Charla de negocios

En un pequeño pueblo pintoresco de Italia, de cuyo nombre en esta entrada no voy a acordarme, nos sentamos al lado de un par de hombres que hablaban en colombiano, uno de ellos con acento paisa, el otro probablemente caldense. F fue al baño y me puse a escuchar su conversación. El hombre caldense era un sacerdote que estaba haciendo alguna pasantía en el Vaticano (estábamos a hora y media de Roma). El hombre de suave acento paisa, llamémosle Simón, lo había llevado a ese pequeño pueblo, una joya desconocida para el turista común. Todo parecía un acto de deferencia, hasta que Simón empezó una de las conversaciones más memorables que he chismoseado. Bueno, al menos parcialmente, porque ahora que la quiero contar me doy cuenta de que olvidé una parte importante.

En esencia, Simón le decía al padre que él siempre había sido un buen cristiano, que siempre había ayudado en todo lo posible, que lo invitaba al paseo y la cena por agradecimiento a todo lo que Dios le había dado… Y aquí es cuando debo disculparme con los lectores utópicos porque es la parte que he olvidado, un extenso ejemplo de buen cristianismo que Simón mencionaba para reforzar su argumento, algo muy cómico, trataré de recordarlo en estos días. Continuemos. Total, a medida que seguía el monólogo de Simón, descubrí que en ese momento para él el padre era un notario de Dios al cual le estaba dejando constancia verbal de todas sus buenas acciones para que, llegado el momento, Dios lo pusiera en la lista VIP cuando estuviera haciendo fila ante las puertas del paraíso. (Sigue leyendo »»)

Zarpó el Titanic

Me entero por el timeline de Mónica Ferrer que ayer, en 1912, zarpó el Titanic:

 

En la noche me encontré también con esta imagen retocada por Marina Amaral del barco a color:

En mi imaginación empezaron a rodar los videos de los viajeros sonrientes y excitados de hacer parte de ese viaje histórico que los llevaría de Southampton a Nueva York. Pensé también en Vigilia del Almirante, una de mis novelas fetiche, que se abre con el almirante Cristóbal Colón a punto de ser colgado por un latente motín a bordo, estancado ya tres días en medio de un mar de algas, en ese viaje que creía que le llevaría del Puerto de Santa María hasta las Indias. Estoy leyendo también Herejes, de Leonardo Padura, que cuenta como el S. S. Saint Louis, con 900 judíos a bordo escapando de lo que se venía en Europa en 1939, estuvo fondeado frente al puerto de La Habana a la espera de los permisos del gobierno cubano para autorizar su desembarco. Estados Unidos tampoco los quiso recibir y el barco que partió del puerto de Hamburgo tuvo que regresar a él. La mayoría de sus ocupantes corrió el destino trágico de los judíos en la Alemania de Hitler.

Mi primer poema de infancia lo titulé Sin rumbo fijo; la historia de un barco que navegaba simplemente por el placer de viajar en el agua, sin saber o importar mucho su destino. Con los años le fijé un destino utópico, el viaje hacia la ciudad del horizonte, aquel espacio que quiero habitar, del que presiento su existencia y al que quiero llegar, al que veo allá, lejos, al final del horizonte. El poema, sin embargo, me recuerda que lo importante es el viaje, ya veremos qué tal el destino. Es un barco sencillo, sin la magnitud y solidez del Titanic, sin la tripulación numerosa de Colón. En Lepanto, donde hay una librería muy bella abierta hasta la medianoche, el librero se sorprendió de que viniera desde Colombia, le parecí un ser exótico. Me preguntó que cómo había llegado hasta Lepanto. «La verdad no lo tengo muy claro; salí hace más de 20 años a dar una vuelta por el barrio y ya voy por acá».

Ayer, también, vimos por primera vez la foto de un agujero negro. «¿Habrá algún pasaje de la Biblia que lo haya anticipado?», me pregunté. Probablemente, ninguno, aunque con estas reinterpretaciones creativas de los creyentes nunca se sabe. Salimos a dar una vuelta por el universo, zarparon nuestros Titanics espaciales, y ahí hemos llegado. Dios es el fruto de la ansiedad del ser humano por no vivir en la incertidumbre, pienso ahora. Alguien a quien descargarle todo su peso, alguien que sabe mejor que nosotros qué va a suceder y a quien pedirle misericordia, que nos ayude durante el viaje.

En esta imagen se encuentran los pasajeros de primera clase del Titanic. Los veo desde la perspectiva de un escritor o un narrador. En ese viaje que es la escritura se tiene una vaga idea de esa ciudad del horizonte, el escritor puede ver cómo su ruta original se ve alterada irremediablemente por las andanzas de sus personajes: iba a las Indias y termina en las Américas. Otros tienen un camino muy bien trazado. Ven a la elegante y sobria dama que lee un libro de poemas y piensan: «Tengo otros planes para ti». Algunos sobrevivirán, muchos otros morirán en ese viaje. ¿Podemos creer entonces en la predestinación? ¿Dónde estaba escrito que sobrevivirá la dama pero todos los demás caballeros a su derecha están predestinados al naufragio?

A pesar de nuestros planes, este viaje tiene mucho de sin rumbo fijo. Llamamos predestinación a ese destino que desconocemos pero al que llegaremos cualquier día. Zarpó el Titanic y vemos como desaparece en el horizonte, con esa lluvia de guantes blancos diciendo adiós desde la cubierta, convencidos de que llegarán a Nueva York.

Operación Jaque Mate

Me estoy preparando para leer el libro La batalla por la paz, del expresidente Santos, el también exministro de Uribe que nos quiso vender la Operación Jaque como el logro máximo de la inteligencia militar colombiana. Jaque fue descrita en el libro Operación Jaque. La verdadera historia, del periodista Juan Carlos Torres, con prólogo de Santos. En este libro se encuentran los vacíos y contradicciones que dan origen a concebir la Operación Jaque como Operación Conejo.

