El último vals

Isa, mi madre, me envió una tarjeta digital de Navidad en la cual interpretaba villancicos André Rieu y, si no recuerdo mal, con Janine Jansen. «Se nota que no lees mi bitácora utópica, Isa: André Rieu es la personificación del mal musical en esta bitácora», le respondí. Ella me respondió con tres emoticonos de risa llorando pero igual le agradecí su regalo.

Soy valsofóbico (persona que le tiene fobia a los valses, especialmente de Strauss). No sé si lo aprendí de una canción de Julio Jaramillo en la que decía ¡No me toquen ese vals porque me matan! Rieu, por si fuera poco, es el director de la Orquesta Johann Strauss. Ya conté en otra crónica utópica cuál sería mi versión de Terminator en caso de viajar al pasado: no acabaría con Skynet, sino con el encuentro entre los padres de Strauss.

Seguí una de las recomendaciones editoriales para el 2018 de El compositor habla, las obras completas de Takemitsu para guitarra interpretadas por Andrea Dieci. Un álbum fabuloso que trae una versión muy bella de El último vals, compuesta por Engelbert Humperdinck, uno de sus mayores éxitos. Fue una cura balsámica para mi valsofobia: no solamente dice que es el último vals, sino que además al ser interpretado por solo una guitarra en lugar de toda la parafernalia de cuerdas y vientos que tanto le gusta a Strauss, es de una sencillez sublime y delicada.

Por fortuna para la humanidad ya casi no se componen más valses, así que si este es el último, estamos salvados. Una crónica utópica más, porque el compositor en realidad se refiere al último baile con su pareja, el de despedida. El mismo que bailamos en este instante Strauss y yo para decirnos chao de nuevo. Disfrutemos de esta despedida:

Rock Your Baby

Iba en el auto de A cuando en la radio empezó a sonar el clásico de George McCrae Rock Your Baby. No lo había escuchado desde una fiesta a la que asistí de niño en mi primer viaje a Nueva York con mi familia. Era la noche de navidad y me impresionó mucho que era la primera fiesta de latinos que veía bailando música disco y no la tradicional música navideña que siempre había escuchado hasta esa noche.

La canción me gustó mucho pero no tenía ni idea de cómo se llamaba. Luego se la tarareé a uno de los bailadores pero no reconoció nada. Finalmente fue SoundHound, la app que utilizo para reconocer música, la que me dio el nombre. La he estado disfrutando esta semana. Leí en Wikipedia que la canción no estaba pensada originalmente para McCrae, pero por esas coincidencias felices, él estaba en el estudio, hizo la prueba y a todos les gustó el resultado. Vengo a enterarme también de que es uno de los grandes éxitos de la música disco.

Creo que lo que más me gusta es la virilidad templada de la canción. Un estado de excitación que va in crescendo hasta que llega la declaración de amor:

Woman, take me in your arms
Rock your baby
Woman, take me in your arms
Rock your baby

Obviamente esto no se le canta a cualquier mujer, tiene que ser una que despierte esa excitación y deseo, ese anhelo de viajar juntos, con ese falsetto o, mejor, con esos gemidos sostenidos de McCrae que invocan todas las fuerzas de la atracción y se da esa conexión mágica entre los sexos. El encuentro entre hombre y mujer. Algo para celebrar cuando sucede, para tomarse entre brazos y estremecerse. Si los latinos de finales de los setenta me sorprendieron bailando disco, ahora me sorprendo más de no haber visto parejas abrazándose y besándose esta noche mientras bailaban esta canción.

Como siempre que escucho temas así, me pregunto sobre el estado de gracia que vivía el compositor para crearla. Disfrutemos, p e g a d í s i m o s, de una de las últimas versiones en vivo de McCrae, let the loving flow viajeros utópicos:

Karaoke

1.

La primera vez que fui a un karaoke no sabía de qué se trataba. Nos invitó una amiga, M, que había ido un par de veces y nos decía que no podíamos perdérnoslo. Nos pasaron una especie de menú con canciones y una hoja donde anotar nuestra selección. Había varios temas de salsa dura. Pensaba que íbamos a cantar todos, o que había un cantante principal al que acompañaríamos. Escogí varios temas de Lavoe, M me dijo que le parecía buenísima mi selección, le pregunté que si podía agregar más canciones y me respondió que todas las que quisiera. En total escogí 15 canciones. «Con 15 canciones imposible que no te dejen cantar al menos una», dijo M entusiasmada. «¿Que no me dejen cantar al menos una?», pregunté desorientado. «Claro, no sabía que te gustaba cantar tanto, en especial Héctor que es tan difícil de interpretar», me comentó. Ahí intuí cómo funciona el karaoke.

