11 de septiembre

I.

Dentro de los experimentos neurológicos más impresionantes se encuentra el de la autoestimulación incontrolada. Consiste en implantar un electrodo de metal en el hipotálamo de un ratoncillo de indias y facilitarle dentro de una caja de skinner un pedal para que reciba los impulsos eléctricos necesarios para autoestimularse. Se llama incontrolada porque apenas el ratoncillo descubre que presionando el pedal recibe el estímulo eléctrico, deja de pensar en comida, dormida o descanso: lo único que le interesa es autoestimularse y no puede desprenderse del pedal. Este es el mismo efecto que produce la cocaína en los seres humanos y de ahí que sea tan difícil superar la adicción: salvo que la persona amplíe su visión de la vida, no hay forma de desvincular al cerebro de la necesidad de autoestimularse. En psicología esto se llama el «Pleno Placer Narcisista».

¿Sorprende entonces a alguien que Estados Unidos sea el mayor consumidor de cocaína del mundo?

II.

Salvador Allende llegó al poder en Chile en septiembre de 1970 como resultado de la tradición democrática más sólida de América Latina. La sociedad chilena tenía (en menor grado hoy en día) el nivel de participación política más alto del subcontinente. Chile se perfilaba, sin duda alguna, en el modelo socialdemócrata ejemplar que tanto necesitaba (y necesita) América Latina. Todo esto se vio truncado cuando la inversión estadounidense en la desestabilización del país dio sus frutos: el 11 de septiembre de 1973 el general Augusto Pinochet, flamante ministro de la Defensa, traicionó a Allende con el golpe de Estado que ya todos sabemos. A partir de ese momento, lo que exportó Chile no fue la social democracia sino el fenómeno de las desapariciones políticas forzadas, que afectó sin excepción a toda América Latina y que en Colombia aún hoy se cobra un desaparecido cada dos días.

Detrás de esta política de arrasar con todo lo que fuera de Izquierda (la semilla del «Comunismo») se encontraba, como no, los Estados Unidos. Es inevitable ver un águila posándose en el hombro derecho del General Pinochet cuando mira despectivo y altanero con sus gafas negras.

Para todos los militares latinoamericanos que pasaron por la célebre «Escuela de las Américas» en los EE.UU. la desaparición forzada se convirtió en un método más de hacer política, de acabar con la amenaza comunista y llevar a sus países a la prosperidad y la democracia.

Los resultados, como en todos los casos en los cuales ha intervenido EE.UU., hoy en día son desastrosos: sociedades cuyo 70% de la población vive en la pobreza, economías subdesarrolladas, seguridad social incipiente o inexistente, Estados e instituciones corruptas, malas condiciones laborales, y un triste largo etcétera. La única excepción dentro de la intervención política estadounidense es Europa al cierre de la Segunda Guerra Mundial, y ello porque tenía una tradición institucional muy fuerte que le permitió recuperarse sin la injerencia política norteamericana.

En todos los demás países en donde EE.UU. ha ayudado, siempre ha exigido un papel fundamental en su desarrollo político. Así que los desastres actuales de Irak, Palestina y Afganistán no son ninguna novedad, sino resultado de esa autoestimulación incontrolada de los gringos que les hace creerse seres superiores y que por lo tanto pueden enseñarle cómo se debe vivir al resto de la humanidad. Solamente hay que escuchar a Wolfowitz, Rumsfeld, Bush o Rice para ver los efectos del pedal en los gringos.

III.

Dos años después del atentado del WTC no nos queda más que lamentar y sentir compasión por los muertos inocentes que estaban en las Torres Gemelas. Como era de esperarse, EE.UU. no iba a preguntarse «¿Por qué hay personas que nos odian tanto en este mundo?» y aprender del daño causado por décadas de política exterior intervencionista criminal, sino que presionaron aún con mayor fuerza el pedal. El golpe simbólico a los EE.UU. no sirvió para nada, salvo para acabar con la vida de 3.000 personas inocentes, y otro tanto en Afganistán e Irak…

Por fortuna, cada vez hay voces más críticas dentro de los mismos estadounidenses, voces muy autorizadas que les reclaman a sus gobernantes ceñirse a los principios y lineamientos de la ONU. Estamos viendo cómo se está gestando el movimiento de conciencia que le ayudará (ojalá y por favor toquen madera) a levantar las patas del pedal a los responsables de la política exterior estadounidense.

IV.

En Colombia padecemos todavía las consecuencias de estos arrogantes norteamericanos. No solamente hemos vivido el período más violento de nuestra historia luchando contra el Cartel de Medellín (perdimos incontables policías, funcionarios y personajes públicos invaluables) sino que además la obsesión con este cartel hizo que migrara el negocio a un enemigo más poderoso aún: las Farc. Como con nuestro ratoncillo, los niveles de consumo en EE.UU. no han disminuido en absoluto y por lo tanto EE.UU. no ha dejado de presionar el pedal: sería mil veces mejor que los redujeran en 50% en lugar de financiar la guerra en Colombia con su Plan Colombia. Esta sería la mejor ayuda que nos podrían brindar, pero ahora me doy cuenta que olvidé mencionar que el famoso ratoncillo se muere en la caja de skinner antes de levantar la pata del pedal.

