Un músico cubano, bajista, en una charla después de un concierto espléndido de jazz en Amsterdam, hablaba de los riesgos de vivir en Cuba. No, no se trataba de un sentido discurso anticastrista. Se refería a los riesgos de vivir en una isla sin acceso a lo que sucede en el mundo exterior. Le conté la historia de un amigo que había nacido en Isla Margarita y creía que todo provenía de allá, casi que hasta la cocacola. «Exacto, toma tiempo abrirse al mundo y es más difícil aún dimensionar que es más amplio del que uno conocía», comentó con una sonrisa el bajista: «Yo sigo en esas» concluyó él y podemos repetirlo en coro sin problema.
Los cuatro años de la Comisión Negociadora del Acuerdo en Cuba parece que fueron suficientes para desarrollar el que podemos llamar Síndrome de La Habana, la creencia de que lo pactado entre las partes en la mesa de negociación es a lo que los colombianos deben decir sí o no. La consecuencia es que ha creado un Acuerdo cerrado al mundo exterior –léase: cerrado a los colombianos, inmodificable según Humberto De La Calle– y expuesto a la cruda realidad política colombiana.
En una entrada anterior se esbozaron los posibles escenarios ante el No, pero ¿cómo interpretar ese No? ¿Es un no a las Farc, al bloque de constitucionalidad al que se opone Pastrana, a la impunidad a la que se opone Uribe, a la falta de discusión en la sociedad, a su inviabilidad o poca factibilidad, al desconocimiento de saber en concreto cuánto va a costar el posconflicto y cómo va a ser pagado, no a Santos o De la Calle, no a la solución negociada, no a la amenaza comunista, no al castrochavismo, no porque no? Es muy difícil saberlo porque no se ha abierto el espacio para discutirlo. En suma, en caso de que gane el No será muy complicado saber cuál alternativa habrá que seguir y habrá interpretaciones para repartir a millón. (Sigue leyendo »»)

