Agente naranja

La pregunta qué hacer con Venezuela llevaba 20 años sin respuesta y se hizo más acuciante después del robo de las elecciones por parte de Maduro. El sábado pasado Trump decidió responderla a su manera secuestrando a Maduro en una acción que dejó al menos 80 personas muertas. Lo que nadie esperaba es que amaneciéramos con una nueva pregunta más grave aún: ¿qué hacer con Trump?

Swift decía que Los viajes de Gulliver era una sátira para adultos que injustamente terminó siendo un libro de aventuras para niños. Hoy, cuando la flota estadounidense estacionada frente a las costas del Caribe venezolano nos recuerda a David y Goliat, es hora de que empecemos a imaginar alternativas de cómo los liliputienses sujetaron a Gulliver, cómo la unión global de los Davids puede tratar de hacerle frente a Goliat.

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Lluvia o Agua que cae del cielo

A pesar de que la serie Échale salsita es en esencia un homenaje a la música cubana tuve hace poco un debate con un amigo cubano que insistía en que la salsa no existe, que es puro son cubano. Bueno, aquí le comparto otro ejercicio de cómo se le echa salsita a un son con el superclásico Agua que cae del cielo de Son 14, en la voz del gran Tiburón Morales:

El gran Willie Rosario le pidió al maestro Adalberto Álvarez, compositor del tema, un arreglo para su banda. El maestro Álvarez le echó bastante salsita y este es el resultado, Lluvia:

Entonces, sí, la salsa le debe casi todo al son, pero es otra cosa, tiene sus propios ingredientes y sonoridad. Qué duda queda de que un maestro cubano puede hacer son cubano y gran salsa. Difícil escoger entre ambas versiones.

Juguetes

Hoy he recordado algunos juguetes de infancia:

1. Helicóptero

Vi un comercial de un niño jugando con un helicóptero que volaba en su habitación. Se lo pedí al Niño Dios. Cada día le preguntaba a mi mamá que si llegaría, ella me respondía con una sonrisa que sí. Finalmente llegó la gran noche, casi no pude dormir. Empecé a abrir regalos a la búsqueda del helicóptero, hasta que lo encontré. No era el que aparecía en la tele. Empecé a berrear de manera descontrolada. Mi papá intentó ponerlo a funcionar con la esperanza de que el cambio de luces y los sonidos que producía compensaran que no volaba. No cesaba de berrear, «¡ese no es, no es!». Un pobre tío que veía la escena salió de mi cuarto con cara de lamento y dándole una palmada a mi papá.

Tardé muchos años en entender por qué lo consolaba a él y no a mí. Cuando finalmente lo comprendí sentí vergüenza aunque no me torturé por mucho tiempo: era un niño desilusionado que no sabía manejar su frustración, incapaz de ver el esfuerzo que representaba para sus padres dar ese helicóptero de regalo. Fue una oportunidad perdida para aprender la gratitud en ese momento. Con el tiempo le cogí cariño al helicóptero y me encargué de hacerlo volar.

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Un regalo de infancia amargo y dulce

Mientras desempolvo esta humilde Bitácora Utópica del descuido y el olvido pienso con cierta indignación cómo tanta gente sigue teniéndole aversión a la palabra utopía; la siguen percibiendo como una fantasía rosa producida por Disney. Me indigna más ahora que estamos viendo cómo la utopía de Netanyahu y sus radicales ultraortodoxos de extrema derecha se está haciendo realidad: una Israel sin palestinos, qué cuentos de dos Estados. Por no hablar de ese batiburrillo de Trump que no clasifica ni a fantasía infantil. Pero para aquellos que siguen viendo la utopía como una fantasía rosa inalcanzable ahí tienen un genocidio para pulverizar esa idea. El lado oscuro, tenebroso, de las utopías. Por eso es tan importante saber escogerlas.

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