Hojas de otoño

Llegamos un sábado en la mañana con F a Montecatini Terme. Nos pareció muy agradable la terraza de la estación del funicular que lleva al centro antiguo y nos sentamos ahí a desayunar. Al ver el menú descubrimos que los italianos no desayunan huevos, en ninguna de sus formas. Lo suyo son el café y los bizcochos. El mesero hace una excepción con nosotros y le pide al chef que nos prepare unos huevos en tortilla. Nos los trae fritos pero no le damos importancia. En la mesa de al lado hay una joven concentrada escribiendo. Me llama la atención que tiene un montón de páginas acumuladas a su lado y me pregunto desde qué hora estará escribiendo para alcanzar tal nivel de producción. Al paso que va pienso que trajo todo su trabajo para revisarlo en esta mañana de sol. Un plan fantástico, me parece.

De la montaña desciende una fuerte brisa y empieza a llevarse todas las hojas de su montón, que se elevan como alas al viento. Me levanto y salgo corriendo para atrapar las que más pueda. Ella se sonríe y nos dice en italiano que no, que no es necesario, que las deje volar, que ese es su propósito.

Veo cómo se alejan y le pregunto que por qué no le importa perderlas. «Son mi regalo para darle la bienvenida al otoño. Me gusta ver cómo las hojas se entremezclan, como danzan entre sí, un baile casual gracias a un fortuito viento. En ellas escribo poemas e historias que ojalá sorprendan a los caminantes. Tomen, les regalo una a cada uno». (Sigue leyendo »»)

The Man (21). Fernando de Szyszlo, maestro del color profundo

Fernando de Szyszlo, por Nancy Chappell

Este fue un verano feliz en parte porque me trajo tres senderos, las memorias de artistas que admiro y aprecio: Lluís Homar, Fernando de Szyszlo y Philip Glass. He querido escribir una entrada sobre los pasajes comunes que estos tres artistas comparten, pero no he encontrado el tiempo todavía. Hoy recibo una alerta diciendo que ha fallecido, a sus 92 años, el maestro Fernando de Szyszlo. Me invade la tristeza.

Conocí su obra por primera vez gracias a una exhibición en el Mambo. Recuerdo esa fiesta de rojos profundos, que años después pasarían a ser azules. Sentí la conexión con Alejandro Obregón y Rufino Tamayo y, por ende, con el corazón del arte precolombino. Como sucede con el buen arte, salí lleno de gozo gracias al placer estético que me regaló su obra. A cuanto amigo me encontré o llamé o me llamó le conté que era imperdible la experiencia. Empecé a seguir sus pasos y a coleccionar libros y artículos relacionados con él y su obra.

Para casi la noche, de Fernando de Szyszlo

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Una película inédita de Berlanga

Pietrasanta – Degustación de vino en “Chez Moi”

Hacíamos una pequeña degustación de vino Castello Banfi en la enoteca Chez Moi de Pietrasanta. Un vino de aroma intenso, color púrpura profundo, cuerpo robusto y sabor elegante que perdura largo tiempo en el paladar.

Este pequeño placer se vio interrumpido por una niña que montaba bicicleta feliz en la plaza. Lo hacía mientras cantaba alguna obra aprendida en el coro de su escuela. Aquí sorprendí a mi inconsciente bajo los efectos del vino: «Leí en algún estudio que cantar ayuda a mantener el equilibrio, en especial cuando se aprende a montar en bicicleta», dije (o dijo). Traté de fijar el momento en que leí ese estudio y me llegó a la memoria el libro Singing in the brain, del profesor Erik Scherder (por cierto, muy superior a Musicofilia, de Oliver Sacks), pero igual no estaba seguro de que así fuera. Pensé que era otra broma de mi inconsciente, otro recuerdo inventado de esos que le gusta improvisar. Pero como para que no dudara del estudio, la niña dejó de cantar y justo perdió el equilibrio. Se cayó y empezó a llorar.

Padre recogiendo bicicleta

Ahí recordé otra remota trampa de mi inconsciente. Tenía cerca de 8 años y visitaba la casa de una prima, le habían regalado una bicicleta y le pedí que me la prestara para dar algunas vueltas en el barrio. Me la dieron con toda la confianza de que yo sabía montar bicicleta. No sabía, pero mi inconsciente me traía el recuerdo de que sí sabía.

Empecé a pedalear, me caí, me levanté y me preguntaba que cómo se me había podido olvidar. Así pasé tres horas, hasta que aprendí a hacerlo. Empecé a correr con gran confianza, pero igual me sentía aporreado por tantas caídas. Llegué completamente emparamado de sudor después de tantas vueltas a devolver la bicicleta. Años después, cuando aprendí que montar en bicicleta es de esas cosas que jamás se olvidan, no tuve duda de que había caído (literalmente) en una trampa del inconsciente. (Sigue leyendo »»)

¡Grito de Independencia! (¿o no?)

«No, disculpa, mi lengua materna es el catalán», respondió ella cuando una amiga holandesa le dijo en el gimnasio que los dos compartíamos la misma lengua materna. Lo afirmaba además con un inglés con más sabor a spanglish que a catalanglish. «Mentira, el catalán si acaso será la lengua materna de hijos de radicales nacidos en la última década, los que nacimos bajo el franquismo tenemos el castellano como lengua materna», me comentó una amiga catalana cuando compartí el comentario de su compatriota. «Además es una lengua horrible, retrasada y sin desarrollo», remató.

Lo que más me llamó la atención fue la actitud con la que la primera catalana hacía la aclaración. Me recordó a varios bogotanos que he escuchado decir en Europa soy de Bogotá, como si vinieran de la capital de un imperio avanzado o una ciudad muy chic. De viaje por otras regiones de Colombia he sentido que varias personas sí le dan un halo especial a Bogotá, como esa ciudad especial de la que todos hablan y que aún no han conocido. Sigo pensando que lo mejor que le pudo suceder a Bogotá es que esté siendo poblada por personas de todas las regiones, venezolanos incluidos, para que reduzcan a una minoría a los bogotanos puros y terminen disolviéndose en la capital de todos. Los catalanes independentistas están reclamando ese aire para ellos: somos especiales, únicos, más ricos y mejores. (Sigue leyendo »»)