Encuentros con los vampiros (2). Miedos atávicos

Tuve una novia que me doblaba la edad. A pesar de estar muy feliz con ella me encontré sin esperarlo con el rechazo de muchas personas (amigos y familiares). Escuché también cualquier cantidad de chistes malos. Recuerdo incluso a un personaje que en un canal de Amsterdam, mientras veíamos a jóvenes pasar con sus faldas vaporosas en bicicleta, me decía que no había placer en la Tierra equiparable a acariciar el cuerpo de una mujer joven, de tetas paradas y culo firme. Era un hombre casado con una mujer espectacular y con dos hijas que entraban en la adolescencia. No comprendía que yo, a mis 29 años, renunciara a ese placer supremo por estar con una mujer mayor.

Me hizo reír. Hablaba de las tetas paradas y el culo firme como quien paladea el pernil de pollo asado de La Chispita, que a mí también me gusta, mucho. No llegó al límite de preguntarme por qué prefería una gallina vieja, como dicen también los cubanos. Para mí también era claro que no había punto en contarle que había escogido a mi pareja por ser la mujer que era, no por su edad.

Viajé mucho con ella y en todos los lugares donde nos encontramos con personas siempre había alguien que levantaba la ceja. En Barcelona, en uno de mis restaurantes preferidos, ya siendo amigos una señora nos observaba como una experta microbióloga ante la mutación del ébola. La miraba a ella, me miraba a mí, luego a ella, luego a mí. Me dio risa la impertinencia de la señora pero mi amiga se sintió incómoda. Peor aún, se sintió vieja. Me preguntó que si no me avergonzaba que me vieran con una mujer vieja. Apenas pude responderle que el día que esta experta microbióloga me regalara algo de lo que había vivido con ella, quizás ese día le pondría atención. Hasta entonces no era más que otra persona impertinente cuya opinión no tenía mayor valor para mí.

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Whiplash. La emoción y el duende.

Recuerdo mi temblor cuando asistí a un concierto de jazz del cuarteto de la pianista Leila Cobo en el Arias Pérez y sus músicos empezaron a sacar partituras. “Oh oh —exclamamos con mi pareja entonces—: ¿Jazz con partituras? ¿Adónde hemos llegado?”. Fue lo más memorable del concierto: las partituras. Whiplash me recordó ese concierto. También el de Pieter Wispelwey interpretando las Seis suites para cello de Bach sin partituras. Un amigo violonchelista que siguió el concierto por radio con partituras a la mano me dijo que apenas se había equivocado en 2 notas. En dos palabras: im presionante.

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Utopian Sniper (2)

Me había pasado un poco el desasosiego con la historia de Chris Kyle y su habilidad para matar bárbaros hasta que leí la columna de Mario Vargas Llosa en El País el domingo pasado, El harakiri, una nueva oda del nobel peruano al neoliberalismo. Descubrí un macabro paralelismo entre Kyle y Vargas Llosa; el primero ejecutando bárbaros, el segundo, todo lo que no sea neoliberal. Podríamos decir que ambos trabajan para el mismo amo.

Kyle no se cuestiona sobre sus víctimas, Vargas Llosa tampoco. Apuntó su teleobjetivo contra Syriza en Grecia para dar de baja a un partido de izquierda, sin cuestionar que los griegos lo votaron después de 5 años de medicina neoliberal, de obediencia puntillosa a la Troika, que apenas han servido para que Grecia sobreviva, no para que crezca. Pero desde que Vargas Llosa es un francotirador del neoliberalismo, estos matices no cuentan para nada.

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Utopian Sniper (1)

Tres veces intentaron reclutarme las fuerzas del orden. La primera fue antes de graduarme como bachiller, cuando me salvé del servicio militar obligatorio gracias a que de los 11 que presentamos excusa médica, 10 habían pagado por la libreta militar; yo fui la ñapa.

La segunda vez fue cuando fui a una entrevista de trabajo en el extinto DAS.

La tercera fue en Holanda. La empresa para la que trabajaba entonces organizó una salida con los empleados a uno de los centros de instrucción de la policía neerlandesa. Todo muy sofisticado, como era de esperarse. La primera demostración fue en el simulador de casos delictivos. Una sala con un proyector enorme y dos grupos de sillas con capacidad para 50 personas. El instructor que nos asignaron nos explicó la dinámica del ejercicio: en la pantalla se proyectarían situaciones delictivas (hurtos, asaltos a mano armada, etc.); los participantes seleccionados tendrían un arma que dispara un rayo láser para interactuar con la escena.

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Enigmas

1.

Después de que se aprende a hacer el pesto en casa es imposible volver a comprarlo enlatado en un supermercado. La excepción es el que compro en una trattoria cerca de casa donde lo preparan exquisito. Me divierte jugar a tratar de desencriptar la receta del chef. Lo que más me llama la atención de su receta es que siempre sabe igual. Después de volverme cliente fiel en algunos restaurantes puedo detectar si cambian el chef. Noto esto sobre todo en los de comida colombiana. Hay una cadena de restaurantes italianos que me gusta mucho y nunca la misma pasta o pizza saben igual. Incluso varía el sabor según el día. Seguramente la trattoria sigue la receta al pie de la letra, siempre con los mismos ingredientes.

Me he aferrado a una receta particular, pero la práctica imposibilidad de comprar la misma albahaca o queso parmesano hacen que –contrario a la trattoria— el pesto que preparo siempre sabe diferente. A veces, muy a veces, creo que he logrado desencriptar la receta de la trattoria; sé que la clave final está en los ingredientes. Me pregunto sobre la logística de las grandes multinacionales de alimentos para lograr que sus productos conserven siempre el mismo sabor.

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