Utopian Sniper (4). El héroe griego en la mira

Esta es una semana dolorosa para los cronistas utópicos. La Unión Europea, quizás el proyecto utópico más importante de los últimos 60 años, está a punto de ver cómo sale uno de sus miembros sin mayores expresiones de solidaridad de los otros Estados. Si Grecia sale, la Unión Monetaria Europea no corre ningún peligro, es la frase con la que Angela Merkel trata de tranquilizar a los mercados. Es lo que importa, que la unión monetaria no se resienta. Qué suceda con los 11 millones de griegos… fue su destino, cavaron su propia tumba, cometieron harakiri, según sentenció el francotirador neoliberal Vargas Llosa. De la utopía de una Unión solidaria entre sus pueblos es poco lo que queda después de la debacle en tiempo real griega.

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¡D10S!

Hace un mes me lamentaba de que el big data iba a hacer imposible que Leo Messi cobrara un penalty a lo Panenka. La semana pasada Messi demostró, una vez más, que para él no hay imposibles. De todas las ejecuciones que Antonin Panenka ha visto de su cobro original, certificó la de Messi como la mejor que ha visto hasta ahora. Esta entrada debí publicarla la semana pasada pues el tiempo gira más rápido en el universo Messi. Lo que hizo ayer volvió a llevarnos al éxtasis a los aficionados al fútbol.

Rebobinemos: marzo de 2009. Pregunta: Y bueno, ¿qué pasaría si Guardiola se enfrentara a este Barcelona dirigiendo al Bayern Munich, por ejemplo? Un experimento tan improbable para entonces como preguntarse que qué pasaría si Xabi Alonso jugara en el Bayern y Toni Kroos en el Real Madrid. De regreso al presente: anoche se libraba el auténtico combate del siglo. Guardiola se enfrentaba a su propio invento, al equipo que lo ha hecho uno de los mejores entrenadores del mundo, su casa durante más de 30 años. Es muy probable que Guardiola sea el único entrenador que es socio del club al que enfrentaba. Había más duelos: el tridente Messi, Suárez y Neymar contra el mejor portero del mundo; Xabi Alonso de nuevo contra el Barça; los hermanos Alcántara uno frente al otro; Guardiola frente a Messi, o a quién se le deben los triunfos del mejor Barça de toda la historia.

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Underwood (o nuevos síntomas del síndrome de don Quijote)

Fui a la reunión del Club del Shock. No pude participar mucho, salvo por mis preguntas de ignorante en el tema. M. mencionó que sí, que va a haber una cuarta temporada de House of Cards. Todos exclamaron: "Oh, no". Yo guardé silencio, pues no he visto ningún capítulo de la serie. Pregunté que por qué era una mala noticia. M. empezó a explicarme:

—Es un nuevo caso del síndrome de Don Quijote. ¿Recuerdas que contabas cómo se habían multiplicado en los bares y los cafés los grupos de cuatro mujeres? Bueno, ahora viene una nueva ola que es peor: Frank Underwood.

—¿Qué lo hace el antihéroe? —pregunté de nuevo.

—Es una pesadilla. En mi trabajo no tengo uno sino CUATRO nuevos Frank Underwood y TRES Claire Underwood, la esposa de Frank. Digamos que si Don Quijote salía al mundo a vivir las aventuras de un hidalgo, la misión de los Underwood es dominar el mundo para satisfacer su agenda sin importarles a quién se lleven en el camino.

—Sonaban un pelín más divertidas las de Sex & the City.

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El trauma de Lubitz (y la catarsis)

Florece el humor negro con los viajes en avión de Semana Santa: “Nos vemos allá, si el piloto no decide hacer un Lubitz”. Estaba sentado en la segunda fila del avión y me dediqué a observar qué hacían las personas apenas se subían al avión. Casi todas miraron a la cabina de vuelo. ¿Buscaban a los pilotos? ¿Contemplaban el espacio desde donde se podría jugar sus vidas? Estaba tan cansado que dormí todo el viaje y no pude fijarme cómo sería la dinámica de la tripulación cuando alguno de los capitanes quisiera ir al baño.

C. me escribe que llegó bien a Brasil luego de ver una película no muy relajante para el vuelo: Gravity. Le dije que menos mal no pasaron Relatos salvajes, una película que evidentemente jamás será presentada en un avión, mucho menos después de Lubitz. Ya muchos han señalado que quizás la película inspiró a Lubitz. Una injusticia, porque precisamente la película lo que hace es brindar una catarsis para todos los que tienen tantos resentimientos acumulados y han fantaseado con estrellar un avión con todas las personas que les han hecho daño. No fue el caso de Lubitz, que acabó con la vida de 149 personas de las que no sabía ni le habían hecho nada.

Pensé que nunca iría a escribir sobre Lubitz. Me dejó seco, sin palabras. Luego de tomar el vuelo me di cuenta de que estaba empezando a nacer una especie de trauma de Lubitz. La gente que le tenía miedo a volar, ahora le tendrá pánico. Soy de los que puede leer mientras el avión está despegando. Esta vez sentí desasosiego. Un amigo con miedo a volar me decía que el problema es que un avión es una bomba volando, “se llega a despresurizar y se acaba todo”. Ni me atrevo a preguntarle qué siente ahora.

Después descubrí un miedo más profundo a que el piloto fuera un kamikaze. Me encontré con el temor de insensibilizarse al punto de irse contra una montaña sin importar la vida de los demás, completamente ciego o incapaz de ver una mínima luz al final del túnel. Me da pánico esa respiración serena antes de semejante impacto. ¿Cómo se hace la catarsis de eso?