Actores del conflicto

I don’t agree with Gay marriages.
I believe that gay marriage is something
that should happen between a man and a woman.

Arnold Scharwzenegger

Mis impulsos de coleccionista no me permitieron perderme la tercera parte de la saga de Terminator. Lo mejor de la película, ver a la Terminatrix Kristanna Loken recién llegada del futuro y algunos detalles cómicos de la historia. Por lo demás, decepcionante. El hecho es que viendo a Arnold me pregunté quién sería su representante, en especial ahora que se lanzó de candidato a gobernador de California.

Ya es una expresión común hablar de los actores del conflicto como analogía entre las acciones representadas por los actores en el escenario teatral y la arena política. Pues esta semana seguimos viendo ejemplos que tornan difusa la frontera trazada por esta analogía. Está Arnold actuando como candidato presidencial y Tony Blair como Primer Ministro. Entre ambos actores, Blair se lleva el Oscar, me parece.

Arnold está haciendo su campaña como ordenan los cánones mediáticos del siglo XXI: primero el asesor de imagen, el encargado de elevar su perfil en las encuestas, y luego los contenidos. Por eso es que en esta primera fase estaremos escuchando frases cómicas como la que aparece de epígrafe de esta crónica; en contadas semanas aparecerá el discurso político relativamente serio. Pero no deja de causar ternura este nuevo papel de Arnold, quizás tanto como cuando lo vimos en la inmemorable comedia con Danny de Vito: un gigante de estas proporciones dando los primeros pasitos de su carrera política.

Qué diferencia con Blair, un político curtido que nos logró convencer con su carisma de su honestidad y dedicación a sus causas. Ahí lo tenemos defendiendo aún la existencia de las armas de destrucción masiva a pesar de que ya pasaron 4 meses de la invasión gringa y más de 3.000 muertos, incluyendo decenas de sus propios soldados. El súmmum de su capacidad lo alcanzó el jueves pasado frente a Lord Hutton, en donde se dio el lujo de concluir su presentación sobre el caso del Dr. David Kelly diciendo:

All I can say was that there was nothing in the conversations we had that would have alerted us to him being anything other than someone, you know, of a certain robustness who was used to dealing with the interchange between politics and the media. Having said that, it is never a pleasant thing, indeed it is a deeply unpleasant thing, for someone to come suddenly into the media spotlight. (Fuente)

¿Murío el Dr. Kelly entonces por el pánico escénico una vez que Blair lo trajo a la luz pública? A este paso no parece entonces irrelevante que la política termine siendo para Terminators como Arnold.

Quizás la última carta con la que se jugó su cabeza Alastair Campbell fue la de propiciar un apagón tipo NY en Londres para activar un efecto mediático similar al de la semana pasada y trasladar la atención pública hacia otro lado. Este truco no funcionó y efectivamente Blair nos dio la cabeza de Campbell. Esta me parece una hipótesis muy plausible. Al fin y al cabo, después de que Bush, Blair y Aznar les creen a los informes de inteligencia que dicen que Irak tiene armas de destrucción masiva que pueden ser activadas en 45 minutos flat, ¿por qué no habríamos de darle credibilidad a los informes de inteligencia del MI6 de Utópica Ediciones?

¿Cómo nos informaría Arnold si perdiera a su jefe de comunicaciones? ¿Alastair Campbell, Terminated? Una pérdida lamentable por lo demás. Nuestros colegas comediantes ingleses desde ya lo resienten. Pero para que vean ustedes lo que es el estilo, hoy anunció Blair un «Ministerio de la Verdad«, en un sentido homenaje a Campbell.

Empecemos a cerrar esta crónica preparando el terreno para la siguiente actuación que será sin duda memorable: el fantástico actor George W. Bush pidiéndole colaboración al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para no tener que pagar solo la reconstrucción de Irak ni seguir recibiendo más muertos en contra de su popularidad en vísperas de las elecciones. A mí me parece un actor memorable, en especial, por esa candidez con la que puede olvidarse de su papel y sonreír cada vez que el público lo aplaude, aunque lo más probable es que este no será el caso cuando intervenga en la ONU, menos aún después de la muerte de Sérgio Vieira de Mello. Es tan cándido Bush que quizás le revele al Consejo que a pesar de su censura a los productos franceses, conservó French fries en el congelador de la Casa Blanca

Es que sin duda el problema más grande de que se difuminen las fronteras entre la arena política y el teatro con esto de los actores del conflicto, es que los políticos terminen creyéndose sus propios papeles, sus propias mentiras y terminen llevando a sus países a invasiones farsantes como la de Irak. Esta es la hora en que Bush todavía cree que los iraquíes están felices con su llegada y cree también que todos le creemos. En otras palabras, con estos políticos estamos terminated.

