#MeToo y la educación sexual

1.

Mi colegio tenía servicio de bus privado, un alivio en muchos sentidos para los padres: no tenían que gastar tiempo llevando los hijos, tenían la certeza de que estaban siendo protegidos por dos o tres adultos al menos, y llegarían seguros a su destino. Así se perpetúa la vida en una burbuja. El mundo exterior se limitaba en esos momentos a lo que podíamos ver por la ventana del bus.

Vi varias cosas que me impactaron mucho. La Avenida Suba era de un solo carril por entonces, muchos campesinos y obreros se desplazaban en bicicleta y varias veces hubo trancones porque atropellaban a alguno de ellos. No puedo olvidar un accidente brutal en el que vi a un hombre descerebrado por el golpe. La profe responsable del bus hacía su mejor esfuerzo porque no miráramos, pero yo estaba sentado en la ventana y no pude evitarlo.

Otra escena desafortunadamente inolvidable fue una violación en manada: al menos cinco perros tenían con las patas arriba a una perra y vi cómo el líder gesticulaba con la cabeza quién seguía mientras que con sus patas mantenía a la pobre perra contra el piso mientras chillaba. Era su grito de dolor el que nos hacía asomarnos por la ventana a ver qué sucedía. Me quedó la impronta de la impotencia ante la injusticia y no sé hasta qué punto me hizo inmune a la práctica de todos lo hacen, a la unión con la masa para no sentirme excluido. Pero cada vez que leo o escucho sobre una violación en manada siempre he de volver a esta imagen que vi de niño y sentir de nuevo el repudio ante el abuso y la injusticia.

La misma que siento cuando escucho sobre los casos de abuso sexual que denuncia #MeToo. Veo a ese jefe de la manada sometiendo a la mujer sin ningún tipo de consideración más allá de la satisfacción de su placer sexual. Obviamente el ala radical del feminismo mal entendido se lanza en manada contra los hombres y su dominación histórica. (Sigue leyendo »»)

El Barça como cifra, Messi como clave

Alguna vez, ya harto del tema de la independencia antioqueña, le pregunté a mi abuela materna, paisa hasta la médula, que por qué Antioquia no se separaba de una buena vez y dejaba de molestarnos con ese tema, que si se sentían tan superiores que arrancaran solos su camino y dejaran de aburrir con el tema. Dos veces me habló ella con solemnidad extrema, esta fue una de esas: «Mijito, uno nunca habla mal de sus raíces». He tratado de seguir esa máxima, pero aún me sigue ganando el espíritu crítico. Me gusta mucho ver que siguen siendo parte de Colombia, que le han bajado el tono al nacionalismo, y que en general se reconocen parte de un todo más grande.

También me gusta mucho ver y saber cómo habitantes de todas las regiones del país van haciendo de Bogotá la capital de todos y todas, relegando a los rolos a la minoría que somos en realidad. No hay nada mejor que le haya sucedido a Bogotá: llena de rolos es una ciudad insufrible.

Da grima ver que España no ha sido capaz de consolidar esa imagen de nación para todas sus autonomías. El separatismo catalán, inspirado sobre todo por la creencia de que España nos roba y solos nos iría mejor, refleja ese problema de quienes no han podido integrarse en algo más amplio, que no saben valorar la riqueza cultural española y sentirse parte de ella. (Sigue leyendo »»)

Rock stars (2). Con filtro

Creo que fue por el 2010 que el Giro D’Italia empezó en Amsterdam, cerca de mi casa. La vía principal que me llevaba al supermercado estaría cerrada para dar paso a los ciclistas. Me contagié del entusiasmo de todos los fanáticos agolpados contra las vallas y me llamó mucho la atención el efecto acústico cuando pasaban los ciclistas. Era una etapa contrarreloj, entonces a medida que se acercaba alguno, todo el mundo empezaba a golpear las vallas para motivarlo. Desde el punto de vista del ciclista era otro ejemplo bello de la teoría de la relatividad: el ciclista creería que la gente estaba golpeando las vallas durante todo el tiempo, mientras que en realidad solo lo hacían a su paso. Apenas seguía se silenciaban a la espera del siguiente corredor.

