La vida del hombre

“La vida del hombre”, de Jan Steen

El cuadro La vida del hombre de Jan Steen cuenta a través de sus personajes las diferentes etapas en la vida de un ser humano, empezando con el niño que juega con pompas de jabón hasta el hombre anciano sentado y jugando con otro niño. Acompañé a unos amigos de visita por la Mauritshuis y esta vez tuve una visión diferente de la pareja en el centro del cuadro. El hombre le ofrece una ostra a la mujer –ya desde entonces su poder afrodisiaco era mítico—y ella parece rechazarlo. En general se considera una escena de seducción. Pero esta vez, en lugar de una ostra, me pareció ver monedas, y recordé otro par de cuadros de Steen en los cuales aparecen hombres dándoles dinero a las mujeres, uno de ellos con un título bastante explícito: Escena en un burdel de un anciano dándole dinero a una niña.

“Escena en un burdel de un anciano dándole dinero a una niña”, de Jan Steen

El lugar común dice que la prostitución es el oficio más antiguo de la humanidad. Esta visión que tuve me hace pensar que hay un oficio anterior y es el de corruptor, la persona que corrompe para obtener algún beneficio; la prostitución no es más que una de sus áreas de acción. Aunque también podría decirse que fue una mujer la que primero se ofreció por pocas o muchas monedas, en cuyo caso su oficio efectivamente sería anterior al de corruptor. O fue un hombre el que la ofreció primero, haciendo al proxeneta anterior a la prostituta, etc.

Creo que mi visión fue fruto inconsciente del impacto del caso Odebrecht, esa Escena en una cafetería de un empresario dándole dinero a un funcionario que bien pudo retratar Steen también. Y así por mil los ámbitos donde opera este hombrecillo: es una plaga que nos acompaña desde los orígenes de la humanidad. (Sigue leyendo »»)

Matches

Hay un hilo narrativo entre Stealing Beauty, de Bertolucci, Poetry, de Chang-dong Lee, y Paterson, de Jim Jarmusch: la búsqueda activa de la poesía. Y lo mejor: que todos la encontraron. Esa es la felicidad profunda de ver estas tres películas. Lucy comparte sus poemas mientras viaja, Mija mientras resuelve el crimen cometido por su nieto, Paterson mientras disfruta su vida cotidiana. He leído algunas entrevistas a Jarmusch en las cuales no he encontrado ninguna mención a Poetry, a pesar de que hay varios elementos en común, varios matches como con los que juega a lo largo de su película. La inspiración en el río, el viaje en el bus (o el tren de Lucy), el momento de inspiración que se desprende luego de la experiencia vivida y que se transforma en poema. Jarmusch lleva la historia de Poetry varios pasos más allá: nos habla del valor de la rutina para el trabajo creativo, de la necesidad de aislarse de los comentarios y la crítica para concentrarse en la experiencia poética, la sencillez tecnológica que requiere ese proceso (apenas lápiz y papel) y la necesidad de conservarla así para lograr un ambiente sin ruido.

Paterson se levanta todas las mañanas entre las 6.10 y las 6.30 de la mañana sin necesidad de una alarma, simplemente confiando en su reloj biológico. Los momentos que dedica a la escritura física son más bien pocos pero celosamente guardados. Opuesto a este orden creativo se encuentra el caos de la vida cotidiana, las charlas y los regalos inesperados que hace la vida. Ya es mucho lograr cierto método en medio de ese caos; ahí está la clave del alquimista.