Pero no todo es negativo. Si como lo decíamos en la crónica pasada los niños después del noticiero van a decir: «Papi, papi, cuando sea grande quiero ser compositor para escribir Corridos prohibidos«, después de ver a Blair y a Bush dirán: «Papi, papi, cuando grande quiero ser actor como ellos». Necesitamos más artistas en este mundo y nuestro deber será encausar a esos jóvenes talentos. Es nuestra esperanza para salvar a la humanidad de los Terminators.

Al salir de la película le prometí a mi amiga que en todo caso no iremos a ver Terminator IV, así sea lo único que estén presentando un viernes a la medianoche.

Corridos prohibidos

Uno de los primeros codazos que me dio mi hermana en Holanda por conducta inapropiada fue cuando me quedaba embobado mirando a la gente dentro de sus casas. Para un colombiano es toda una novedad que las ventanas del primer piso de las casas no tengan rejas o una cerca a la entrada. Ver a la gente al natural me pareció increíble. ¿Mi primer contacto con los realities? De seguro puedo entender la curiosidad que produce saber cómo otros seres humanos actúan frente a la misma realidad, cómo resuelven las situaciones diarias en que vivimos todos. Claro que de ahí a encerrar a la gente como ratoncitos hamster en una jaula y ver si aprenden a tocar el bombillo verde para que les den comida hay un gran paso.

Igual me estaba preguntando cuál sería el alcance del impacto de los realities en la vida cotidiana en los próximos años, cuando me encontré una noticia que me dejó impactado. Se trata de Alirio Castillo, el productor musical que patentó los Corridos prohibidos, aquellas canciones con ritmo de música norteña que le cantaban a los narcos. Resulta que ante una aparente saturación del mercado decidió que era tiempo de cantarle al conflicto armado:

Para el tercer disco (1999), Castillo estaba aburrido de las canciones de «traquetos». Así que le pidió a sus grupos innovación. El músico y compositor bogotano Rey Fonseca, líder de Los Renegados, recuerda que Castillo le solicitó tres canciones verdaderamente diferentes. «Me puse a ver el noticiero -dice Fonseca- y saqué El sapo, El alcalde modelo, Mañana me matan y El extraditado» (fuente)

Pues aquí está resumida la calidad y contenido de los noticieros colombianos, los primeros realities de toda la barbaridad que vive diariamente Colombia: son la fuente de inspiración ideal para escribir

  • Corridos prohibidos
  • . Gracias a Internet, la prensa escrita se ha enterado que lo que sus editores consideran sus páginas más importantes no necesariamente lo son para sus lectores: muchos medios se sorprenden ante la acogida que tienen sus secciones culturales y de vida cotidiana. Tanto, que la mayoría de las revistas de fin de semana están dedicadas a cubrir estos temas.

    Para bien o para mal, los realities noticiosos no pueden beneficiarse de estas mediciones a través de Internet. A lo más que llegan es a saber que la fórmula editorial del éxito son los muertos del orden público, los goles del día y las siliconas de las modelos que cierran los noticieros. La misma fórmula del éxito de los Corridos prohibidos, en otras palabras… así que preparémonos porque hay realities para rato.

    Día Internacional de los Zurdos

    Ayer fue el día Internacional de los Zurdos. Una fecha curiosa, como el hecho de ser zurd@. También un motivo para reírnos con los extravíos de nosotros los zurdos en un mundo al derecho.

    Empecemos con unas frases sueltas en inglés, que es la lengua que quizás marca más la diferencia entre derechos y zurdos:

    «How can you say that you are right? I am right, you are far from right, you are left!» Y la inevitable respuesta: «I may be left-handed, but I’m always right!»
    «We may be left-handed…. but our jokes are all right»
    «If the left side of the brain controls the right side of the body then only left handed people are in their right minds.»
    «Lefties have rights too!»
    Y esta que me parece uno de los cuentos eróticos más breves: «Let me introduce you my left hand.»

    En holandés «linkhandig» se utiliza para decir «tengo dos manos izquierdas». Cuando estoy jugando con Mustafá (mi amigo turco que aparece con el destornillador en «Tien Gulden«) a armar y desarmar computadores, cuando se ve en aprietos con el destornillador, me dice: «El problema es que tengo dos manos izquierdas». Yo le respondo: «Mustafá, creo que a mi novia no le disgustaría que yo le dijera esa frase». Entonces él insiste de nuevo con el destornillador.

    Por aquellas cosas de la globalización lingüística de términos digitales y electrónicos de la que no escapa el neerlandés tampoco, no se tradujo el «link» (enlace) del inglés al holandés; se dejó tal cual y ahora los zurdos hemos tomado el liderazgo en esta cultura, pues se dice «follow the link». O para destacar enlaces relevantes, se titula «Links».

