El mejor acuerdo posible (7). Un nuevo enfoque

Para sorpresa mundial ganó el No el plebiscito. Los votantes del Sí se preguntan con qué clase de gente están conviviendo en el país. Como se anotaba en la entrega anterior, la falta de discusión del Acuerdo con la sociedad llevaría a que el No tendría un millón de interpretaciones. Como votante del No y consumado antifuribista comparto mis razones para haber votado No:

1. La votación bajo la amenaza de guerra:

El gobierno de Santos escogió la carta del fin de la guerra con las Farc como el punto fuerte del Acuerdo, so pena de continuar de manera indefinida el conflicto interno. Pero en el fondo esta presentación equivalía a una extorsión velada: firman sí o seguimos la guerra, como hacen las mafias para justificar el cobro de seguridad. El hecho de que las partes puedan decretar el cese del fuego y dialogar demuestra que existen otros caminos para continuar con el enfrentamiento que no sea la vía armada. Ahora bien, tratándose de las Farc, que se levantaron del Caguán con la convicción de que se tomarían el poder por las armas, es comprensible que el país pudiera creer que esta era la disyuntiva. Retomar el camino de las armas para la guerrilla equilvadría en este momento a asumir su condición de fuerza extorsionista más que guerrillera pues su método es negociar bajo la amenaza de la destrucción de la guerra. Aún así habló la voz del pueblo y les dijo No. (Sigue leyendo »»)

¿Por qué escribir? (3)

Una de tantas respuestas de Rilke, tomada del prefacio de sus Relatos de Praga, escrita en Schmargendorf, febrero de 1899:

Este libro es todo pasado. La tierra natal y la infancia –ambas ya muy lejanas– son su trasfondo. Hoy no lo habría escrito así, y por tanto probablemente nunca lo habría escrito. Pero en aquel tiempo en que lo escribí me fue necesario. Hizo que me fuera querido lo que tenía ya medio olvidado y me lo regaló; porque del pasado solo poseemos aquello que amamos. Y queremos poseer todo lo que hemos vivido.

Contestador automático (2).

Esas cosas de la sincronicidad. Me escribe Isa (mi madre) a contarme que ella sí se ha dado cuenta de cuando le hago la broma del contestador, solo que acepta el juego porque entiende que estoy ocupado: «Boba no soy». Me cuenta también que llamó al número de teléfono que teníamos antes y me dice que ya no existe más.

Le cuento que cuando me cambié de casa en Bogotá llamé por error al teléfono del apartamento anterior para escuchar el contestador y me llevé un susto tremendo cuando me contestó un hombre con la misma voz mía diciendo que era Daniel Ramos. Le colgué y no volví a marcar ese número jamás, qué susto me dio: «¿No te dio miedo que te sucediera lo mismo?». Respondió perpleja: «No se me ocurrió». «Del susto que te salvaste», le dije. Le pregunté qué era de la vida de la familia cutting edge y me dijo que justo hacía poco había visto por televisión al hijo haciendo cola para comprar el nuevo Iphone 7 en Washington. «¿Sí era él? A mí también me pareció verlo y creo que fue por eso que recordé la historia del contestador», le comenté. A veces parece innegable que efectivamente todo está dicho en la infancia.

Contestador automático

Hace muchos años, por allá en una galaxia lejana, cuando la automatización apenas despuntaba en el siglo XX, una familia de amigos de la casa (una madre divorciada y su hijo menor), muy aficionados a vivir en el cutting edge de la tecnología, trajeron de un viaje por los EUA un contestador automático, de los primeros que llegaban al país (ya les conté, estoy hablando de una galaxia lejana).

Cuando llamamos a preguntarles cómo les había ido de viaje, nos encontramos con la novedad del contestador. Primero llamó mi mamá, que nos compartió la noticia, luego mi hermana y yo para escuchar el aparato. Le dije a mi hermana que podríamos simular un contestador automático para divertirnos un rato. Creamos el mensaje y nos sentamos a esperar la primera llamada.

Ring, ring. Oh sorpresa, era la madre cutting edge que acabábamos de llamar. Con la mayor seriedad posible recité el mensaje: “Este es el 2 48 78 60. En el momento no nos encontramos disponibles. Por favor deje su mensaje después del tono. Biiiiiiip”. Ante la cara de incredulidad de mi mamá y hermana, la amiga dejaba su mensaje: “Hola, éramos nosotros devolviéndoles la llamada. Pensábamos que éramos de los primeros con contestador en Colombia, pero parece que ustedes se nos adelantaron. Felicitaciones, llámennos apenas puedan”. Colgó y no parábamos de reírnos. Mi mamá en ese momento era una niña juguetona más con nosotros. (Sigue leyendo »»)

Puntos de tensión y el buen cine

Vi la carrera de Mariana Pajón hacia la medalla de oro en un canal con un locutor estadounidense. Para crear más tensión aún antes de la competencia decía que la gran pregunta era si iba a saltar o no. A mí me distrajo esa pregunta: ¿a qué carajos se refiere este man? No entendí el problema que planteaba. La estrategia de Mariana había sido consistente en toda la eliminatoria: ser la primera para evitar riesgos de accidente. Ahí están los gringos pintados con la búsqueda de sus puntos de tensión, pensé.

Cuando vi Sully el fin de semana me pareció encontrarme con este locutor de nuevo pero en la voz de Clint Eastwood. El punto de tensión que creó para contar la historia fue: ¿Sully fue héroe o villano? Una fórmula exitosa que le quedó de sus películas de Harry, el Sucio. Y como malo de la película escogió al National Transportation Safety Board (NTSB), una de las instituciones más prestigiosas y con mayor credibilidad del mundo: es la encargada de analizar los accidentes aéreos para aclararlos y, sobre todo, para crear recomendaciones de seguridad que prevendrán accidentes futuros. La película no lo menciona, pero del accidente del vuelo 1549 se pronunciaron 35 nuevas recomendaciones de seguridad que tuvieron acogida global. Stephen Cass presenta un caso muy bueno al respecto.

Aunque la película está bien producida me pareció que, por la búsqueda de esos puntos de tensión y del villano o mal necesario para crearla, se perdió la oportunidad de contar una historia increíble, tal y como hizo William Langewiesche en su reportaje Anatomía de un milagro para Vanity Fair. Este reportaje es muy superior a la película, cuyo único punto de tensión es la lucha por mantener vivos a los 155 pasajeros en contra de todas las dificultades en un lapso de tres minutos, resaltando además todos los avances en la aviación (incluyendo el diseño del Airbus) que hicieron posible el amarizaje en el Hudson.

Ni siquiera Woody Allen escapa a la repetición de la fórmula del éxito. Si para Hollywood es la creación de buenos y malos y los puntos de tensión entre ellos, para Allen está en la recreación de sí mismo, ya sea como Joaquin Phoenix en Irrational Man, Ed Begley en Whatever Works, Scarlett Johansson en Vicky Cristina Barcelona, Jesse Eisenberg en To Rome with Love o Cafe Society. Porque sí, lectores utópicos, Cafe Society es una nueva decepción: Allen empieza criticando la imposición de la fórmula del éxito según los productores de Hollywood a sus guionistas, mientras que él termina recayendo en la típica historia de infidelidades woodyallenesca que fuerza a sus personajes a terminar viviendo como Madame Bovary. Iba tan bien la película. (Sigue leyendo »»)