La fábula de la liebre y la tortuga (revisitada)

Quién no conoce la fábula de la liebre y la tortuga de Esopo, esa historia que nos quiere enseñar que la humildad y la constancia son más importantes que la excesiva autoconfianza en el propio talento. O como la han reformulado los gurús del mindfulness: «Tu yo quiero es más importante que tu cociente intelectual». Pues hoy Didier Dechamps le ha llevado la contraria a Esopo y ganó por goleada.

Acabamos de ver una final fantástica, emocionante hasta el minuto 80, cuando ya los cien kilómetros que recorrió de más la selección croata se hicieron palpables. Pero los aficionados al fútbol les estaremos siempre agradecidos porque fueron ellos quienes pusieron el fútbol en la final. Los franceses, con una liebre llamada Mbappe, fueron más contundentes y anotaron cuatro goles en un número similar de contraataques.

Los croatas se vieron con el balón en sus pies, con la idea de construir juego y anotar, pero la verdad es que perdiendo 3-1 esa estrategia jugaba en su contra, el antifútbol en pleno: tener el balón era contraproducente. Bastaba un descuido, un pase al vacío a la liebre Mbappe, para generar peligro frente al guardameta croata. Qué triste llevar a esto al fútbol, me recuerda las últimas tres copas de campeones del Madrid, que salvo por uno que otro gol memorable, no dejaron nada de fútbol para recordar. Pero hay que reconocer el genio de Deschamps: sabía que los croatas no estaban para correr, que les gusta armar juego, y que había que jugar a la contra a destrozarlos. Y lo logró. Algo así como lo que hizo Mourinho con el Barça de Guardiola, solo que con más talento y elegancia.

Empieza la era de la liebre, ojalá venga acompañada con más juego.

Karaoke

1.

La primera vez que fui a un karaoke no sabía de qué se trataba. Nos invitó una amiga, M, que había ido un par de veces y nos decía que no podíamos perdérnoslo. Nos pasaron una especie de menú con canciones y una hoja donde anotar nuestra selección. Había varios temas de salsa dura. Pensaba que íbamos a cantar todos, o que había un cantante principal al que acompañaríamos. Escogí varios temas de Lavoe, M me dijo que le parecía buenísima mi selección, le pregunté que si podía agregar más canciones y me respondió que todas las que quisiera. En total escogí 15 canciones. «Con 15 canciones imposible que no te dejen cantar al menos una», dijo M entusiasmada. «¿Que no me dejen cantar al menos una?», pregunté desorientado. «Claro, no sabía que te gustaba cantar tanto, en especial Héctor que es tan difícil de interpretar», me comentó. Ahí intuí cómo funciona el karaoke.

Me levanté de la mesa y le dije que se me habían pasado un par de temas, que iba a ver si podía agregarlos. Fue lo mismo que le dije al maestro de ceremonias, que si me permitía agregar un par de canciones más. Me dio mi hoja y discretamente me fui a tirarla a la basura en el baño. (Sigue leyendo »»)

Brechas generacionales

En los últimos años he ido coleccionando apuntes sobre diferencias generacionales que he ido encontrando por el camino. Una que sobresale es la de dos jóvenes que escuché charlando en un avión en la que uno le comentaba al otro: «¿Sabías que el papá de Enrique también era cantante?», si bien me sentí un poco más cercano a ellos cuando se lo comenté a algunos amigos de mi edad y algunos me preguntaron: «¿Cuál Enrique?».

Ayer agregué una nueva entrada a mi colección: a una joven bogotana que no conoce la palabra castiza equivalente para stand-up comedian le pregunté que si había escuchado a humoristas como Montecristo o la Nena Jiménez, que si la memoria no me fallaba fueron los pioneros en ese campo en Colombia, mucho antes de que el espanglish se impusiera y los rebautizara como stand-up comedians. Me confesó que no sabía quiénes eran Montecristo o la Nena Jiménez.

