Creo que alguna vez leí una novela con este título. Si no, es un ejemplo perfecto del título. Esta semana pasaron de visita un par de amigos en su tour maratónico por Europa: 18 ciudades en 30 días. Recordé el chiste de otra pareja de viajeros: uno de ellos se asoma a la ventana del hotel, pregunta “¿qué día es hoy?”, ella responde: “Miércoles”, “¡ah, entonces esto debe ser Budapest!”, exclama él. Pasa todo tan rápido que no se alcanza a saborear nada. El único fin de estos viajes quizás sea hacer un inventario de lo que realmente vale la pena visitar.
Les comentaba la invitación que me hizo F. a un restaurante con dos estrellas Michelin (se ganó la invitación para dos personas en el bazar de la ONG en la que participa). Mis amigos me preguntaron que qué tal el restaurante. Les dije que había sido una experiencia inolvidable, pero cuando quise detallar el menú, solo recordé tres de los siete platos. De regreso a casa busqué en mi diario si tenía el listado de los platos, pero no lo anoté sencillamente porque creí que sería inolvidable. (Sigue leyendo »»)