La caminata en Lucca el día del concierto de los Stones me hizo pensar en el mismo efecto para las rock-stars: llegan a una ciudad, ven la decoración, la masa de gente esperándoles, y les será inevitable pensar que el mundo gira a su alrededor. Los medios informarán sobre el éxito del concierto, quizás en primera plana, y así en su siguiente destino: todo el mundo está aplaudiendo. Pero la publicidad será recogida a la mañana siguiente, los fanáticos regresarán a sus casas y la ciudad volverá a su normalidad.

Cuando el ciclista pasaba pensaba si tanto ruido no le perturbaba. Algunos sonreían, otros iban muy concentrados. La gira de los Stones se llamaba #NoFilter y, mientras caminábamos por Lucca, me sonreía pensando en que nunca había visto la realidad tan filtrada. Algún fanático llevaba en la camiseta la expresión Who the fuck is Mick Jagger? dando a entender que sería como preguntar que quién no sabe quien es Dios. Al principio sentí un llamado a la solidaridad, luego entendí la ironía para pasar preguntándome cuántas veces se habrá hecho Mick Jagger esa pregunta. Quizás por eso le gusta vivir en Nueva York, donde solo es una estrella del rock más, donde puede salir a caminar como cualquier paseante anónimo por Lucca.

Paradoja excluyente (o la vocal perdida)

Este titular me llamó mucho la atención: “Bogotá mejor para todos y todas”: un juez obliga a cambiar el lema de la ciudad para usar lenguaje incluyente. Me pregunté por qué se llama incluyente cuando en realidad divide a la sociedad en dos, deja por fuera a toda la comunidad LGTBI y abre el debate sobre si debe decirse primero todas o todos. Es una paradoja burlona: en español, la forma incluyente es el plural masculino, que incluye a todas las personas de la sociedad, sin necesidad de entrar a diferenciarlas entre sí, mientras que el llamado incluyente fuerza su descomposición granular para abarcarnos a todos.

En América Latina hemos convivido con una fórmula alternativa que es el uso de ustedes para referirse a los otros: «¿Ustedes van a ir a cine?». No hay que acudir a la fórmula que según el juez sería obligatoria en España (salvo Andalucía y Canarias): «¿Iréis vosotros y vosotras a cine?». Queda a la imaginación de una persona LGTBI decidir si se incluye en el vosotros o vosotras, pero siento consecuentes, habría que pensar en una fórmula alternativa para no excluirles de entrada.

La e final de ustedes resuelve esa paradoja. Hay quienes utilizan la arroba o una equis para suplirla, pero creo que tod@s somos conscientes de que es un enredo total que en el fondo muy probablemente terminará excluyendo a alguien. ¿Estamos listos para hablar de todes, por ejemplo, para tratar de integrarnos de nuevo en un conjunto? (Sigue leyendo »»)

Rock stars, un aperitivo

La llegada a Lucca nos sorprendió con todas las vías principales cerradas. Tratamos varias alternativas hasta que encontramos un parqueadero subterráneo a un kilómetro del centro histórico. Era obvio que la ciudad se preparaba para un gran evento, pero no teníamos ni idea de qué se trataba. Veíamos gente de todas las edades circulando en masa, hasta que vi a otro turista con un mapa que parecía tener la agenda de eventos del día. Era un gringo. «¿Qué hay especial hoy?», le pregunté. «Concierto de los Rolling Stones. Vinimos desde Roma a verlo con mi amigo». Le dije a F que si hubiéramos planeado venir a Lucca el 23 de septiembre a ver a los Rolling Stones no lo habríamos logrado tan bien como lo hizo el azar.

Empezamos a caminar hacia la ciudad amurallada. Lucca es una ciudad donde viven cerca de 90 mil personas. Se esperaban 60 mil para el concierto en la noche. Nosotros llegamos al mediodía y ya sus calles estaban llenas de fanáticos de la banda. Cuando atravesábamos el puente sobre la vía del tren, F me preguntó que si Mick Jagger no había fallecido ya. «No, está vivo todavía, creo que acaba de ser bisabuelo. Pero créeme, el día que muera, donde quiera que estemos, nos vamos a enterar». De ese tamaño es el fenómeno de los Stones. F lo confundió con Chuck Berry. (Sigue leyendo »»)