    Esto también se aplica en política: cuando los países mejor están, es cuando están liderados por la izquierda. Para no ir más lejos, miren lo que décadas de gobiernos de derecha le han hecho a América Latina, o lo que la ultraderecha está haciendo con EE.UU. (y por ende con el mundo entero). La esperanza empieza a resurgir con Lula da Silva en Brasil y Lucho Garzón en Colombia, pero en general son asomos tímidos de la izquierda. Por supuesto, nada de radicalismos: la ultraizquierda puede ser muy nociva para la salud.

    En términos prácticos, es relativamente seguro ser zurdo en el mundo de los derechos. Claro que todavía recuerdo muy bien un detalle que no se menciona dentro de las curiosidades para los zurdos: las bicicletas están diseñadas para los derechos. ¿Por qué? Porque el freno de la mano derecha detiene la llanta trasera y el de la izquierda, obviamente la delantera. ¿Qué sucede cuando en un caso de emergencia frenamos de inmediato con la mano izquierda? Que corremos el peligro de salir volando por encima de la bicicleta. Sin duda, una escena chistosa para un observador externo. El mejor consejo entonces: frenen con la mano derecha.

    Calle Hércules

    Calle Calvino… calle Beethoven… «Perdón, señor, ¿falta mucho para la calle Hércules?» «Está muy cerca, dos cuadras más adelante y llegó». «Qué alivio, creo que dos cuadras son lo máximo que puedo avanzar con esta bicicleta llena de cosas». Calle Hércules. La enorme casa destinada a los veteranos de la guerra. A estas alturas es un honor que la Oficina de Refugiados y Exiliados me hace. ¿O será uno más de esos chistes originales europeos que todavía no alcanzo a comprender? Quizás ese anciano de bata sentado en la mecedora sea un sobreviviente de la invasión alemana, aunque tiene cara de alemán.

    — Buenas tardes, señor. Soy Miguel Ángel Herrera. ¿Es usted la persona encargada de la casa o sabe cómo puedo localizarla?

    — ¿Usted viene de Sur América?

    — Herrera es un apellido de origen español.

    — Cierto, como la mayoría de los de América Latina, pero usted viene de Sur América, ¿verdad?

    — Bueno, ¿y cómo lo sabe señor?

    — Por sus dientes. Corresponden a la tipología clasificada por el célebre odontólogo Camilo Duque. La medicina, incluyendo la odontología, es una de mis aficiones. Ese libro del doctor Duque es algo raro, pues yo tenía entendido que los odontólogos podían identificar a alguien por sus dientes en casos de cadáveres calcinados y todo ese tipo de desgracias, pero él los mezcló con la genética y, ya ve, sirven también para identificar etnias y culturas. Ahora que usted me ha dado la razón, casi que me animaría a dar dos posibles lugares de donde usted proviene, pero creo que en su condición de refugiado o de exiliado no es conveniente. Otras personas podrían identificarlo y matarlo.

    — ¿Cómo sabe usted eso?

    — ¡Je! Estuve en la guerra. Sé algo de inteligencia militar, y por lo visto los métodos no han cambiado mucho. Pero en fin. Está usted cerca de la libertad. Esta es la última estación de los refugiados y exiliados políticos. De acá saldrá usted a una nueva vida, libre de sospechas y paranoias. Mi nombre es van Geuns. Walter van Geuns.

    — Walter es un nombre alemán.

    — Tanto como Herrera es un apellido español.

    — Entiendo.

     ¿Era entonces Walter van Geuns el auténtico último chiste de la Oficina? ¿Un personaje que me habla de libertad mientras me invita a pasar a una casa para veteranos? ¿Es esta mi última parada? Volví a leer la dirección en el sobre amarillo (todas las cartas de la Oficina vienen en sobres de este color).

    — Veo, ¿cree que yo también soy un chiste, cierto?

    — Bueno, usted comprenderá que tratándose de mi nueva casa quiero estar seguro de que no me equivoco.

    — Su carácter pacífico me hablaba de un hombre inteligente, pero ahora lo estoy dudando. ¡Ja, ja, ja, ja! No me mire así, es sólo una broma. Parece que nuestro sentido del humor todavía le es extraño, aunque para llegar acá ya debe de haber vivido entre nosotros mínimo dos años.

     

    Dos años. Así es. Dos años, tres meses y nueve cartas en sobres amarillos. En la mitad de las estaciones siempre me llega mi sobre amarillo con la nueva dirección de mi residencia, "por razones de seguridad". La idea es que no me acostumbre mucho a un vecindario, que no me adapte a las calles, a las personas, a ciertos lugares, que nunca pierda mi carácter de persona que debe desplazarse con mucha flexibilidad. Todo mi equipaje viaja en las dos maletas y las cuatro cajas que caben en mi bicicleta. Después de dos años y nueve trasteos he empezado a preguntarme si en realidad necesito las cuatro cajas, si con las dos maletas sería suficiente. Y bueno, si la calle Hércules quedara una cuadra más adelante, con profunda discreción me hubiera despojado de las cajas. «Siga, por favor. Todavía le espera una sorpresa menor», me dijo el señor van Geuns. Y sí. No me la esperaba.

