Después de la lectura de Sobre algunos temas en Baudelaire, un grupo de amigos creamos el Club del shock, dedicado a compartir entre nosotros experiencias chocantes. Nos hemos negado a transmitir estas experiencias en grupos de Whatsapp o de correo electrónico. Nos reunimos cada tanto guiados por la creencia de que el efecto del shock es más contundente si se comparte de viva voz… y con una cerveza y unas tapitas en la mesa.
Llegué tarde a la reunión por problemas técnicos con mi bicicleta y apenas pude escuchar un par de las experiencias narradas. B. estaba contando que cuando fue a recoger a su hijo S. al colegio, se encontró en el corredor a una niña llorando desconsolada. B. se acercó a preguntarle qué le pasaba. La niña aceptó el abrazo de B. y se calmó un poco. Luego la miró a los ojos y le dijo: “Es que ninguno de mis compañeritos cree que Dios creó los átomos, ¡ninguno! ¿Puedes creerlo?”. B. comprendió que no era el mejor momento para decirle que ella tampoco lo creía, comprendió que podría enviar a esta pobre niña a la dimensión desconocida. B. trató de explicarle que no todo el mundo cree que Dios haya creado los átomos, entre otras porque existe la pregunta de que si Dios creó todo, ¿en dónde estaba Dios para hacerlo si no había nada? La niña volvió a estremecerse: estaba recibiendo la descarga de un nuevo shock, si bien en este caso B. había tenido el tacto de introducir una pregunta, una inquietud, en la conciencia de la niña, una semilla que le sugería que las cosas podrían ser de otra manera.