Me levanté de la mesa y le dije que se me habían pasado un par de temas, que iba a ver si podía agregarlos. Fue lo mismo que le dije al maestro de ceremonias, que si me permitía agregar un par de canciones más. Me dio mi hoja y discretamente me fui a tirarla a la basura en el baño. (Sigue leyendo »»)

Summa

En una crónica anterior contaba cómo llegué a la música de Arvo Pärt. La escuché cuando tenía alrededor de 15 o 16 años y me cambió la vida. Cuando digo esta afirmación he recibido caras de sorpresa o que me dicen que estoy exagerando. Pero es verdad y puedo elaborarlo. La literatura le envidia a la música que con unos simples acordes puede hacernos sentir una emoción intensa. Para que una obra literaria logre un efecto similar deben transcurrir muchas páginas. Cuando escuché a Pärt me cambió la vida porque me descubrió todo un universo emocional que no sabía que era posible ya con los primeros acordes. Su música me lleva a sensaciones que no puedo explorar por otro medio. Entro en trance, diría que hacia una experiencia mística.

Después de escucharlo descubrí que algo similar sucede con las personas: hay seres humanos que nos abren horizontes que no sospechábamos que existían, formas de sentir y pensar totalmente nuevas que nos atraen y nos invitan a explorarlas, compartirlas, quererlas. Podría decir que esa experiencia es la que nos lleva al amor, en esa mezcla con el deseo de querer conocer más de esa persona, de compartir más con ella. El efecto contrario es la antipatía, al rechazo de una persona por lo que nos deja ver de sí.

Mi cultivo de la música de Pärt ha sido de fanático absoluto. Colecciono todos los discos que encuentro de él y en múltiples versiones, incluyendo también la biografía musical que escribió Paul Hillier y la edición de lujo de ECM de Tabula rasa para conmemorar los 75 años del Maestro. Fuimos con F a un concierto en el Muziekgebouw aan ‘t IJ en el que se estrenaría una obra de él y la sorpresa es que él se encontraba entre el público. Cuando lo vi casi me desmayo. Me sentí como una de tantas fans histéricas de los Beatles, Bieber o Menudo. F me decía que fuera a saludarlo, pero me parecía excesivo hacerlo, así quisiera darle las gracias por todo lo que me ha dado y hecho sentir y descubrir. Pero fui prudente.

Mi más reciente hallazgo es el álbum del Cello Octet Amsterdam dedicado a Pärt. Según cita el Octeto, cuando el Maestro lo escuchó, dijo: «He descubierto diez años tarde esta joya de grupo». Desde entonces ha escrito obras para el grupo, interpretadas en este CD. Comparto con los lectores utópicos su versión de Summa, una celebración sublime para los amantes de la música de Pärt y del cello, y el enlace para comprar en línea los temas del disco:

 

Deudas herméticas

1.

Llegué al I Ching por una referencia que encontré en un libro de Jung. Luego, para mi sorpresa, la edición que conseguí, la de Richard Wilhelm, traía un prólogo del psicoanalista suizo que me impresionó mucho. Básicamente Jung dialogaba con el I Ching.

Me volví un asiduo del oráculo, tanto que hice años después un programa con monedas virtuales para consultarlo (que he de actualizar pronto, es del año 98), aunque mi método preferido es la lectura con los 50 tallos de milenrama, que es más dispendiosa pero tiene la virtud de que propicia el estado de concentración necesario para escuchar mejor el resultado.

En unas vacaciones de mitad de año trabajé como obrero para mis tías que se dedicaban al diseño de jardines. En los momentos de reposo, en medio de la naturaleza, me asombraba de ver las imágenes del libro a mi alrededor. Sentía que había sido escrito a partir de la experiencia humana, de la lectura sabia de la naturaleza. Recordemos que uno de sus prodigios es que su sistema de Yin y Yang fue el que inspiró a Leibniz para establecer el sistema binario, el mismo que está en la raíz de nuestra era digital: la representación de la realidad en unos y ceros. (Sigue leyendo »»)