Cuando los jóvenes en el avión afirmaban desconocer quién era Julio Iglesias, yo me remonté a mi infancia y temprana adolescencia, cuando en un acto de amor que vencía con gran dificultad a mi pudor, iba a las tiendas de música a comprarle el último álbum de Julio Iglesias a mi mamá por su cumpleaños, eso sí siempre solicitando que por favor lo empacaran de regalo que era para el cumpleaños de mi mamá. Un perverso no se aguantó las ganas y me dijo: «Igual te lo empacamos si es un regalo para ti mismo». Creo que también podré empezar mi colección de grandes sonrojadas con esta anécdota.

Como la que compartí hace poco con M, una de mis grandes tragas del colegio. Le comenté que recordaba que ella hacía siesta en clase con Diana Uribe (a Diana le parecía excelente que los estudiantes fueran libres en todo momento y que sintieran que no era una obligación aprender filosofía), a lo que ella con cierto pudor me respondió que no recordaba que siempre fuera así, que había disfrutado mucho las clases con Diana, en especial cuando analizábamos películas como Blade Runner o The Wall. Atrincherado en la defensa de mi edad actual, décadas después, le comenté que seguramente la recordaba así porque mientras ella dormía yo podía apreciar su belleza sin afán alguno, salvo que eso sí, me perdía del contraste de sus ojos verdes con su piel morena y su sonrisa blanca. Hecha esa confesión, mi trinchera etaria no sirvió de nada: me sonrojé como hacía rato no me sucedía.

Mejor de vuelta a los jóvenes del avión. Después de recordar el pudor con el que iba a comprar discos (o vinilos para mis lectores vintage) de Julio Iglesias, me quedé con un gran interrogante: «¿qué les regalan entonces a sus madres estos jóvenes millennials? ¿Enlaces a las canciones de Enrique o le harán una lista de reproducción con sus temas favoritos en Spotify?». Será mi próxima pregunta a mis amigas con hijos…

Camino cerrado

Me gradué de un colegio británico donde todos los viernes protagonizábamos una escena propia del realismo mágico: cantábamos el himno de Colombia, loas al pueblo soberano, para pasar a cantar el himno de Inglaterra y pedir que dios salve a la reina. Un poco bipolar la cosa. Cuando estalló la guerra de las Malvinas, llegué a posicionarme por Inglaterra y no por mis hermanos argentinos, absurdo. Pero hoy, en el partido de Colombia contra Inglaterra, no tenía un ápice de simpatía por el equipo inglés. Mi único temor era que no nos fueran a golear, en especial con Vardy y Kane on fire.

Inglaterra mostró gran disciplina sobre el campo, un conjunto compacto que sabe subir y bajar de manera escalonada y sincronizada, eso habla bien del trabajo del entrenador. Pero con poco talento creativo, si bien fueron los que generaron más ocasiones de gol. Colombia finalmente no logró prender el turbo y cayó en un juego de faltas innecesarias del cual abusaron sin piedad los jugadores ingleses: todos fueron Neymar en algún momento del partido. De haber seguido Colombia, habría terminado jugando con el equipo B el resto de partidos por acumulación de amarillas del A. (Sigue leyendo »»)

Misterios insondables (adenda)

Me escribe R para decirme que Yamulemao no es ninguna genialidad del Joe sino un plagio descarado del tema Diamoule Mawo del gran Laba Sosseh. «De hecho, Yamulemao es como el Aserejé colombiano, Joe tararea lo que le suena sin entenderlo».

Aquí pues el tema Diamoule Mawo, ni más ni menos que con Alfredito Valdés Jr. al piano:

Laba Sosseh – "Yamulemao" – canción original: "Diamoule Mawo"

R también me aclara que James salió por molestias musculares, aunque se le vio caminando bien hacia los vestuarios, eso sí, un pelín molesto. Una pena la eliminación de Senegal, la selección que durante varios pasajes mostró mejor fútbol que el resto de equipos en su grupo.

Entonces, para despedir a Senegal de nuevo, una charanga deliciosa dedicada a la nación africana:

orquesta afro charanga – senegal en africa