    — ¿Un baño?

    — ¿Y…? Usted es un refugiado…

    — Un exiliado.

    — Un exiliado, pero parece que nunca ha vivido una guerra. Siempre me he preguntado qué clase de exiliados es la que produce Sur América: hasta el momento no he conocido el primero que haya estado en una guerra…

    — Señor van Geuns, nuestras guerras son muy complejas, no son como las suyas, en las que hay jugadores diferenciados. En apariencia las nuestras también debieran de ser tableros de ajedrez con fichas claras, pero todo se complica cuando aparece un caballo que dice ser una dama, un peón que cree que no es menos que una torre, un rey inmovilizado… y creo que no hay ni una dama por ninguna parte.

    — Sí, me imagino, típico machismo latinoamericano. No sé si me suena interesante, al menos sí complicado, pero ojalá haya tiempo para hablar de ello.

    — ¿Sugiere usted que mi estadía acá será breve?

    — ¡Ja, ja, muchacho! Ustedes los exiliados siempre son iguales. No dejan de pensar en cuándo volverán al infierno del que escaparon. Pero sí, creo que será breve. Le harán una oferta para quedarse o regresar, según lo que usted prefiera.

    — ¿Por qué sabe usted tanto de estas cosas?

    — Ya se lo dije, sé algo de inteligencia militar. Pero para ser honesto, más honesto aún quiero decir, la Oficina nos prepara para recibirlos, pues por supuesto no es comprensible que vivan entre nosotros jóvenes de su edad. Y es una forma sana de motivar nuestra solidaridad y no nuestra protesta por el temor de que lleguen todas esas señales de la juventud, las juergas, las mujeres, y menos de la juventud latinoamericana, la música a alto volumen y todas esas cosas que usted debe conocer mejor que yo. Además, ¿no le parece un baño cómodo?

    Era amplio, había que reconocerlo, de grandes ventanas y techo alto. Siglo XVII, me parece. ¿Regresar? Todas las encuestas dicen que más de la mitad de mis compatriotas quieren irse del país. Yo no quería irme del país. Vivía en un buen barrio, tenía mis amigos y un excelente trabajo. Y la finca de mi abuela. Era uno más de los habitantes de las porciones del Primer Mundo que hay en América Latina. Sí, la inseguridad, pero si uno no se involucra en cosas que no debe, como en Derechos Humanos, nada ha de pasar. Ni en secuestros tampoco, por supuesto. Y con calles bien vigiladas no tienen por qué robarme el carro o el saco. Aunque dicen que los servicios de inteligencia estaban robando camperos. Pero, igual, mi carro no era un campero.

    — Sí, a todos les queda sonando. Yo me pregunto si la Oficina me está utilizando para prepararlos para La Pregunta y no me está aumentando mi seguridad social por ello. Pero en fin. Instálese y jugaremos dominó en la noche.

    — ¿Y qué responde la mayoría?

    — Bueno, eso no lo sé. El día de La Pregunta todos salen con sus cosas y nunca vuelvo a verlos.

     No es un chiste, es un sádico. Saco mis cosas de las cajas, la estufita, el radio, la plancha, las dos lámparas, mi ropa, unos libritos, el par de zapatos, lo mínimo, creo yo. La Pregunta. ¿Pero quién es este hombre? ¿Uno de tantos locos? ¿Por qué sabe tanto? ¿Un espía de la oficina? No me hubiera dicho nada, de hecho no tiene por qué decirme nada, sólo el cuento de La Pregunta. ¿Dominó esta noche? ¿Más preguntas? «Voy a dar una vuelta por el bulevar y nos vemos más tarde», «No tiene por qué jugar dominó si no quiere, tranquilo. Ustedes los latinos, siempre con evasivas. Dígalo, nada más dígalo». «Voy al bulevar».

     