Tilikum, enemigo del pueblo

A sus 25 años, mi cuñado estaba cumpliendo su sueño de juventud de trabajar con aviones. De adolescente se dedicaba a fotografiarlos durante el aterrizaje y el despegue, hacía parte de un pequeño club de aficionados. Estudió Ingeniería Mecánica y recuerdo su foto saliendo de la turbina de un F-16 después de darle mantenimiento. De un momento a otro se preguntó que cuál era el sentido de estas naves más allá de ser herramientas de guerra y cambió de oficio. Manuel Vicent, escritor español, tuvo una revelación similar en su afición por el mundo de los toros: de niño y joven había vivido la pasión por la fiesta brava por ser una práctica arraigada en su familia y entorno. Pero vivió la revelación de la barbaridad de la tauromaquia y empezó una lenta conversión que narra en su libro Antiauromaquia:

Cuando uno vuelve al lugar de aquellos juegos taurinos que le hicieron tan feliz y contempla a otros niños embruteciéndose con el mismo juego, de pronto, a uno se le abren los ojos y se le presenta con toda nitidez la crueldad humana […] La mirada se transforma y el estómago sufre un vuelco y entonces se inicia una lenta conversión.

Otro caso es el de John Hargrove, que en su libro Beneath The Surface relata cómo su sueño de ser entrenador de orcas en SeaWorld desde que era niño y que logró realizar, tuvo que ser remplazado por el activismo para liberar a las orcas de su cautiverio: «No importa que tan noble sea el carcelero, cautiverio es cautiverio», dice en su memoria.

Todos estos casos son senderos que se bifurcan –al decir de Borges—de la obra de Henrik Ibsen, Un enemigo del pueblo. Salvo que en el caso de Hargrove y las orcas aparece un protagonista especial: la orca macho Tilikum, fallecido hace algunos días, tristemente célebre por tener tres muertes humanas a lo largo de su vida. (Sigue leyendo »»)

Exilios

En mi segundo viaje a Praga traté de hacer un recorrido por la ciudad de infancia y juventud de Rilke que, como describen varios biógrafos, no fueron años felices. En especial por el divorcio de sus padres y el empecinamiento de la madre en tratarlo como a una niña, vistiéndolo con faldas, quién sabe si con hebilla rosada en la cabeza también. Luego pasó por la Academia Militar hasta que cinco años después la abandonó por motivos de salud para irse a estudiar a Munich, con la tensión familiar de seguir una carrera militar, como querría el padre, o una dedicada a la poesía, como lo apoyaba la madre. Ya casi no volvería a Praga. Solo hasta hace un lustro se levantó un busto para recordarlo en la escuela donde estudió de niño. Fui a conocerla.

Hay algo en la mirada y el lenguaje corporal de los colombianos que nos permite identificarnos en el extranjero aun sin hablar. Apenas llegaba a ver el busto en la pared vi a una mujer joven que estaba casi seguro de que era colombiana parada frente a ella. «Menos mal está haciendo sol», le dije. «Y aun así estoy congelada», me respondió, sorprendida porque un extraño le hablara en español. «¿De Cartagena o Barranquilla?», le pregunté, si bien no identificaba plenamente el acento. «Barranquilla, ¿cómo sabías que era colombiana?». Y empezamos a charlar. «De milagro funciona aquí una escuela todavía y no un banco», comentó ella, haciendo referencia a que otros lugares significativos de la vida de Rilke eran ahora sedes bancarias, como la casa donde nació o la mansión de su abuelo materno. «Conoces muy bien su vida», le dije. «Estoy terminando mi doctorado en literatura y escogí a Praga y algunos de sus escritores más representativos, Kafka, Rilke, Kundera, como narradores de la ciudad», me contó. (Sigue leyendo »»)

El plomero y la clepsidra

Máquina de escribir

Esta mañana al salir de la ducha descubrí una gotera debajo del lavamanos. Me recordó dos versos de Borges de su poema All Our Yesterdays:
y la gota del tiempo que vacila
y cae en la clepsidra silenciosa.
Me pareció una buena noticia, en vez de una gotera tenía una clepsidra. Fue ahí cuando me atacó el instante filosófico: cada gota que cae en el piso es un instante perdido, un símbolo persistente de cómo se va el tiempo sin sentido. Si la modernidad hablaba de arquitectos de nuestro tiempo, ¿quiénes son los plomeros de la modernidad líquida?
Comprendí el mensaje de la improvisada clepsidra. Empecé a hacer el inventario de las goteras de tiempo que tengo y llamé al plomero. Me recibe en un par de horas.