¡Grito de Independencia! (¿o no?)

«No, disculpa, mi lengua materna es el catalán», respondió ella cuando una amiga holandesa le dijo en el gimnasio que los dos compartíamos la misma lengua materna. Lo afirmaba además con un inglés con más sabor a spanglish que a catalanglish. «Mentira, el catalán si acaso será la lengua materna de hijos de radicales nacidos en la última década, los que nacimos bajo el franquismo tenemos el castellano como lengua materna», me comentó una amiga catalana cuando compartí el comentario de su compatriota. «Además es una lengua horrible, retrasada y sin desarrollo», remató.

Lo que más me llamó la atención fue la actitud con la que la primera catalana hacía la aclaración. Me recordó a varios bogotanos que he escuchado decir en Europa soy de Bogotá, como si vinieran de la capital de un imperio avanzado o una ciudad muy chic. De viaje por otras regiones de Colombia he sentido que varias personas sí le dan un halo especial a Bogotá, como esa ciudad especial de la que todos hablan y que aún no han conocido. Sigo pensando que lo mejor que le pudo suceder a Bogotá es que esté siendo poblada por personas de todas las regiones, venezolanos incluidos, para que reduzcan a una minoría a los bogotanos puros y terminen disolviéndose en la capital de todos. Los catalanes independentistas están reclamando ese aire para ellos: somos especiales, únicos, más ricos y mejores. (Sigue leyendo »»)

Neptuno enjaulado

De regreso a Florencia temía el reencuentro con el Neptuno de Ammannati, esa escultura que casi me noquea en la Plaza de la Señoría. Parqueamos en el Mercado Central y de ahí nos dirigimos a la plaza, con una parada para disfrutar del Duomo y la Torre de la Campana. A medida que nos acercábamos a la plaza empecé a sentirme nervioso. No tenía ni idea de cómo iría a reaccionar, si volvería a golpearme tan fuerte como lo hizo la primera vez. Le dije a F que si me caía no temiera en echarme agua en la cara. Apenas entramos a la plaza cerré los ojos y los abrí apenas escuché la carcajada de F: «¡Está en restauración». Ella dudaba bastante sobre mi historia; no la culpo, si yo mismo la escuchase pensaría lo mismo, pero los síntomas son reales. Me empecé a reír con ella: «Neptuno enjaulado», así no me hizo ni cosquillas.

Neptuno enjaulado

Con cada respiración me sentía más ligero. Sabía que nuestro reencuentro quedaba pospuesto por lo menos un año más. Sin embargo, verlo tras las rejas me inspiraba el mismo respeto que un toro atrapado en un coso. Disfruté la tregua, pero igual me quedé con la duda de saber cómo voy a reaccionar la próxima vez que lo vea –y renovado.

El toro invisible

En La casa de Asterión, Borges nos cuenta cómo es el mundo visto a través de los ojos del minotauro, cómo es la vida cuando se está condenado a vivir en una casa con puertas abiertas, con infinitos senderos que se bifurcan pero no se sabe a dónde llevan. En su documental Tauromaquia, Jaime Alekos le resta toda la poesía del mito griego y del universo borgeano para ponernos en el lugar del toro sin decir una sola palabra.

Es cuando menos sorprendente que en las discusiones con taurófilos den por supuesto que el toro tiene una función específica, un destino claro y se niegan a ver algo más. En ese sentido el toro es invisible, no existe para nada más que no sea brindar una corrida brava.  De ahí el acierto de Alekos al mostrar las corridas con el toro como protagonista. A las etapas de la liturgia (como algunos taurófilos las llaman) las acompañan una serie de textos que explican sin pudor alguno cómo se debe (mal)tratar el toro, cómo ejercer el arte del engaño para que pique y haya función.

Como ya lo he compartido en entradas anteriores, he visto la belleza en los gestos del torero, y me impresiona aún más el rejoneo; ver los movimientos increíbles del caballo frente al toro me deja embelesado. Pero esta manifestación episódica de la belleza no puede ser excusa para continuar con ese arte. Las secuencias registradas por Alekos no dejan duda sobre la tortura a la que es sometido el toro. Asterión esperaba a su redentor, ojalá sea Alekos el del toro.