    Esto es desesperante. Nunca nada me es familiar. Ya no tengo espíritu aventurero. Quiero estabilidad, quiero tener un lugar preferido en el parque, entablar amistades, desarrollar una rutina de trabajo, cualquier cosa, pero no más de esto. La poética de la calle. Este cuento ya no me funciona. Pero esta calle está bien atractiva. Calle Hércules. ¿Y cuál será el chiste de la Oficina relacionado con esta calle? ¿Qué señales de fuerza tendré que dar? ¿Derrumbar la casa de veteranos? Un desfile de modas al final de la calle. Todo el derroche de los europeos para cada estación. En la universidad tenía compañeras que renovaban su vestuario cada cuatro meses según la tendencia para la nueva estación, aunque en el trópico no tenemos estaciones. Una de ellas incluso cambiaba de llantas cada seis meses para minimizar el riesgo de pincharse en las calles llenas de huecos, y en un acto de generosidad le regalaba las llantas que le sobraban a mi hermana. «Hola Daniel», «¿Qué? ¿Laura? ¿Tú qué haces aquí?» «Eso te pregunto, ¿qué haces tú aquí?». Laura, la hermosa, la inalcanzable, la "botella de Coca-cola", como alguna vez le dijo una amiga cuando la vio desnuda en el baño. «Laura, sé discreta con mi nombre. Es una historia larga, pero aquí todos me conocen como Miguel Ángel Herrera». «¡Qué nombre tan original! ¿Andas metido en drogas o en prostitución?» «Nada de eso, no le digas a nadie pero ahora soy un exiliado político» «¡Ay, por favor! No me hagas reír. ¿Me estás tomando del pelo?» En el colegio yo no mataba una mosca. Soy un caballero. Un hombre tímido, como dirían las psicólogas. «Laura, estoy de acuerdo. Es una historia absurda. Ya te la contaré pero tienes que mantenerla en absoluta reserva. No es un chiste. Recibí graves amenazas y aunque parece que el peligro ya pasó la cosa fue seria y me podrían estar persiguiendo todavía». «Me parece excitante el cuento». A Laura todo le excitaba. Laurafox, le decían en el colegio. No había hombre imposible o prohibido para ella. Con Laura aprendí cuán frágiles son los noviazgos y los matrimonios: una aventura con ella y todos se acababan. Una vez Laura me escogió porque le parecía divertido. Mis amigas dejaron de hablarme: «Nunca nos imaginamos que pudieras llegar tan bajo». Y tenían razón. Laura me enloqueció. «Bueno, ¿pero tú que estás haciendo aquí? ¿Nunca terminaste medicina?» «Me falta un año, pero en vacaciones me vengo a modelar y con lo que gano me pago el semestre. Espera que me faltan dos salidas y nos vamos a tomar una cerveza».

    Una modelo perfecta. Hacía lucir todo perfecto. Las mujeres que la observaban querían vestirse igual para tratar de apropiarse de su aura. Y se trata de una futura médica. «¿Dónde estás viviendo?» «En la casa para veteranos de la guerra. ¿Y tú?» «Hoy tengo que buscar una nueva casa porque me quieren subir el alquiler y tengo que ahorrar al máximo. ¿Crees que me puedo ir a vivir contigo?» «Vivo en un baño» «Tú historia me está gustando cada vez más. Pero para mí no importa. Solamente necesito un lugar para descansar. Este trabajo es de 24 horas al día» «Pues por mí no hay problema» «Listo. Vamos por mis cosas». «Vaya, esto sí es nuevo. No solamente trae más equipaje del que le cabe en la bicicleta sino que además trae compañía. Cómo cambian los tiempos…», dijo el señor van Geuns apenas nos vio llegar. «Ya lo creo. Le presento a Laura…» Se me había olvidado el apellido. Ella era Laura. Nada más. «L a u r a, no Lora, como me dicen todos aquí» «Además son casi colegas, señor van Geuns, pues ella es estudiante de medicina» «¡Ah! Qué maravilla. Esto se pone mejor. Venga, por favor, quiero mostrarle mi biblioteca, mi orgullo personal. Miguel Ángel mientras tanto puede llevar sus cosas a su habitación. Bueno, me imagino que usted ya sabe cómo es la habitación» «Sí, no se preocupe, es el espacio ideal para el verano, cerca a una ducha».

    Laura era la cura a mi soledad, a mi exilio. Ella traía todo mi pasado, toda mi juventud, la misma lengua, estaba de nuevo enamorado de ella. Paseábamos en bicicleta de arriba a abajo y de abajo a arriba. Me presentó con sus compañeras de trabajo, tomábamos el sol cerca a los canales, ella semidesnuda, con su torso ya tostado. «Lo que ese hombre ha hecho es algo increíble» «¿Quién?» «Walter» «¿Qué hizo?» «De un número de Science recortó la fotografía de uno de los Nobel de medicina y con una lupa reconstruyó la biblioteca que aparece en el fondo de la fotografía. Lo hizo con tal milimetría que incluso dejó en blanco el espacio que ocupa la silueta del Nobel. "Creo que detrás de él están los libros de neurocirugía, los más importantes, su especialidad", me dijo. Me preguntó que si yo sabía algo de él y que si podría sugerirle algunos títulos que terminaran de armar el rompecabezas. "Después de leerme todo esto quizás yo también me gane un Nobel", y se rió. Esa biblioteca vale una fortuna. Tiene libros incunables. No sé cómo los consiguió» «No me digas» «Es un médico frustrado por la guerra. Creo que sabe bastante. Me ofreció visitar su biblioteca cuando quisiera» «Otro hombre que no escapa a tus encantos» «¿Otro?» Y saltó suavemente sobre mí. «Es hora de regresar a casa», me dijo.

