Después de casi dos años de publicar esta entrada sobre el Caso Colmenares, es poco lo que ha cambiado en su estructura pero sí se han añadido hechos escalofriantes. Veamos.
Falsos testigos
Es comprensible que en su afán por aclarar el caso el exfiscal González se lanzara a la tarea de encontrar a algún testigo que hubiese visto por casualidad todo lo sucedido. Al fin y al cabo el Parque del Virrey es bastante concurrido. Lo que sí es totalmente inaceptable es que se haya inventado tres testigos falsos para corroborar su hipótesis del caso. Esto no le hizo ningún bien a nadie; por el contrario, solo sirve para golpear la labor y la imagen de la Fiscalía. Los testigos falsos caen por la pericia del abogado Jaime Granados, quien pareciera ser todo un experto en estos tejemanejes al interior de la Fiscalía porque en menos de 2 días ya había desvirtuado la coartada de Wilmer Ayola. ¿Cuántos procesos se habrán resuelto de esta manera en la Fiscalía, con falsos testigos, y con defensas impotentes por no contar con los recursos de un Granados? Si la vida de Pablo Escobar inspiró sutilmente la de Walter White en Breaking Bad, la del exfiscal González está ni que pintada para una serie tipo Dexter.
He sufrido el síndrome de don Quijote varias veces en mi vida. En una de ellas, la lectura de La República de Platón, los Escritos políticos y El juego de los abalorios de Hermann Hesse me llevaron a estudiar Ciencia Política. A grandes líneas, de La República me encantó la idea del político como médico del Estado, de la política como el arte de lograr el bienestar de la sociedad; de los Escritos políticos aprendí una visión amplia y solidaria ante los males que se ciernen sobre la sociedad; y de El juego de los abalorios me contagié de la mística de la formación y el aprendizaje. La realidad no tardó mucho en destrozar mis lecturas.


