El toro invisible

En La casa de Asterión, Borges nos cuenta cómo es el mundo visto a través de los ojos del minotauro, cómo es la vida cuando se está condenado a vivir en una casa con puertas abiertas, con infinitos senderos que se bifurcan pero no se sabe a dónde llevan. En su documental Tauromaquia, Jaime Alekos le resta toda la poesía del mito griego y del universo borgeano para ponernos en el lugar del toro sin decir una sola palabra.

Es cuando menos sorprendente que en las discusiones con taurófilos den por supuesto que el toro tiene una función específica, un destino claro y se niegan a ver algo más. En ese sentido el toro es invisible, no existe para nada más que no sea brindar una corrida brava.  De ahí el acierto de Alekos al mostrar las corridas con el toro como protagonista. A las etapas de la liturgia (como algunos taurófilos las llaman) las acompañan una serie de textos que explican sin pudor alguno cómo se debe (mal)tratar el toro, cómo ejercer el arte del engaño para que pique y haya función.

Como ya lo he compartido en entradas anteriores, he visto la belleza en los gestos del torero, y me impresiona aún más el rejoneo; ver los movimientos increíbles del caballo frente al toro me deja embelesado. Pero esta manifestación episódica de la belleza no puede ser excusa para continuar con ese arte. Las secuencias registradas por Alekos no dejan duda sobre la tortura a la que es sometido el toro. Asterión esperaba a su redentor, ojalá sea Alekos el del toro.

Una historieta original

Una trampa del inconsciente que me disgustaba y me hacía reír a la vez sucedía antes de operarme la miopía: apenas me quitaba los lentes de contacto caía en cuenta de que no sabía en dónde había dejado las gafas. A veces tardaba hasta media hora para encontrarlas, después de revisar toda la superficie de la casa con mis 7 dioptrías y con el inconsciente diciéndome: «Si te vuelves a poner los lentes las encontrarás más rápido».

Otra fue en un sueño largo en la que entraba en un bar subterráneo donde presentaban una película de Almodóvar. Me pareció buenísima hasta que caí en cuenta de que estaba en un sueño, que la película no era de Almodóvar sino de… mi inconsciente. Ahí me desperté pero no he podido recordar nada –salvo que me gustó mucho.

La otra noche me sucedió algo parecido. Soñaba con una historieta publicada en Het Parool en la que un hombre en la playa tomaba un libro de Kafka para leerlo durante sus vacaciones. En la segunda viñeta ya el hombre había perdido varios kilos y tenía cara de preocupado. En la tercera el libro estaba a medio camino y el hombre era un esqueleto. Me pareció una historia perfecta de un incauto que escoge un libro potente para relajarse inocentemente en la playa. En ese momento decidí despertarme y grabar en el teléfono la descripción del sueño para no olvidarlo esta vez. Lo hice y seguí durmiendo.

Cuando me levanté escuché la grabación, estaba completa. Pensé en un caricaturista que tenía el trazo perfecto para hacer la historieta realidad. Le escribí, me respondió que le enviara la historia y que haría un boceto. En menos de 10 minutos me envió una historieta terminada con esta nota: «Qué curioso, hice esta historieta con la misma idea que me envías hace tres meses».

Era la misma historieta que había visto en el sueño. Traté de hacer memoria y mi inconsciente armó una pequeña película en la que veía el momento exacto en el que había visto la historieta. La había archivado y utilizado en un sueño: la trampa fue hacerme creer que era una historieta original. «Pero la película de Almodóvar sí lo es, lástima que no la recuerdes», terminó diciéndome como para no quedar tan descubierto.

Paradojas utópicas

Estábamos un grupo de amigos en Aquitania, listos preparando una caminata por la laguna de Tota. Nos dijeron que esa noche habría fiesta en el pueblo. Se presentaba una estrella naciente, el joven Pipe Bueno. No tocó nada especial, pero sí recuerdo dos cosas en particular: la primera, que entre canción y canción alentaba al público a tomar aguardiente para mejorar el ambiente; la segunda, el guitarrista de su banda, un personaje excéntrico de quien me fascinaría hacer un documental. Alcancé incluso a visualizar el comienzo con ecos del Ulises, el hombre frente al espejo después de una noche de farra y listo para afeitarse y darle mantenimiento a sus prominentes patillas.