    «Apaga el radio» «¿No te gusta el jazz?» «Me fascina, pero me desconcentras cuando me acaricias como si yo fuera un contrabajo. Así no llegaré a ningún lado… Así está mejor. Quiero escuchar a los niños jugando, el fluir del agua en el canal, las hojas cayendo». Una mujer sensible. «Sigues siendo un amante suave. Un amante para el verano. Pero me gusta más fuerte. Sí, así mejor». Laura parecía una gigante. O yo un enano. Su cuerpo se dilataba hasta fundirse con la ciudad y el paisaje, y a mí empezaba a faltarme el oxígeno. ¿Laura, La Pregunta y la nueva vida? No, tengo que concentrarme, la Oficina no puede pensar en todo esto, no puede organizar todo esto. No puede ser. Laura se convertía en un mar profundo y yo era la pequeña fragata destinada a naufragar en ella. La nueva vida era ya una realidad.

    «Señor Herrera, venga por favor, tengo que comentarle algo en privado». Laura siguió al baño y yo me senté a hablar con el señor van Geuns. «Es sólo por una breve temporada. Ella no se quedará más de dos semanas acá. Espero que no lo moleste, o que no estemos haciendo demasiado ruido para los demás inquilinos» «No es eso. Tengo la sospecha de que ella me ha robado algunos libros» «No la he visto llegar con ningún libro, pero igual me comentó que usted le ofreció su biblioteca» «Sí, que puede consultarla cuando quiera, pero no que se puede llevar los libros». «Señor van Geuns, excúseme pero hemos estado juntos casi todo el tiempo y pienso que es mejor que usted empiece a buscar otro responsable de la pérdida de sus libros» «A la hora de la cena ella siempre se demora en llegar al comedor y creo que es ahí cuando me ha robado» «Excúseme, señor van Geuns, usted debe estar loco, o paranoico con el cuidado de su biblioteca» «Estuve en la guerra, es cierto, pero no estoy loco. Sin embargo, usted no debe olvidar lo primero» «¿Me está amenazando?» «No digo más. Déjeme inspeccionar su cuarto ahora mismo y salgamos de toda sospecha» «Me parece bien, excelente».

    Me asomé en el cuarto antes de entrar. Laura todavía no estaba desnuda. Vestía su falda larga blanca. «El señor van Geuns sospecha que tú le estás robando sus libros de medicina y quiere inspeccionar el baño, perdón, nuestro cuarto, ahora mismo» «Dile que siga, pero de aquí no me pienso mover». Walter inspeccionó todo el baño, sospecho que estaba tras algo más, y como era de esperarse, no encontró nada. «Ella está sentada sobre ellos» «Por favor, ya inspeccionó todo el cuarto. Ya es suficiente» «Súbale la falda» Y ahí estaba Laura, con sus largas piernas descubiertas. «Creo que usted ya ha observado demasiado, señor van Geuns. Por favor déjenos descansar. Nos veremos a la hora de la cena». Walter no salió muy convencido. «¿Le creíste?» «Laura, ¿tú qué crees?» «¿Por qué dejaste que requisara el cuarto?» «Para anular sus argumentos, nada más. No nos conviene tampoco que arme un escándalo con la Oficina» «Todavía no me has contado por qué estás exiliado» «Ahora no Laura. Tomemos una ducha y vamos a cenar» «Desvísteme, por favor».

    Van Geuns no le quitó el ojo de encima a Laura durante toda la cena. Y no era precisamente una mirada placentera. «Vámonos a otro lugar. Ese señor me hace sentir insegura» «Laura, no puedo, es mi convenio con la Oficina. Solamente me puedo ir a donde ellos digan» «Te vas a quedar solo otra vez» «Laura, tranquilízate, creo que ya no falta mucho. Esta semana tienes desfiles todos los días y después podemos quedarnos hasta tarde caminando por ahí y regresamos a dormir y nada más» «No me gusta esa mirada» «No te preocupes. Es un hombre inofensivo. Un médico frustrado no puede ser otra cosa, ¿o sí?» «Un médico de abortos». La noche y la ciudad nos esperaban. Laura conocía la ciudad mejor que yo. O, mejor, conocía los sitios paganos, la diversión sin límites, del olvido de todo y de sí mismo. Una noche, al regresar, encontramos una nota de Walter: «Ya me hace falta la mitad de mi colección. Quiero decirles que si este hurto indiscriminado continúa, tomaré medidas al respecto». «¿Será esta la forma en que trata de conquistarte?» «No me gusta, Daniel, no me gusta. Siento algo muy raro» «Voy a ir a hablar con él».

    Walter estaba sentado a la entrada, con un radio al lado de su oído.

    —Buenas noches, señor van Geuns.

    —Buenas, Miguel Ángel. Quiero decirle que siento un respeto profundo por usted. Casi todos los exiliados de Sur América han sido luchadores por los derechos humanos. Ustedes son los héroes de nuestro tiempo. Los auténticos guerreros por un mundo mejor. Pero esto no le da derecho de cohonestar el robo de mis libros.

    — Señor van Geuns…

    — Puede decirme Walter.

