». Una ocurrencia que hizo escuela en los principales grupos económicos del país, los cacaos: todos se armaron con su medio de comunicación. (Sigue leyendo »»)

Amaneceres

1.

Una de las consecuencias de la primera lectura de La metamorfosis, de Kafka, es el hábito de preguntarme cada mañana cómo amanecí hoy, en qué me he convertido. Explorar mis extremidades por si detecto alguna pelusilla o alguna otra textura extraña.

2.

Otra consecuencia es el sueño recurrente en el que amanezco en una habitación de hotel blanca, con mis maletas a los pies, el brillo del sol en la ventana y la actividad vital de la ciudad llamándome a salir. No sé en qué ciudad estoy, intuyo que es Marrakesh pero no estoy seguro. Este sueño ya lo he anotado varias veces en esta bitácora utópica, lo repito para dejar constancia de que es recurrente.

3.

Otro lector en el que ese cuento tuvo gran impacto fue García Márquez. Mucho ha hablado él de cómo desde esa lectura aprendió cuán esencial es el primer párrafo en una novela: «Ahí está dicho todo». Pero hay más: Kafka se constituyó así en uno de los precursores del realismo mágico: García Márquez aprendió de él que cualquier cosa es creíble siempre y cuando esté bien contada. Ese es el trato con el lector. Pero ¡ojo! que el realismo mágico existe y está muy presente en nuestras vidas, no es un ejercicio de la imaginación puesto al servicio del escritor para venderle humo al lector.

4.

La metamorfosis kafkiana es pan de cada día. Un hombre de cierta edad en el Vaticano amanece convertido en el representante de un dios en la Tierra. Un multimillonario arrogante amanece convertido en el 45º presidente de los Estados Unidos. Otro joven lampiño y canoso, aficionado a tocar la guitarra y hacer suertes con balones de fútbol, amanece metamorfoseado en presidente de Colombia. ¿Se habrán preguntado aquel día lo mismo que Gregorio Samsa, qué me ha ocurrido? ¿Habrán tenido dificultades para levantarse de la cama?

5.

Cierta mañana amanecí convertido en monje budista. No por alguna metamorfosis realista mágica sino porque me quedé dormido con el traje de monje que mi hermana me había traído de regalo desde Nepal. Era el tradicional el hábito no hace al monje, igual que la banda presidencial no hace un presidente ni la casulla de Jorge demuestra la existencia de dios. Pero sí, veo a Iván vistiéndose con su banda presidencial y tengo que recordar ese día. He de reconocer que durante el acto sí me sentí un poco monje budista y recordé la tarde en que me encontré con uno en la plaza Keim que me preguntó ¿cuándo vas a volver? Y yo apenas atiné a responderle: «No todavía».

6.

A Iván la banda le queda dos tallas muy grande. Como la palabra amistad a cierta examiga mía. Recuerdo esas mañanas de vacaciones en las que después de preguntarme cómo he amanecido, en qué me habré metamorfoseado, la única duda que me asalta es si dormiré 15 minutos más girado hacia la derecha o a la izquierda. Iván despierta hoy en medio de una pesadilla, casi ni tiempo tiene para dormir, mucho menos para comprender en qué momento lo transformaron en presidente. Samsa era viajante de comercio: si no se presenta a su trabajo, encontrarán a otro. Igual le sucederá a Iván, esa empresa para la que trabaja y parece que desconoce es un negocio muy bien montado. Alguien más vendrá.

Cuando el tamaño sí importa

Igual que a los bancos se les hacen pruebas de resistencia, la covid-19 ha puesto a prueba a las sociedades y Estados en todo el mundo, pero no con pruebas simuladas sino en tiempo real. En el caso colombiano, la plutocracia vestida de democracia ha quedado al desnudo. Uno de los pilares del Estado moderno es tener control sobre todo su territorio: en Colombia esto jamás ha sucedido, pero más grave aún, no tiene ni idea de quiénes o cuántos son los ciudadanos que la habitan. Estos principios de la ciencia política sobre qué es el Estado deberían incluir uno nuevo, amparado por los avances tecnológicos: tener censada a toda su población. Es decir, un Estado debería saber quiénes son sus ciudadanos, dónde están, dónde viven.

La tecnología está disponible y cada año abarata sus costos. ¿Pero podría hacerlo el Estado colombiano? La covid ha demostrado que no es por una cuestión de falta de recursos sino porque no le interesa. Los ministros de Hacienda y Economía sencillamente han asumido que no hay cama para tanta gente y hay que aprender a vivir con más de medio país excluido del aparato estatal. Ese medio país es una cifra aleatoria que baso en el tamaño que se estima que tiene la economía informal. En este contexto, el tamaño importa y el Estado colombiano no sale bien parado… (Sigue leyendo »»)

Memorias fantasmagóricas

Como escritor fantasma que fui, el comunicado de Lina Moreno, esposa del expresidente detenido Uribe Vélez, me trajo recuerdos del oficio. Aclaro que no descarto que la señora Moreno sea la autora del comunicado, solo que tiene recursos propios de los fantasma que me provocan esta evocación matutina en la forma de memorias fantasmagóricas. Mi primera sorpresa fue encontrarme a la Didot en el titular del comunicado:

Recuerdo ese día que vi los tipos originales en el Museo de Johannes Enschedé en Haarlem, junto con los de la Baskerville, Bodoni, Perpetua, Gill Sans entre otros (para desmayarse). La Didot viene incluida en los Mac, de donde se puede deducir que el texto se le pasó a un diseñador o que fue formateado directamente en el Mac de la señora Moreno. Aprecio también las tildes en las mayúsculas, pequeños detalles de cuidado de no querer dejar nada al azar.

También recuerdo en mi biblioteca familiar un libro que mi padre valora en particular: El diccionario de citas célebres que, según el texto a escribir, puede ser un instrumento invaluable para darle un tono de erudición al contenido o ser la floritura para abrir como epígrafe. Incontables las veces que ha usado ese libro, incluso para grabarlas en el contestador automático como primera respuesta.

La cita de Fitzgerald que sirve de epígrafe era quizás la que más apreciaba el escritor Jorge Semprún, que la asociaba con la resistencia, con la capacidad de no dejarse abatir por la realidad. Llegó a llamarla la mejor definición de dialéctica que conocía en su libro Vivir es resistir. Pero no quiero perderme en el estudio de las citas, sería caer en el divertimento del fantasma. Porque sí, da cierto placer introducir esas citas como argumento que fortalece o da autoridad y razón a lo que se dice, pues como ya lo dijo Sócrates en el Fedro: …. (Sigue leyendo »»)