Anoche en Bogotá se dio una paradoja utópica increíble. Las Farc resemantizadas (ahora Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común) se presentaba como nuevo partido político, con una estrategia común y corriente: agüita para mi gente y música para mi pueblo. Yo habría ido solo por el placer de escuchar a la Aragón y de ver qué estribillos utilizarían a lo Pipe Bueno, qué arengas lanzaban para mejorar el ambiente. Pero como ya lo venía haciendo desde Tlaxcala, la nueva Farc recurrió a su discurso compuesto de retales para pedir lo que, en efecto, desearía cualquier ciudadano del común colombiano: llevar a la corrupción a sus justas proporciones (como lo pidió alguna vez Turbay Ayala), una democracia plena donde todos los colombianos tengan las mismas oportunidades, y los mínimos de vivienda, salud y educación (si no dijeron esto último fue que se les olvidó). Para esto no hay que recurrir a la violencia armada ni vivir enterrado en la selva. ¿Cómo lo piensa hacer? Esa es la gran pregunta que queda después de la resaca del concierto. (Sigue leyendo »»)

Mi bajo con tumbao

Hoy en la serie Échale salsita traemos un caso especial, un tema que a pesar de ser sazonado por un cocinero de salsa mayor como Eddie Palmieri deja la sensación de que es más sabrosa la versión original. Se trata de Mi bajo con tumbao, composición del maestro Silvio Vergara, interpretado originalmente por la Orquesta Aragón de Cuba. Cabe resaltar que el maestro Vergara es coautor de uno de los libros definitivos sobre la interpretación del bajo, El verdadero bajo cubano, coescrito con el bajista de Irakere Carlos del Puerto –y quizás ahí se encuentre el misterio del cocido.

Cuando Palmieri lo grabó, su relación con José Rodríguez y Barry Rogers ya era legendaria. En su versión de Mi bajo con tumbao la sección de metales sobresale en todo su poderío, pero creo (en mi opinión de melómano, que no de músico) que ahí está el acierto de la Aragón: la flauta de Richard Egües, que desde el principio tiene un papel protagónico, junto con su trío de voces que avasallan a los cantantes de Palmieri. En El verdadero bajo cubano, Del Puerto y Vergara cuentan cómo el son cubano tradicional va preparando la melodía para dar paso al final al montuno. Así está interpretada la versión de la Aragón, al final puede desafiar al público preguntando a quién no le gusta mi tumbao, porque lo han llevado a la cima musical después de pasar por solos sostenidos del bajo, violines que llevan in crescendo la melodía y la flauta que nos va transportando hacia el éxtasis musical. Palmieri no logra recrear este viaje, la elaboración de esa meseta. Pero esto al final es cuestión de gustos y sabores, así que disfrutemos de las dos versiones.

Empezamos con la versión de la Aragón:

y terminamos con la versión de salsa dura de Palmieri:

Eddie Palmieri – Bajo con tumbao

Pelea criminal

Empiezo repitiendo una cita célebre de Tyson:

The science of boxing is magnificent. The art is great. But when that art is projected onto another human being, the first punch that lands makes it ugly—really ugly.

En el documental con su nombre, de James Toback, Tyson elabora más esta cita, como un artista detallando los valores de su arte, en su caso, la velocidad, la potencia y la precisión. Un combate de boxeo se asemeja mucho a una partida de ajedrez y de ahí que tengan sentido los torneos de Chessboxing creados por el neerlandés Iepe Rubingh en 2003. Pero nada que ver con la pelea Mayweather vs McGregor del fin de semana pasado.

Mayweather azota a McGregor

La defensa que empleó McGregor era una invitación al knock-out técnico. Mayweather pudo lanzarlo a la lona desde el primer minuto, pero obviamente esto iría en contra del espectáculo. Fueron tantas las ocasiones que tuvo Mayweather de noquearlo que la única explicación de por qué no lo hizo fue que no quiso desvirtuar su victoria con un knock-out a lo Tyson.

El gran damnificado fue McGregor. En términos de ajedrez, fue una partida entre Magnus Carlsen y un campeón de Go. No le dio mate pastor pero se dedicó a tomar una a una sus fichas sin recelo alguno. Ya desde el sexto asalto el pobre rey de McGregor estaba groggy. Evidentemente el irlandés aguantó la tortura por su excelente condición física, pero habrá que ver a largo plazo las consecuencias de todos los golpes que recibió; probablemente no sea capaz de volver a pelear en dos años como mínimo. Como el bocazas que es, afirmó que en el round 10 tambaleó por fatiga; de fatiga por pelear como un aficionado, descargando toda su potencia sin dejar reserva alguna, para quedar totalmente atontado por los derechazos que estaba recibiendo. El juez se demoró nueve rounds en parar la pelea.

Cierro con otra cita de Tyson: «Al día siguiente de la pelea, Mayweather será arrestado por tentativa de homicidio en primer grado». Debería ser así, junto con todos esos tiburones inmorales que organizaron el combate. Fue criminal la zurra que le propinó, nada que ver con el boxeo.