Giannis, el barbero samurái

Recién he descubierto un nuevo pequeño placer. Me dejo de afeitar durante una semana para ver cómo crece mi barba blanca hasta que me empieza a picar en el cuello. El pequeño placer es ir a la barbería de los marroquíes para que me afeiten.

Varios de ellos hablan español. La última vez me atendió Rachid. A la silla para cortar el pelo le cambia el cabezal, la inclina un poco y quedo en posición casi horizontal para facilitar la afeitada. Primero me pone unas compresas de agua tibia para dilatar los folículos, acompañadas por suaves masajes a presión. Luego toma la brocha y prepara la espuma en una pequeña taza. Empieza a esparcirla sobre mi barba incipiente hasta dejarla totalmente homogénea. Toma su navaja barbera y siento cómo el corte llega a la raíz de la piel. Cuando desliza la navaja por la traquea no puedo dejar de pensar que bastaría un leve corte de Rachid para desangrarme por la yugular. Es un toque de emoción añadido al rito.

Una vez terminado pasa a limpiar los restos de espuma con las compresas que usó al principio y luego las remplaza por otras con agua fría para cerrar los poros de la piel. Me aplica un aftershave y quedo muy contento con la sensación del resultado. Todo este placentero ritual por la módica suma de 5 euros. (Sigue leyendo »»)

Encuentros con Amedeo

De camino al apartamento que alquilamos en París con F., pasamos frente a la que había sido la segunda mejor panadería de toda Francia en 2014. «Mañana vengo aquí a comprar el pan para el desayuno», le dije. Era una caminata de apenas 10 minutos. Ahí estaba a la mañana siguiente: el olor del pan fresco era una delicia, estaba frente a un festín sin duda. Compré tres croissants y una baguette. Al salir me encontré con un hombre joven, alrededor de 28 años, vestido como si estuviera a principios del siglo XX, justo después de la Primera Guerra. Eran apenas las nueve de la mañana y él parecía que ya estaba bebido o iba camino a su casa después de una larga fiesta. Sacó de su maletín un pequeño cuadro para vendérmelo por 20 euros, «una ganga». Era una reproducción del Retrato de una joven con sombrero, de Modigliani.

Entendí que estaba jugando a representar al joven pintor y le comenté en esa línea: «Jeanne es una musa maravillosa, gran cuadro». «¡Ah, veo que me reconoció! ¿Nos conocemos de algún bar en el barrio?». El apartamento estaba en el corazón de Montmartre y apenas podía imaginarme cómo serían estos encuentros de frecuentes en ese tiempo. Le respondí que estaba de paso, que no había tenido la fortuna de conocerlo y que mi Jeanne me estaba esperando para desayunar. «A mí ella, la original, y nuestra recién nacida Jeanne, una bebé preciosa, ¿le gustaría conocerlas?». Le respondí que quizás en otra ocasión. Él miró mi bolsa con los croissants y me dijo: «Me ha caído usted bien: le cambio este cuadro por los croissants». Prácticamente me estaba regalando el cuadro, así fuera una fotocopia. Acepté por el simple placer de llegar con el pan fresco acompañado por un Modigliani y decirle a F.: «Recién se lo acabo de comprar a él en persona». (Sigue leyendo »»)

Deudas herméticas

1.

Llegué al I Ching por una referencia que encontré en un libro de Jung. Luego, para mi sorpresa, la edición que conseguí, la de Richard Wilhelm, traía un prólogo del psicoanalista suizo que me impresionó mucho. Básicamente Jung dialogaba con el I Ching.

Me volví un asiduo del oráculo, tanto que hice años después un programa con monedas virtuales para consultarlo (que he de actualizar pronto, es del año 98), aunque mi método preferido es la lectura con los 50 tallos de milenrama, que es más dispendiosa pero tiene la virtud de que propicia el estado de concentración necesario para escuchar mejor el resultado.

En unas vacaciones de mitad de año trabajé como obrero para mis tías que se dedicaban al diseño de jardines. En los momentos de reposo, en medio de la naturaleza, me asombraba ver las imágenes del libro a mi alrededor. Sentía que había sido escrito a partir de la experiencia humana, de la lectura sabia de la naturaleza. Recordemos que uno de sus prodigios es que su sistema de Yin y Yang fue el que inspiró a Leibniz para establecer el sistema binario, el mismo que está en la raíz de nuestra era digital: la representación de la realidad en unos y ceros. (Sigue leyendo »»)

El flautista de Hamelin, v. 2.0

Ayer, mientras iba en el tren, fui testigo de la conversación más extraña entre padre e hijo que he escuchado hasta ahora. Leían juntos El flautista de Hamelin. Al niño le parecía mágico el don del flautista, hasta que se empezaron a ahogar los ratones en el río: «¡Qué muerte más cruel!», dijo con los ojos abiertos. Quizás el padre para prepararlo un poco para la escena más cruel que venía en el cuento decidió contarle la historia del pueblo donde encerraron a todos los ratones en un contenedor en altamar para que después de un tiempo empezaran a comerse entre ellos mismos.

El niño no podía creer lo que estaba escuchando. Yo tampoco: «¿Qué papá loco es este?». La historia es tan fuerte que incluso fue utilizada en la película Skyfall de James Bond, contada por Bardem; sospecho que de ahí la tomó. Al final le preguntó al niño que si él fuera uno de esos ratones en el contenedor cómo haría para ser el ganador.

El niño seguía desconcertado hasta que preguntó: «¿Y qué pasa con el ganador cuando ya no hay más ratones para comer?». Tomó por completo desprevenido al padre, que parecía creer que lo más importante de la historia era ser el vencedor al final. Siguió: «Solo le queda lamer huesos de muertos hasta que muera de hambre o de alguna infección». Era una conversación escatológica en todas las acepciones de la palabra. (Sigue leyendo »»)

Exilios

En mi segundo viaje a Praga traté de hacer un recorrido por la ciudad de infancia y juventud de Rilke que, como describen varios biógrafos, no fueron años felices. En especial por el divorcio de sus padres y el empecinamiento de la madre en tratarlo como a una niña, vistiéndolo con faldas, quién sabe si con hebilla rosada en la cabeza también en recuerdo de la hija que había perdido. Luego pasó por la Academia Militar hasta que cinco años después la abandonó por motivos de salud para irse a estudiar a Munich, con la tensión familiar de seguir una carrera militar, como querría el padre, o una dedicada a la poesía, como lo apoyaba la madre. Ya casi no volvería a Praga. Solo hasta hace un lustro se levantó un busto para recordarlo en la escuela donde estudió de niño. Fui a conocerla.

Hay algo en la mirada y el lenguaje corporal de los colombianos que nos permite identificarnos en el extranjero aun sin hablar. Apenas llegaba a ver el busto en la pared vi a una mujer joven que estaba casi seguro de que era colombiana parada frente a ella. «Menos mal está haciendo sol», le dije. «Y aun así estoy congelada», me respondió, sorprendida porque un extraño le hablara en español. «¿De Cartagena o Barranquilla?», le pregunté, si bien no identificaba plenamente el acento. «Barranquilla, ¿cómo sabías que era colombiana?». Y empezamos a charlar. «De milagro funciona aquí una escuela todavía y no un banco», comentó ella, haciendo referencia a que otros lugares significativos de la vida de Rilke eran ahora sedes bancarias, como la casa donde nació o la mansión de su abuelo materno. «Conoces muy bien su vida», le dije. «Estoy terminando mi doctorado en literatura y escogí a Praga y algunos de sus escritores más representativos, Kafka, Rilke, Kundera, como narradores de la ciudad», me contó. (Sigue leyendo »»)