El seductor dopado

1.

Había un embaucador en el barrio que nos vendía las cosas más absurdas. Una vez nos dijo que había conseguido unos fósforos de los Estados Unidos con los cuales se podía ver el diablo. Para darle credibilidad a sus engaños, sobornaba a dos de sus amigos para que corroboraran sus historias: “Sí, lo vimos la otra noche, la cara roja y hasta llamas de fuego en la espalda”. Un amigo que casi siempre se dejaba impresionar por estos cuentos me convenció de que pagáramos los 5 pesos que nos pedía a cambio de una sesión para ver el diablo. El embaucador nos encerró en el cuarto de mi amigo, pidió que cerrara las cortinas pues necesitábamos oscuridad absoluta. Nos hizo prometer que jamás revelaríamos el secreto, solo podíamos confirmar que habíamos visto al diablo.

La técnica para ver al diablo era bastante original: mi amigo tenía que acostarse en su cama, todos (incluyendo a sus dos secuaces) teníamos que rezar un padre nuestro “por protección adicional porque nunca se sabe”, luego mi amigo tenía que acostarse bocaarriba sobre su cama y recoger las rodillas contra el pecho, sujetándolas entre los brazos. El embaucador encendería uno de sus fósforos diabólicos y en ese momento mi amigo tenía que soltar un pedo. “Dependiendo de la duración del pedo será más o menos grande la imagen del diablo, así que hágale con confianza, ¿listo?”. Mi amigo le dijo que no estaba listo, que estaba con nervios pero no con ganas de tirarse un pedo. “¿Y entonces ahí cómo hacemos?”, le preguntó el embaucador. Mi amigo hizo su mejor esfuerzo y le dijo que bueno, que ya estaba listo. El embaucador encendió su fósforo y le dio la orden de atacar: “¡Ya, suéltelo!”.

Como era de esperar, mi amigo apenas pudo soltar un pedito que no movió para nada la llama del fósforo. Al menos yo no vi nada, en cambio el embaucador y sus secuaces empezaron a gritar: “¡Huy, lo vieron, qué susto, estaba todo rojo, como de mal genio, nos toca rezar otra vez! Menos mal no se echó un pedo más grande porque de pronto nos hubiera comido vivos a todos”. Mi amigo seguía con cara de perplejo, “yo no vi nada”, y el embaucador le decía: “Imposible, se vio la cara pequeña pero se vio. Si quiere ensayamos otra vez, pero tiene que comerse antes una bandeja paisa para que lo pueda ver bien grande. Me avisa”. Y salió del cuarto con sus compinches. “Qué 10 pesos botados más tontos”, le dije yo. “¿Será o de verdad el pedo fue muy pequeño?”, me preguntó él, como queriendo creer que los fósforos de verdad servían.

2.

Un par de años después, cuando ya empezábamos a entrar en la adolescencia, el embaucador nos ofreció unas pastillas que volverían locas por nosotros a las mujeres que se las tomaran. Era obvio que estábamos ante un nuevo fraude, pero mi amigo no resistió la tentación y cayó de nuevo. Compró 3 pastillas a mil pesos cada una. “Pero pilas con dárselas a más de una porque se les vienen todas encima, se ponen celosas entre ellas, se les arma tremenda pelea de gatas y se les daña la fiesta”. Le pregunté a mi amigo que si realmente creía que las pastillas le iban a servir para algo. “Ni idea, pero ¿qué tal que sí? ¿Se imagina a Paola derretida por mí?”. Se la dio a Paola en un Cuba Libre y ella terminó derretida pero en el baño.

3.

Hoy resulta que las tales pastillas no eran un mito y que Bill Cosby se las prodigó muerto de la dicha a más de 35 mujeres. Razón tenía García Márquez cuando dijo que una persona tenía tres vidas: la pública, la privada y la secreta. La pública de Cosby era prácticamente conocida en todo el mundo. El show de Bill Cosby era una comedia muy buena, articulada alrededor de Cosby y su enorme carisma. Venir a descubrir que en su vida secreta es un violador en serie deja perplejo a cualquiera.

Gene Simmons alardea de haber tenido sexo con más de 10.000 mujeres, igual que Charlie Sheen. Según una biografía de Kiss, Paul Stanley pedía que llevaran en un charter privado a su dama de compañía preferida, y mientras las groupies, las prostitutas y la escort satisfacían a sus ídolos, Bill Cosby las drogaba y luego las violaba. Probablemente no le harían falta groupies, ni dinero para contratar prostitutas, ¿por qué optó por las pastillas?

Recuerdo la cara de felicidad de mi amigo al imaginar los milagros que obraría la pastilla, Paola totalmente rendida a él, ¿qué más podría pedir? Es un largo viaje ese que va de la idealización de la relación con la mujer a los encuentros casuales de una noche, por decir algo. Un camino que por supuesto también recorre la mujer en relación con los hombres. Pocos son los que se guardan ahora vírgenes para el matrimonio y permanecen en esa relación hasta que la muerte los separe.

La pastilla obraba el efecto de la ausencia del rechazo y de la realización de una fantasía (la entrega incondicional de la mujer). ¿Podría ser entonces inseguridad lo de Cosby?

De los fenómenos más fascinantes descubiertos por Freud se encuentra el saber – no saber de la neurosis. Cosby sabe lo que está haciendo pero no sabe por qué lo hace. De lo contrario sería un seductor más que ha refinado tanto su técnica que no necesita mayores recursos adicionales, como las pastillas. Cosby, en cambio, es un seductor dopado.

4.

En Bogotá supe de un esmeraldero al que llamaban el sietemujeres porque tenía siete apartamentos muy lujosos cada uno con amante incluida. El hombre se rotaba según el día de la semana. Logró además que se hicieran amigas entre ellas, así podía organizar pequeñas orgías de manera espontánea cualquier día de la semana. Luego en algún libro aprendí que en Londres llaman Collectors a los sietemujeres criollos: hombres con gran poder adquisitivo que contratan damas de compañía de manera exclusiva. Les dan además una tarjeta de crédito platino a cambio de estar disponibles para cuando el coleccionista las llame y les diga que viene de visita. Pero aún con todas estas posibilidades a la mano, Cosby prefirió la pastilla.

5.

Paralelo al caso de Cosby, salió a la luz en Sevilla la historia de Javier Criado, un psiquiatra que también abusaba sexualmente de sus pacientes “desde la segunda consulta”. Han aparecido más de veinte casos, incluyendo menores de edad. Aquí la manipulación de las emociones de los pacientes hacía las veces de pastilla para satisfacer el deseo. Está también el caso del millonario estadounidense, Jeffrey Epstein, coleccionista de jóvenes menores de 25 años a las que convencía de que le dieran masajes y les pagaba por algo más que un happy end.

6.

La pastilla no solo existe, sino que además ahora se va a masificar: la FCC estadounidense le ha dado luz verde al viagra femenino, encargado de aumentar los niveles de dopamina y serotonina en el cerebro de la mujer. El número de casos como el de Cosby muy probablemente se va a multiplicar en los próximos años. ¿Quedará algo del arte de la seducción para entonces?