Una tortuga a la velocidad de la luz

Íbamos de viaje por la carretera cuando F vio una tortuga en la mitad del carril contrario. Se orilló en una bahía y se bajó a llevarla fuera de la carretera. En ese momento me atacó un instante filosófico que me hizo pensar sobre el tiempo en el psicoanálisis. Las personas están estancadas en un punto A, quieren moverse hacia un punto B, digamos que fuera de esa autovía en la que corren cierto peligro o donde pasa un camión de recuerdos y se las lleva o hace que permanezcan encerradas en su caparazón por horas, días, meses, años.

El psicoanalista es un testigo activo de esa escena: procura ayudarles a acopiar sus fuerzas para lograr el impulso que las motive a cambiar, a llegar a la otra orilla. Lo que F hizo sería mala praxis psicoanalítica: desplazó a la tortuga tres metros en menos de un segundo, lo que en su escala equivale a un cambio de su condición a la velocidad de la luz.

La terapeuta debe acompañar pacientemente a la tortuga, animarla en esos pequeños pasos al cambio. Máxime si se trata de esas que creen que nadie las conoce mejor que ellas mismas, o las que no saben ni de dónde vienen ni para dónde van, a las que quizás sería de más ayuda devolverlas a la orilla contraria de a la que creen que deben ir.

Una tortuga que sea llevada a su destino a una velocidad tan rápida podría tener una crisis de ansiedad al no haber tenido tiempo de asimilar su nueva situación, de haber pasado por sí misma el proceso de cambio. Ese camino lento simboliza también un despojo de los pasos andados y de la motivación para caminar nuevos, no se le puede privar de esa experiencia.

Justo en ese momento F tuvo que esperar a que pasara un camión enorme de 24 ruedas con doble remolque. “¡Justo a tiempo!”, exclamó orgullosa cuando se subió al auto. Encendió el motor, retomamos la ruta y quedó atrás el instante filosófico. 

Giannis, el barbero samurái

Recién he descubierto un nuevo pequeño placer. Me dejo de afeitar durante una semana para ver cómo crece mi barba blanca hasta que me empieza a picar en el cuello. El pequeño placer es ir a la barbería de los marroquíes para que me afeiten.

Varios de ellos hablan español. La última vez me atendió Rachid. A la silla para cortar el pelo le cambia el cabezal, la inclina un poco y quedo en posición casi horizontal para facilitar la afeitada. Primero me pone unas compresas de agua tibia para dilatar los folículos, acompañadas por suaves masajes a presión. Luego toma la brocha y prepara la espuma en una pequeña taza. Empieza a esparcirla sobre mi barba incipiente hasta dejarla totalmente homogénea. Toma su navaja barbera y siento cómo el corte llega a la raíz de la piel. Cuando desliza la navaja por la traquea no puedo dejar de pensar que bastaría un leve corte de Rachid para desangrarme por la yugular. Es un toque de emoción añadido al rito.

Una vez terminado pasa a limpiar los restos de espuma con las compresas que usó al principio y luego las remplaza por otras con agua fría para cerrar los poros de la piel. Me aplica un aftershave y quedo muy contento con la sensación del resultado. Todo este placentero ritual por la módica suma de 5 euros. (Sigue leyendo »»)

In Da Zone (2)

Veía el final de algunas etapas de la Vuelta a Francia y, a pesar del desgaste, algunos corredores sonreían. Identifiqué ese gran placer de estar In Da Zone, saber que se compite al más alto nivel y tener conciencia de que es un momento único. Mi inconsciente me trajo una escena de adolescencia: jugaba basket contra otro equipo, robé el balón dos veces, salí corriendo hacia el aro contrario y fallé al encestar en ambas ocasiones.

Por algún pasado japonés esa noche pensé que no era digno de la camiseta de mi equipo. Esperé a que estuviera limpia para devolvérsela a mi entrenador. Tal fue mi culpa por haber fallado esas dos canastas. Lo encontré en el salón de deportes, le dije que estaba avergonzado por esos errores y que devolvía la camiseta.

Él la aceptó. Pasó un año antes de que me volviera a llamar a jugar con el equipo.

Ahí me atacó el instante filosófico: un buen entrenador habría dicho que esos errores no tenían importancia, que lo que valía era haber estado lo suficientemente alerta para robar esos balones y haber corrido como loco para buscar esos puntos para el equipo. Dicho esto sentí una liberación y pena a la vez por la oportunidad perdida para mi entrenador.

Con esa catarsis me dejó el instante filosófico y me fui a jugar frisbee al parque.

In Da Zone (1)

Ayer Holanda necesitaba ganarle a China para eliminar a Brasil y entrar en las semifinales. El partido iba 2-2 con el tercer set 11-14 a favor de Holanda: 4 puntos de partido. La gigante Zhu Ting hizo una exhibición memorable y sentenció el partido 18-16 a favor de China. En ese momento me atacó un instante filosófico: pensé “seguramente alguien creerá que Brasil estaba predestinado a entrar en las semifinales”. ¿Pero cómo es esto posible con 6 puntos de partido para Holanda? ¿Puede alguien creer que hay un dios que organiza estos resultados, que algún poderoso brujo en la selva amazónica brasilera logró que Holanda perdiera?

No es posible.

Solo nos queda hacer nuestro mejor esfuerzo, darlo todo para entrar In Da Zone, abrazar la incertidumbre y rezar por no encontrarse a Egonu en el partido final. Como en la vida misma. En ese momento pasó un mosquito predestinado a morir entre mis manos y con él se desintegró el instante filosófico.