Esta mañana mi inconsciente me sorprendió en la ducha con dos videoselfies de mi adolescencia jugando basket. El primero fue de un partido contra el Helvetia. Nos estaban ganando por paliza, el final del partido estaba cerca y entró el jugador más pequeño a disfrutar de los pocos minutos que quedaban. Hicieron una buena jugada y quedó solo para hacer el doble salto. Para mí hubiera sido muy fácil bloquearlo pero decidí no hacerlo: pensé que dos puntos más en contra no eran nada y en cambio serían algo significativo para este jugador. Encestó y su felicidad fue mayúscula, celebró como Iniesta anotando el gol en la final del mundial contra Holanda.
Alguien pudo verlo como la humillación final, que hasta el más pequeño del Helvetia hubiera encestado, pero para mí habría sido peor bloquearlo y privarlo de ese pequeño instante de gloria.
El segundo videoselfie no me fue tan favorable. Me recordó un partido contra el Nuevo Reino de Granada. Mi amigo Mauricio Forero, el mejor jugador del NRG y uno de los mejores de la Uncoli nos robó un pase y salió corriendo a encestar. Cuando iba a terminar su salto doble no salté a bloquearlo sino que lo empujé para que no encestara. Todavía hoy no entiendo por qué reaccioné así. Por fortuna el empujón no fue tan bárbaro y él no se lesionó. Lo primero que hice fue disculparme con él. Me miró disgustado, pero igual me estrechó la mano. Los jueces me pidieron que me quedara quieto mientras se calmaban los demás jugadores en el otro lado del campo. Algunos querían venir a golpearme. Nunca, ni antes ni después, había hecho una falta antideportiva. Todavía me molesta recordarlo. O sí: me doy cuenta de que he empujado varias veces con mis palabras a gente que me molesta.
Los mensajes de los videoselfies son entonces claros.
Para decirlo en la clave del Joe, poco sabían esos negreros españoles, belgas, ingleses, holandeses, alemanes y franceses lo que traían sus esclavos africanos al nuevo continente. Mientras dilataban lo más que podían el debate sobre si tenían alma o no para tratarlos como cristianos o animales, la cultura africana se iba diseminando por toda América. En las discusiones racistas extemporáneas mucho se escucha decir que los españoles nos legaron la lengua, a lo que Carlos Fuentes respondía que la hemos devuelto enriquecida, con tantos o más premios Nobel de literatura. Pero a la par hay que situar las raíces africanas que fueron parte del gran mestizaje y son un componente esencial de la identidad latinoamericana. Sin los inmigrantes africanos no tendríamos, por ejemplo, la riqueza musical que distingue a América (Jazz, tango, cumbia, son, danzón y mil ritmos más) ni esa sal particular que le da el guaguancó a las culturas donde es más fuerte la presencia afro.