Veo todavía los Acuerdos de paz firmados con las Farc como la Operación Jaque Mate de Santos, como la tercera fase de la Operación Conejo –y que personalmente no me molesta en absoluto, la cortina de humo de las Farc debía disiparse desde hacía mucho tiempo. Lo que me interesa en particular es ver cómo el sistema político colombiano, el statu quo, logra mantenerse en el poder con los mismos cimientos del modelo que heredamos desde la Colonia y la Independencia a punto de celebrar sus 200 años de existencia.

De la experiencia de los diálogos del Caguán conocimos mejor la estructura interna del Secretariado de las Farc. Supimos que el ala fuerte (militarista) estaba conformada por Tirofijo, Raúl Reyes y Alfonso Cano. Hasta ese momento, la incapacidad del Estado colombiano para tocar el Secretariado les daba un aura de invencibilidad. Con los avances tecnológicos en la industria militar, fue cuestión de tiempo dar de baja a Reyes y Cano, los dos últimos grandes obstáculos que quedaban para buscar de nuevo una solución del conflicto armado a través del diálogo.

La Operación Jaque también contribuyó a este debilitamiento de la posición militarista de las Farc. Me pregunto entonces si en algún momento utilizó el gobierno colombiano las imágenes satelitales que se mencionan en los libros sobre Ingrid Betancur, en los cuales se sabía con precisión su ubicación, al igual que la de Reyes en el sur del país, y Márquez y Timochenko en Venezuela. Para el Secretariado tuvo que ser evidente que la guerra armada estaba perdida y que su propia supervivencia, después de la experiencia de Reyes y Cano, pasaba por la transición de las Farc a la vida política colombiana. ¿Qué más tiene que contar el expresidente Santos al respecto? (Sigue leyendo »»)

De Ana a Ama (un poema en mi inbox)

1.

Memoria de mis putas tristes y la inédita En agosto nos vemos son las dos únicas novelas desafortunadas en el canon de García Márquez. Tengo la hipótesis personal de que la crítica que le hizo Enrique Krauze desde la revista Vuelta reseñando Del amor y otros demonios fue un punto de quiebra en la literatura de GGM. Krauze lo acusó de seguir repitiéndose, de explotar su fórmula del realismo mágico una vez más con los elefantes que enhebran agujas, los mismos viejos trucos con distinto traje de su obra anterior. Pasaron diez años entre esa novela y Memoria, en la que GGM parecía querer rebatir la crítica de Krauze con una novela despejada de los “juegos pirotécnicos” del realismo mágico, solo dejando aquellos indispensables que continuaban siendo un guiño al lector en tono de humor.

Cuando a García Márquez se le preguntó por el plural del título porque en realidad la novela trata sobre la relación entre Emilio Echavarría y la virgen adolescente Delgadina, señaló que tenía otras historias paralelas en mente pero ya por entonces estaba luchando contra la enfermedad; no había tiempo de elaborar más memorias. Sucedió igual con su autobiografía, que estaba planeada para constar de tres tomos y solo pudo terminar el primero, una obra esencial, pero se quedaron sin hacer el segundo, sobre su tiempo indocumentado en Europa, y el tercero, con perfiles de gente sobresaliente que había conocido en su vida; dejó algunos invaluables en la revista Cambio, como los de Clinton y Chávez. (Sigue leyendo »»)

Una carta al pasado

Hay que reconocerle al presidente mexicano López Obrador su talento para el ataque sorpresa. Se sacó una carta que remueve siglos de historia de la manga. La he pensado desde varios puntos de vista y me sigue pareciendo absurda, más aún cuando el EZLN, la única guerrilla indígena de América Latina (en Colombia el Quintín Lame se desmovilizó a la par con el M-19), la ha desestimado por oportunista y extemporánea.

Este año celebraremos en Colombia doscientos años de “independencia”. Valga el entrecomillado, porque lo que hemos logrado en ese período, a grandes rasgos, es mantener la estructura racista, clasista y de castas heredadas de España. Ser blanco era un privilegio tal que obligaba al trato de don y doña, además de no tener que pagar impuestos; luego los criollos y mestizos, que podían disfrutar de ciertos privilegios de los nobles, y que a la postre terminaron liderando la independencia. Seguían los indios y los esclavos.

Cuando estudiaba Ciencia Política, cuando estudiábamos a Colombia y las teorías de Estado, siempre me intrigaba ese desfase entre la teoría y la realidad. Casi nada encajaba. Hablábamos de separación de poderes, incluso llegamos a estudiar los problemas que enfrentaba el Estado de Bienestar, algo totalmente desconocido en Colombia más allá de la teoría. Nunca dedicamos tiempo a estudiar o profundizar las estructuras políticas legadas por la corona española y cómo han logrado mantenerse hasta nuestros días. Sí, tenemos separación de poderes, elecciones democráticas, voto para hombres y mujeres, una Constitución pluriétnica y multicultural, pero la estructura de poder se sigue asemejando más a la legada por la Corona que a la de una nación-Estado. Elaborar todo esto da para una monografía de grado y es una tarea agradecida porque ayuda bastante para saber en dónde estamos parados.

La condición de los pueblos indígenas y las comunidades afrodescendientes son una buena medida de qué tanto hemos avanzado en ese proceso de independencia, si hemos logrado una sociedad igualitaria libre de las cadenas opresoras de las fuerzas dominantes. Al igual que la condición de los incipientes o inexistentes partidos políticos, los encargados de dar una visión y de ayudar a cultivar una identidad más allá del mito fundacional de la independencia. ¿Cuál será el balance?