    — Walter, nunca luché por los derechos humanos. Yo era un ingeniero de sistemas y una vez un amigo me preguntó que si habría forma de abrir un archivo protegido por una contraseña. Me dijo que una amiga de él había quedado viuda y que entre los archivos de su esposo había uno que se llamaba Vida.doc. Ella suponía que además de tratarse del diario del marido, podría ser el testamento o que contenía información sobre los trámites que debería seguir ante la compañía aseguradora, pues vivían en unión libre y ella no tenía mayor capital. Yo era un experto en programación y pude crear el programa para averiguar la contraseña.

    — ¿Y qué decía el archivo?

    — No lo leí. Hice el programa de tal manera que imprimía la clave pero no abría el archivo. Pero esto era lo de menos. Mi amigo me había engañado, para protegerme, me imagino. Él sí era un abogado activista a favor de los derechos humanos y ganó una acción de tutela que le permitió acceder a los archivos de inteligencia de los organismos de seguridad del Estado. Su mayor sorpresa era que todos los archivos de los expedientes importantes estaban en documentos protegidos con contraseña; como cosa rara, la hoja con las contraseñas se había perdido y no había forma de tener acceso a ellos. Con mi programa encontró las claves maestras para todos los archivos y preparaba una demanda en grande contra altos funcionarios del Estado. Curiosamente murió en un accidente de tránsito a los pocos días, pero dejó una nota en la que decía que varias personas tenían copia de las claves y que si algo le pasaba a él, esas personas podrían hacer públicos los expedientes. Una de estas personas me llamó, me contó toda la verdad y me dijo que mi nombre estaba en la lista negra, que tenía que abandonar el país cuanto antes y que había una institución que me podría ayudar a ubicarme en el exterior. Y sí, el día en que yo salí del país habían sido destituidos algunos comandantes, a otros les habían quitado la visa para ingresar a Estados Unidos y también cerraron una brigada de inteligencia política. Pero yo nunca tuve ni el valor ni el interés de participar siquiera en alguna de las marchas de los activistas por los derechos humanos, por la paz, por ninguna de esas cosas. Yo vivía en mi pequeña isla primermundista, indiferente ante lo que pasaba a mi alrededor. Es cierto que la isla es cada vez más pequeña, de hecho, el dueño de la mitad de la industria, de los medios de comunicación y del Estado vive fuera del país desde hace muchos años. El caso es que hasta ahora que soy exiliado trato de saber qué fue lo que me pasó y por qué. Ahora siento que debería regresar a hacer algo de verdad, pero otras veces no sé. Sigo tan impotente como la mayoría de mis compatriotas. Lo más doloroso, lo más terrible, es que la situación solamente empeora.

    — Sí, todo tiene que estar muy mal para que los guerreros abandonen la lucha…

    Un estruendo silenció nuestra conversación. «Es ella. Vamos rápido» «¿Qué quiere usted decir?». Walter van Geuns había tendido una trampa en su biblioteca, una cerca eléctrica de alto voltaje. Y ahí estaba Laura con la frente destrozada por la descarga, paralizada, tiritando agonizante, recibiendo chispitas de los fusibles estallados. «¿Qué hizo, imbécil, qué hizo?» «No sabía que la descarga iba a ser tan potente. Yo simplemente quería darle una lección» «¡Haga algo! Usted es un médico, ¡sálvela!» «No puedo hacer nada, yo sólo leí libros de medicina, nunca practiqué». Haciendo un gran esfuerzo se llevó la mano al bolsillo de su bata y me dijo: «Tome, llegó hoy». Y dejó escurrir entre sus dedos el sobre amarillo. Luego cayó de rodillas, con las manos en la cabeza, enloquecido porque la defensa de sus libros hubiera costado una vida humana.

    (Final original)

    El entierro de Laura fue bastante discreto. Como ella querría, pues nunca aceptaría que otras personas supieran que había muerto. Su imagen tenía que seguir siendo una metáfora de la libertad para los demás. El viejo Walter van Geuns fue llevado a la cárcel y luego al sanatorio. La última vez que lo vi tenía las manos engarrotadas, pegadas a su pecho. Yo había olvidado lo del sobre y un miembro de la Oficina me lo recordó. Salí de la casa de veteranos de la calle Hércules en mi bicicleta, sin nada más. Ni siquiera con una vaga idea de qué iba a responder ante La Pregunta. Sólo tenía presente que el agua del canal fluía esa mañana como a Laura le gustaba.

     

    (Final alternativo)

    El señor van Geuns fue llevado al sanatorio. Nunca volvió a tener conciencia ni de sí ni de nada, ni siquiera para saber que después de todo la descarga eléctrica no había sido tan fuerte y que Laura se recuperó a los pocos días. La última vez que lo vi tenía las manos engarrotadas, pegadas a su pecho. Yo había olvidado lo del sobre y un miembro de la Oficina me lo recordó. Salimos de la casa de veteranos de la calle Hércules en la bicicleta, cada uno con una maleta y una caja grande llena de libros de medicina. "¿Qué vas a responder?", me preguntó Laura. "Todavía no lo sé", le dije. Sólo tenía presente que en esa mañana el agua de los canales fluía como a ella le gustaba.