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En la escuela de mi sobrinita hay una profesora asistente con síndrome de Down, Thérèse. Es supremamente dulce y cordial. La otra tarde que fui a recoger a mi sobrinita le dije que fuéramos a despedirnos de Thérèse. Nuestro saludo la distrajo y se le cayó la caja con los juguetes que estaba guardando. Mi sobrinita puso los brazos en jarro y empezó a burlarse de ella: “Oh oh, qué mal Thérèse, no es una buena idea tirar los juguetes al piso”. Mi reacción fue decirle que le ayudáramos de inmediato a recogerlos. Para mi sorpresa Thérèse seguía sin perder la sonrisa. Una vez terminamos nos dio las gracias muy emocionada.
En la calle le comenté a mi sobrinita: “qué gusto haber ayudado a Thérèse, ¿no te parece? Mejor que ese gesto poco amable de burlarse de ella”. Mi sobrinita está en la fase en que disfruta del narcisismo de sentirse perfecta, que todo lo hace bien, entonces una crítica como esta le produce una pequeña herida. Respiró profundo y exhaló de inmediato, con cara de preocupación y tristeza: “Discúlpame pero no sabía que tenía que ayudarla”.
En la fila del supermercado, al hermano de mi cuñado le sucedió lo siguiente: un niño de 5 o 6 años estaba empujando el carrito de la compra contra su trasero. Él se volteó y le celebró despreocupado la gracia. El niño siguió insistiendo hasta que tuvo que pedirle a la mamá que por favor lo detuviera. La respuesta de ella lo dejó desconcertado: “No, lo siento, lo estoy educando para que exprese todo lo que siente de la mejor manera que encuentre para ello”. El niño atacó con más fuerza y el hermano tomó una caja de leche, la abrió y bañó al niño de blanco. “¿Pero qué hace?”, le gritó la mamá. “Lo siento, a mí me educaron de la misma manera”. (Sigue leyendo »»)