República bananera 2.0

Al ver las imágenes del Esmad en acción en Bogotá, su ataque a una marcha pacífica que clama más por medidas anticorrupción que por una reforma tributaria para que los trabajadores paguen la fiesta de los corruptos, me llegó también la imagen de esa tarde en que los trabajadores de las bananeras protestaban por motivos similares. Si son aterradores los gases lacrimógenos o las granadas aturdidoras, imaginemos el horror de masacrar toda una plaza a punta de ametralladora. Ni Tarantino se atreve con una imagen semejante.

Recuerdo cuando Marcelo Bucheli, un joven estudiante de economía que caminaba siempre con su morral sobrecargado de libros, me contó que estaba haciendo su tesis sobre la United Fruit Company y la masacre de las bananeras. Me pareció un interés anecdótico derivado de una lectura apasionada de Cien años de soledad. Nunca me puse a reflexionar en serio sobre cómo se llegó a esa masacre, qué pudo originarla. Nunca la estudiamos tampoco durante la carrera de Ciencia Política. Por ello quizás la senadora Cabal se atreve a negarla con argumentos procaces a más no poder. Por fortuna Marcelo siguió adelante con su investigación y hoy nos ayuda a descifrar la plutonomía colombiana. (Sigue leyendo »»)

¿Por qué escribir? (5)

A veces uno no escribe por simple pudor. Cuando le recomendé a R visitar a mi psicoanalista, un hombre comprensivo y muy buena gente, ella me respondió que no con una frase a la que vuelvo con alguna frecuencia: «Me aterra lo que pueda encontrar». ¿Por qué relaciono el pudor con el miedo?

Cuando conocí la ágora de Atenas sentí todo el peso de su historia, la cuna de la democracia, y justo en ese momento pasó cerca un hombre que me recordó la sombra de Diógenes de Sínope, famoso entre muchas historias por precisamente autogratificarse en ese mismo espacio.

En mi camino como lector me he encontrado con muchos libros en los cuales sus autores hacen lo mismo. Es ahí cuando creo que me entra el pudor; al leer estos libros me he preguntado si no tenían a algún amigo lector que les ayudara a mirarse en el espejo o, si por el contrario, ese mismo amigo celebraba la catarsis narcisista de su amigo, la creación propia de un espejo donde verse como es. Si no llevaban un diario donde encontrarse con ese interlocutor cruel, como llamó Canetti a la práctica de llevar el diario y el encuentro desnudo e implacable consigo mismo.

El psicoanálisis cumple una tarea similar, con el apoyo de un espectador amigo cuya tarea es ayudarnos a vernos mejor, a enfocar esos puntos de resistencia que no queremos ver, a ir a esos lugares a los que no queremos volver pero cuya negación no basta para desaparecer su efecto o influencia en el presente.

Vuelve Diógenes y su encuentro con Alejandro Magno: «¿No me temes?», le preguntó el macedonio, a lo que respondió: «Gran Alejandro, ¿te consideras un buen o un mal hombre? Exacto, si eres un buen hombre, ¿por qué habría de temerte?». Pero, como R, tenemos motivos para temernos. El espacio psicoanalítico, la página en blanco, son una ágora que invita a caminar como Diógenes y explorar los límites propios, romper con convenciones, conocerse mejor, aunque nos aterre lo que podamos encontrar. Otra cosa es quedarse en la autogratificación del ejercicio y banalizarlo como quien va a comprar el pan.

Nuevo patrón de medida

Hoy me dio un nuevo ataque utópico en la ducha. Empezó con una reflexión sobre la purga continuada en que sigue el Estado colombiano a pesar del Acuerdo de Paz (más de 200 indígenas y líderes sociales asesinados en el último año): el esfuerzo inagotable por silenciar las voces que claman justicia social.

Sentí también asco por la bellaquería del Congreso colombiano: negocian un paupérrimo salario mínimo y después a lo largo del año se sube a sí mismo sus propios beneficios. En ese extenso capítulo propio del Congreso colombiano en La historia universal de la infamia, ocupa un lugar especial Juan Manuel Corzo, expresidente del Congreso, que afirmó que con su salario de 21 millones de pesos de entonces no podía pagar la gasolina de los automóviles en los que se movilizaba. Cabe recordar que el salario mínimo en 2011 era de 535.000 pesos. Es decir, un congresista recibe lo mismo que 40 colombianos con salario mínimo (esta proporción se mantiene en el 2019).