Una historieta original

Una trampa del inconsciente que me disgustaba y me hacía reír a la vez sucedía antes de operarme la miopía: apenas me quitaba los lentes de contacto caía en cuenta de que no sabía en dónde había dejado las gafas. A veces tardaba hasta media hora para encontrarlas, después de revisar toda la superficie de la casa con mis 7 dioptrías y con el inconsciente diciéndome: «Si te vuelves a poner los lentes las encontrarás más rápido».

Otra fue en un sueño largo en la que entraba en un bar subterráneo donde presentaban una película de Almodóvar. Me pareció buenísima hasta que caí en cuenta de que estaba en un sueño, que la película no era de Almodóvar sino de… mi inconsciente. Ahí me desperté pero no he podido recordar nada –salvo que me gustó mucho.

La otra noche me sucedió algo parecido. Soñaba con una historieta publicada en Het Parool en la que un hombre en la playa tomaba un libro de Kafka para leerlo durante sus vacaciones. En la segunda viñeta ya el hombre había perdido varios kilos y tenía cara de preocupado. En la tercera el libro estaba a medio camino y el hombre era un esqueleto. Me pareció una historia perfecta de un incauto que escoge un libro potente para relajarse inocentemente en la playa. En ese momento decidí despertarme y grabar en el teléfono la descripción del sueño para no olvidarlo esta vez. Lo hice y seguí durmiendo.

Cuando me levanté escuché la grabación, estaba completa. Pensé en un caricaturista que tenía el trazo perfecto para hacer la historieta realidad. Le escribí, me respondió que le enviara la historia y que haría un boceto. En menos de 10 minutos me envió una historieta terminada con esta nota: «Qué curioso, hice esta historieta con la misma idea que me envías hace tres meses».

Era la misma historieta que había visto en el sueño. Traté de hacer memoria y mi inconsciente armó una pequeña película en la que veía el momento exacto en el que había visto la historieta. La había archivado y utilizado en un sueño: la trampa fue hacerme creer que era una historieta original. «Pero la película de Almodóvar sí lo es, lástima que no la recuerdes», terminó diciéndome como para no quedar tan descubierto.

Paradojas utópicas

Estábamos un grupo de amigos en Aquitania, listos preparando una caminata por la laguna de Tota. Nos dijeron que esa noche habría fiesta en el pueblo. Se presentaba una estrella naciente, el joven Pipe Bueno. No tocó nada especial, pero sí recuerdo dos cosas en particular: la primera, que entre canción y canción alentaba al público a tomar aguardiente para mejorar el ambiente; la segunda, el guitarrista de su banda, un personaje excéntrico de quien me fascinaría hacer un documental. Alcancé incluso a visualizar el comienzo con ecos del Ulises, el hombre frente al espejo después de una noche de farra y listo para afeitarse y darle mantenimiento a sus prominentes patillas.

Anoche en Bogotá se dio una paradoja utópica increíble. Las Farc resemantizadas (ahora Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común) se presentaba como nuevo partido político, con una estrategia común y corriente: agüita para mi gente y música para mi pueblo. Yo habría ido solo por el placer de escuchar a la Aragón y de ver qué estribillos utilizarían a lo Pipe Bueno, qué arengas lanzaban para mejorar el ambiente. Pero como ya lo venía haciendo desde Tlaxcala, la nueva Farc recurrió a su discurso compuesto de retales para pedir lo que, en efecto, desearía cualquier ciudadano del común colombiano: llevar a la corrupción a sus justas proporciones (como lo pidió alguna vez Turbay Ayala), una democracia plena donde todos los colombianos tengan las mismas oportunidades, y los mínimos de vivienda, salud y educación (si no dijeron esto último fue que se les olvidó). Para esto no hay que recurrir a la violencia armada ni vivir enterrado en la selva. ¿Cómo lo piensa hacer? Esa es la gran pregunta que queda después de la resaca del concierto. (Sigue leyendo »»)