En ese instante me atacó la utopía: el baremo para los salarios en Colombia debería ser el salario mínimo. Tomemos el caso de los Países Bajos, un país al que no se puede llamar comunista: el Primer Ministro Mark Rutte recibe €165.916 anuales. El salario mínimo anual en los Países Bajos es €19.620. Es decir, el Primer Ministro holandés recibe 8.5 salarios mínimos mensuales. ¿Qué diría entonces Corzo si se le pusiera un tope de 10 salarios mínimos a su sueldo mensual? ¿Y al presidente de la República de 12 salarios mínimos?

Estas son las proporciones que logran la distribución de la riqueza en una sociedad. Al igual que fortalecen la empatía con los compatriotas, porque parece que a veces se olvida que el gentilicio de colombiano hermana a todos. Corzo:

Es imposible sostener dos carros y tener gasolina para dos carros. Nosotros (los congresistas) ganamos menos que muchos empresarios en Colombia.

¿Pensará en los millones de colombianos que deben sobrevivir con un salario mínimo y muchas veces hasta con menos cuando negocian el salario mínimo? Si su propio salario dependiera de esa escala, ¿pensaría lo mismo? Tomar el salario mínimo como patrón para los demás salarios en el país haría mucho por la igualdad y la solidaridad en la sociedad. Escucho a lo lejos los gritos de protesta, la histeria colectiva, de todos aquellos que jamás aceptarían que sus salarios tuvieran semejante tope, porque la idea siquiera de subir el salario mínimo para que no reciban un golpe tan duro en sus economías ni siquiera se les pasa por la cabeza.

Desafortunadamente, esto es lo que con desprecio se llama utopía en Colombia, la realidad que viven muchos países prósperos e igualitarios. Terminé la ducha con cierta sensación de cien años de soledad.

Una tumba en Colombia

La pregunta era cuándo. Era sospechoso que a la firma de las Farc en el Acuerdo de Paz le aparecieran disidencias, que no eran más que el nombre en clave del Plan B en caso de que hubiera necesidad de retomar las armas. El ala política de las Farc reaccionó muy bien a la invitación de Iván Márquez a volver a levantar las armas: “¿Volverlas a levantar? Si apenas nos podemos levantar de las sillas ahora”. Así de obsoleta es ahora la lucha armada. Pero no para Iván Márquez, que ha decidido volver a la comodidad de su refugio en Venezuela y que sean los guerrilleros rasos los que hagan el ruido de los fusiles.

La JEP va al ritmo necesario para que la Farc se diluya como los otros grupos guerrilleros desmovilizados, suficiente para que a la hora de ir identificando a los responsables de los crímenes de lesa humanidad, no tenga ya la fuerza necesaria para acudir a ese nuevo llamado a las armas. Márquez y Santrich parece que prefirieron no pasar por ese proceso donde la amenaza de las demandas de Estados Unidos por narcotráfico se está haciendo sentir cada vez más fuerte. Y, según los movimientos de Santrich antes de rearmarse, acudirán al narcotráfico para financiar la nueva lucha revolucionaria.

La desmovilización de las Farc, esa gran cortina de humo, ha servido para ver de manera descarnada los crímenes de Estado que están escandalizando ahora hasta a los mismos furibistas, el alcance de la corrupción con sus innumerables carteles en el Estado, y la fragilidad de un sistema político incapaz de tener partidos políticos estables y organizados con una visión de país que le fije algún rumbo y lo saque de su triste deriva. Que Iván Márquez quiera volver a montar esa cortina de humo no puede ser más que su esfuerzo por lograr una tumba en Colombia, a la estela del más sanguinario cartel narcotraficante. Poco le importa que los primeros que la encuentren sean los jóvenes que le creen su cuento antes que él, cuando el testigo de una sociedad justa les debería ser entregado para que empiecen de cero sin cometer los errores ni cargar con los crímenes de sus antecesores revolucionarios.

En defensa de cierta aporofobia

Me levanté aporofóbico, pero no como se lo escuché decir a la profesora Adela Cortina en una de las charlas de la Fundación Social allá por los noventa: «La aporofobia se refiere al miedo y rechazo hacia la pobreza y las personas pobres, aquellas que se encuentran desamparadas y con muy pocos recursos». La culpa de mi aporofobia matutina la tiene la candidata a la Alcaldía de Bogotá, Claudia López, que ofrece en su programa 20.000 cupos de educación superior gratuita pero en el portafolio de carreras técnicas, tecnológicas y profesionales que sí están demandando los empresarios. (Sigue leyendo »»)